El regreso al hospital después de la noticia fue como caminar bajo el agua. Todo se sentía lento, distorsionado y pesado. Adriel no volvió a subir a la planta de hematología. Se quedó en el coche, en ese espacio que se había convertido en nuestra única zona de tregua, con la mirada perdida en el cristal empañado por la lluvia fina que empezaba a caer sobre la ciudad.
Yo subí sola. Tenía que ser el pilar para Jennifer, aunque mis propios cimientos estuvieran pulverizados. Al entrar en la habitación de papá, la encontré dibujando en el suelo con sus tizas. Había pintado un jardín extraño, lleno de flores de colores chillones que contrastaban con la palidez de las sábanas de la cama.
—Megan, ¿por qué el señor Adriel estaba llorando en el jardín? —preguntó sin levantar la vista de su dibujo.
Me quedé helada en la puerta. Los niños tienen un radar especial para detectar las grietas en las armaduras de los adultos.
—Está cansado, Jen. Todos estamos un poco cansados —mentí, acercándome para sentarme a su lado.
—Él me dijo que su hermano se iba a convertir en luz —susurró ella, trazando un círculo amarillo—. Yo le dije que papá también. Así no estarán solos cuando suban al cielo.
Me dolió el pecho. La inocencia de mi hermana era el cuchillo más afilado de todos. Salí de la habitación antes de que las lágrimas me traicionaran y bajé de nuevo al estacionamiento. Necesitaba el aire viciado del coche, la presencia silenciosa de Adriel, su olor a tabaco caro y desesperación.
Cuando abrí la puerta del pasajero, él seguía en la misma posición. El humo de un cigarrillo casi consumido flotaba en el habitáculo. Se había quitado las gafas de sol; sus ojos estaban inyectados en sangre, despojados de toda la soberbia con la que intentó protegerse el primer día.
—No sé cómo hacerlo, Megan —dijo, rompiendo el silencio—. He diseñado edificios que desafían la gravedad, pero no sé cómo sostener el peso de una semana más.
Me acerqué a él, acortando la distancia en el asiento. Le quité el cigarrillo de los dedos y lo apagué en el cenicero.
—No tienes que sostenerlo solo —le dije, tomando su mano. Sus dedos estaban fríos, entumecidos—. Dijiste que éramos náufragos. Los náufragos no salvan el barco, Adriel. Solo intentan no soltarse mientras el barco se hunde.
Él me miró entonces, y vi por primera vez al hombre real tras el arquitecto exitoso. Había una súplica silenciosa en su expresión, un hambre de algo que no fuera tragedia. Se inclinó hacia mí, y esta vez no fue un beso de urgencia o de pasión ciega. Fue un roce lento, un reconocimiento de nuestras cicatrices bajo la luz tenue de los faros de otros coches.
—Solo tres meses, Megan —susurró contra mis labios—. Eso fue lo que nos prometimos. Pero ahora mismo, daría todo lo que tengo por que el reloj se detuviera aquí.
En ese momento, el hospital, las deudas, las células blásticas y el miedo desaparecieron. Solo quedaba el calor de su aliento y la certeza de que, aunque el refugio se estuviera cayendo, estábamos decididos a ser los últimos en salir de entre los escombros.