La mañana siguiente nació con una claridad hiriente, de esas que no permiten esconderse. Adriel no se había movido del hospital; había pasado la noche en el sillón de la sala de espera de la UCI, con el traje arrugado y la mirada fija en el vacío. Ya no mencionaba Suiza. El arrebato de la noche anterior se había transformado en una aceptación gélida que me asustaba más que su desesperación.
Subí a buscar a Jennifer. La encontré en la habitación de papá, pero esta vez no estaba dibujando. Estaba sentada en la cama, sosteniendo la mano de nuestro padre mientras le susurraba algo al oído.
—Megan —dijo al verme, su voz pequeña pero extrañamente firme—. Papá tiene las manos muy frías. Le he puesto mi manta, pero no se calienta.
Me acerqué y, al rozar la piel de mi padre, comprendí que el Dr. Aris tenía razón. El tiempo ya no se medía en meses, ni siquiera en semanas. Se medía en respiraciones cada vez más superficiales. Llamé a la enfermera con el corazón en la garganta, y en cuestión de minutos, la habitación se llenó de ese movimiento frenético y silencioso que precede al final.
—Tienes que sacar a la niña de aquí, Megan —me susurró una de las enfermeras, con lástima en los ojos.
Salí al pasillo con Jennifer de la mano. No sabía a dónde ir, hasta que vi a Adriel al final del corredor. Se había puesto de pie al vernos salir con tanta urgencia. Al ver mi rostro, lo entendió todo.
Caminó hacia nosotros con paso rápido. Sin decir una palabra, cargó a Jennifer en sus brazos. Ella apoyó la cabeza en su hombro, buscando ese refugio que yo ya no podía ofrecerle porque mis propias piernas temblaban.
—Llévala al jardín —le pedí, mi voz apenas un hilo—. Por favor. No dejes que escuche los monitores.
Adriel me miró intensamente. En sus ojos ya no había rastro del arquitecto arrogante; solo estaba el hombre que había decidido ser mi ancla en medio de la tormenta.
—Estaré allí —respondió—. No me iré, Megan. Ni un solo paso.
Me quedé sola frente a la puerta cerrada. El hospital seguía su curso: camillas pasando, gente quejándose del café, médicos discutiendo turnos. Pero para mí, el mundo se había reducido a ese rectángulo de madera que me separaba del último aliento de mi infancia.
Me apoyé contra la pared y cerré los ojos, recordando los trazos de tiza de Adriel en el cemento. "La estructura aguanta", me había dicho una vez. Pero ahora entendía que lo que aguantaba no era el edificio, sino las manos que se sostenían entre los escombros. Adriel estaba afuera, cuidando de mi hermana, cargando con mi peso mientras yo me preparaba para soltar el último lastre que me quedaba.
Fue entonces cuando comprendí que la tregua no era un descanso del dolor, sino la fuerza para cruzarlo.