El trayecto en el coche fue un viaje a través de un túnel de luces borrosas. Adriel conducía con una mano firme en el volante y la otra entrelazada con la mía, apretando mis dedos cada vez que sentía que mi respiración se volvía errática. En el asiento trasero, Jennifer seguía sumergida en un sueño profundo, protegida por la ignorancia de los que aún no saben que el despertar será diferente.
No fuimos a mi casa. Adriel sabía que las paredes de mi pequeño apartamento me asfixiarían con sus recuerdos de medicinas y facturas sin pagar. Detuvo el coche frente a un edificio de cristal frente al río, su propio refugio de acero donde el ruido de la ciudad llegaba solo como un susurro lejano.
—Baja, Megan —dijo suavemente, rodeando el coche para abrir mi puerta—. Aquí el aire es más limpio.
Subimos en el ascensor en un silencio sepulcral. Al entrar en su apartamento, la oscuridad era casi total, rota solo por el resplandor de los rascacielos que se reflejaban en los ventanales del suelo al techo. Adriel acostó a Jennifer en una de las habitaciones con la delicadeza de quien manipula cristal fino, y luego regresó al salón, donde yo permanecía de pie, perdida en la inmensidad del espacio.
Él se quitó la chaqueta y la arrojó sobre un sofá, desabrochándose los primeros botones de la camisa con un gesto de cansancio infinito. Se acercó a la ventana y sacó un cigarrillo, pero no lo encendió. Se quedó mirándolo, como si fuera el último resto de una vida que ya no le pertenecía.
—Mi hermano preguntó por ti hoy —soltó de repente, sin mirarme—. Quería saber si la chica que pintaba con tiza volvería mañana.
Sentí una punzada de dolor nuevo. Mi pérdida era real, pero la suya seguía siendo una sombra que se alargaba cada minuto.
—¿Qué le dijiste? —pregunté, acercándome a él.
—Le dije que la chica de la tiza estaba ocupada aprendiendo a volar —respondió, dándose la vuelta. Sus ojos brillaban con una intensidad febril bajo la luz de la luna—. Megan, el tiempo se nos está escurriendo. Mi padre se ha ido, pero mi hermano... él todavía está esperando que yo sea el arquitecto que solucione esto. Y yo solo quiero quedarme aquí, en este silencio contigo.
Me pegué a su pecho, buscando el latido de su corazón para confirmar que yo también seguía viva. Adriel soltó el cigarrillo y me rodeó la cintura, hundiendo su rostro en mi pelo.
—No hay soluciones, Adriel —susurré—. Solo hay momentos. Y este es el nuestro.
En la penumbra del ático, rodeados de maquetas de edificios que nunca sentirían el dolor, nos convertimos en el único refugio sólido que quedaba en pie. El reloj seguía avanzando, pero por una noche, decidimos que el tiempo no tenía poder sobre nosotros.