Solo Tres Meses

El Cristal Roto

La mañana en el ático de Adriel no trajo consuelo, solo una claridad técnica que desnudaba cada una de nuestras grietas. Él se había despertado antes que yo. Lo encontré en la terraza, rodeado de planos extendidos sobre una mesa de metal, pero sus manos no sostenían un lápiz, sino un vaso de whisky que parecía demasiado pesado para esa hora del día.
​—Sara llamó tres veces —dijo sin girarse. Su voz era una lija contra el cristal—. Dicen que los pulmones de mi hermano están empezando a rendirse. Quieren que vaya para dar el consentimiento de la sedación paliativa.
​Caminé hacia él, sintiendo el frío del suelo de mármol en mis pies descalzos. El contraste entre su lujo y mi miseria personal nunca había sido tan evidente, y sin embargo, nunca me había sentido tan unida a él.
​—¿Vas a ir? —pregunté, colocando una mano sobre su hombro tenso.
​Adriel soltó una risa seca, carente de humor.
—¿A qué, Megan? ¿A firmar el papel que apaga la última luz de mi casa? Soy un arquitecto. Mi trabajo es construir muros que protejan a la gente, no decidir cuándo hay que demolerlos.
​Se giró bruscamente y me tomó de los brazos. Sus ojos, antes tan seguros y distantes tras las gafas de sol, eran ahora dos pozos de angustia.
—Si voy allí, se acaba. Si no voy, puedo pretender que el tiempo se ha congelado aquí, contigo y con Jennifer.
​En ese momento, Jennifer apareció en el umbral de la terraza, frotándose los ojos con su peluche bajo el brazo. Nos miró con esa sabiduría silenciosa que solo tienen los niños que han crecido en salas de espera.
​—¿Papá ya es luz? —preguntó con una voz pequeña.
​El silencio que siguió fue el más pesado de todos. Adriel bajó la mirada, incapaz de responder, pero yo me arrodillé frente a ella.
—Sí, Jen. Papá ya no tiene frío.
​—Entonces el hermano del señor Adriel también tiene que irse —sentenció ella, acercándose a Adriel y tocando su mano—. No podemos dejar que papá esté solo allá arriba. Él no conoce a nadie.
​Adriel se quedó petrificado. El vaso de whisky resbaló de sus dedos, estallando contra el suelo en mil fragmentos de cristal que brillaron bajo el sol de la mañana. Fue un sonido definitivo, como el cierre de una puerta. Miró a mi hermana, luego a los planos inútiles de sus edificios perfectos, y finalmente a mí.
​—Tienes razón —susurró, y por primera vez, su voz no tembló—. La estructura no puede sostenerse más.
​Se puso la chaqueta del traje, recuperando un poco de esa armadura de poder, pero esta vez no era para esconderse. Era para enfrentar el final. Me miró intensamente, una súplica muda cruzando sus facciones.
​—Ven conmigo, Megan. Ayúdame a apagar la luz.




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