El trayecto de vuelta al hospital fue diferente a todos los anteriores. Ya no había prisa, ni falsas esperanzas, ni el peso de los diagnósticos imposibles. Solo quedaba la resignación de quienes saben que están caminando hacia el final de un mapa. Adriel conducía en un silencio absoluto, con la mandíbula tan tensa que parecía tallada en piedra. Jennifer iba en el asiento de atrás, mirando por la ventana y tarareando una canción sin letra, un sonido que era lo único que nos mantenía cuerdos en medio del vacío.
Al llegar a la planta de cuidados paliativos, el ambiente cambió. Ya no era el caos de la UCI; aquí el tiempo se movía a un ritmo lento, casi respetuoso. Sara nos esperaba en el pasillo. Al ver a Adriel, su rostro, siempre una máscara de perfección gélida, se quebró. Se fundieron en un abrazo que no era de hermanos, sino de dos supervivientes de un naufragio familiar que los había dejado solos.
—Está esperando, Adriel —susurró Sara, mirándome a mí con una mezcla de sorpresa y reconocimiento—. Dice que solo quiere ver el sol una vez más.
Adriel me miró. Sus ojos pedían un permiso que no necesitaba.
—Entra tú primero —le dije, dándole un apretón en la mano—. Nosotros estaremos aquí.
Me quedé en el pasillo con Jennifer, sentadas en esos bancos de plástico que habían sido mi única propiedad durante meses. Vi a Adriel entrar en la habitación, con los hombros caídos bajo el peso de su traje impecable. A través del cristal de la puerta, vi cómo se acercaba a la cama y tomaba la mano de su hermano. No hubo gritos, ni escenas dramáticas. Solo dos hombres compartiendo el último gramo de aire en una habitación que olía a flores frescas y despedida.
Diez minutos después, Adriel salió. No lloraba, pero su rostro tenía la palidez de las estatuas que diseñaba para sus edificios más ambiciosos.
—Quiere salir al jardín —dijo, mirando al Dr. Aris que se acercaba—. Quiere ver el magnolio.
—Adriel, sabes que moverlo es... —empezó el doctor, pero Adriel lo interrumpió con una mirada que no admitía réplicas.
—No me hables de protocolos, Aris. Soy un arquitecto. Sé cuándo una estructura ya no puede más, y sé cuándo lo único que importa es la vista desde la ventana. Ayúdenme a sacarlo.
Lo hicimos. Entre los enfermeros, Adriel y yo, bajamos la cama hasta el jardín bajo el sol de la tarde. El hermano de Adriel, una sombra del hombre que debió ser, abrió los ojos al sentir la brisa en la cara. Sonrió débilmente al ver a Jennifer, que se acercó para dejarle una de sus tizas de colores sobre la sábana.
—Para que pintes el cielo cuando llegues —susurró ella.
Adriel se arrodilló al lado de la cama y, por primera vez, dejó que las lágrimas cayeran libremente, mojando la mano de su hermano. Yo me quedé un paso atrás, siendo el ancla de Adriel, sintiendo cómo el reloj daba sus últimos latidos. La tregua se había acabado. El tiempo de "Solo Tres Meses" se estaba consumiendo en ese jardín, bajo el mismo árbol donde todo empezó.