Las horas que siguieron a la partida de Adriel fueron un ejercicio de tortura psicológica. El tiempo, ese líquido espeso y viscoso, se detuvo por completo. Jennifer se había quedado dormida en el sillón de la habitación de papá, abrazada a su oso, ajena por fin al drama que se desarrollaba un piso más abajo.
Yo no podía estar quieta. Salía al pasillo, caminaba hasta el control de enfermería, miraba el reloj de pared y volvía a entrar. Cada vez que el ascensor sonaba con su característico "din", mi corazón daba un vuelco, esperando ver la silueta de Adriel aparecer por el pasillo. Pero el pasillo permanecía vacío, bañado en esa luz blanca que parecía diseñada para drenar la esperanza.
A las once de la mañana, no pude más. El pacto de "no me busques" de Adriel quemaba en mi pecho como un ácido. Bajé a la planta de hematología.
El ambiente allí era diferente. Había una tensión eléctrica, un silencio que vibraba. Encontré a Sara, la hermana de Adriel, sentada en la sala de espera. Su elegancia habitual se había resquebrajado; tenía el maquillaje corrido y se mordía las uñas con una ferocidad mecánica. Al verme, sus ojos severos se suavizaron por un segundo, reconociendo en mí la misma marca de la tragedia.
—¿Dónde está él? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—Dentro —respondió ella, señalando las puertas de doble hoja de la unidad de cuidados intensivos—. Los médicos han salido hace diez minutos. No han dicho nada, Megan. Solo han pedido hablar con él a solas.
El vértigo me golpeó. Hablar a solas. Nunca eran buenas noticias cuando pedían privacidad para los detalles técnicos tras una intervención crítica. Me senté al lado de Sara, y por un momento, dos extrañas unidas por el mismo hombre compartimos el peso de la incertidumbre.
De repente, las puertas se abrieron. Adriel salió caminando con una lentitud que me asustó. No miraba a nadie. Sus hombros estaban caídos, y sus manos colgaban a los lados de su cuerpo como pesos muertos. Sara se puso de pie de un salto, pero él pasó de largo, directo hacia la salida de emergencia que daba al patio.
Lo seguí.
Lo encontré en el jardín del magnolio, de pie frente al tronco del árbol. No estaba golpeando nada esta vez. Solo estaba allí, con la frente apoyada en la corteza rugosa, respirando de forma errática.
—Adriel —dije, acercándome con cautela.
Él no se movió.
—Han encontrado células blásticas, Megan —dijo, y su voz sonó muerta, sin una gota de emoción—. El tratamiento no solo no ha funcionado, sino que ha acelerado el proceso. Su cuerpo se ha rendido.
Me detuve a un metro de él, sintiendo cómo el frío del jardín me calaba los huesos. No había palabras para eso. No había tiza de colores ni metáforas de cristal que pudieran tapar el agujero negro que acababa de abrirse.
—Dicen que le quedan días —continuó él, girándose finalmente. Su rostro era una máscara de agonía pura—. Días, Megan. Todo el dinero, toda la pelea, la inercia de la sangre... para terminar en días.
Se derrumbó en el banco, el mismo banco donde nos habíamos conocido, y escondió el rostro entre las manos. Esta vez no hubo llanto contenido. Fue un sollozo profundo, desgarrador, el sonido de un hombre que ha perdido su última batalla contra el destino.
Me senté a su lado y lo atraje hacia mí. No intenté consolarlo con mentiras. Solo dejé que su dolor se derramara sobre mi hombro, mientras el magnolio, indiferente a nuestra tragedia, dejaba caer un pétalo blanco sobre sus manos manchadas de realidad. El refugio se estaba cayendo, y los escombros, tal como él predijo, empezaban a enterrarnos vivos.