Solo Tres Meses

Cenizas de Tiza

El funeral fue una coreografía de negro y gris bajo un cielo que se negaba a llover. No hubo flores ostentosas por deseo de Adriel; solo un pequeño ramo de magnolias blancas sobre el féretro que guardaba lo que quedaba de su hermano. La familia de Adriel —tíos lejanos, socios del estudio de arquitectura, mujeres con rostros estirados por el bisturí— se mantenía a una distancia prudencial, como si el duelo fuera una enfermedad contagiosa.
​Yo estaba allí, a su lado, sintiéndome como una mancha de tinta en un plano inmaculado. Jennifer sostenía mi mano, inusualmente callada, vestida con un abrigo que nos había prestado Sara.
​Cuando todo terminó y la multitud se dispersó hacia sus coches de lujo, Adriel se quedó solo frente a la fosa abierta. No se había quitado las gafas de sol en todo el día. Parecía una de esas gárgolas que coronan los edificios góticos: impasible, eterno, pero cargando con todo el peso de la catedral.
​—Se siente incompleto —dijo de repente. Su voz era un susurro que el viento casi se llevaba—. He pasado mi carrera asegurándome de que cada pieza encaje, de que cada carga esté distribuida. Y ahora siento que los cimientos de mi propia vida han sido dinamitados.
​—Es el vacío, Adriel —respondí, acercándome para rozar su brazo—. No hay plano para esto.
​Él se giró hacia mí y, por primera vez, se quitó las gafas. Sus ojos no estaban llorando; estaban secos, quemados por una lucidez insoportable.
—He cerrado el estudio, Megan. He despedido a los asociados. No puedo diseñar casas para gente que cree que sus paredes durarán para siempre.
​Me quedé sin palabras. El estudio de Adriel era su imperio, su identidad.
—¿Y qué vas a hacer?
​Él sacó un trozo de tiza amarilla del bolsillo de su pantalón —la que Jennifer le había dado— y la dejó caer sobre la tierra fresca.
—Vivir. Aunque sea un concepto que todavía no entiendo bien. Tengo las cuentas del hospital de tu padre pagadas, Megan. He liquidado tus deudas. No es por caridad, es porque necesito que tú también dejes de ser una guardiana de la agonía.
​—Adriel, no puedo aceptar...
​—No tienes opción —me interrumpió con una suavidad que dolía—. Solo tenemos lo que queda de estos tres meses. Y quiero pasarlos viendo cómo pintas algo que no sea dolor. Vámonos de aquí. Jennifer tiene hambre y yo necesito ver un horizonte que no termine en una pared de hospital.
​Caminamos hacia su coche, dejando atrás el cementerio. No éramos los mismos que se conocieron bajo el magnolio; éramos versiones reconstruidas de nosotros mismos, hechas de escombros y pegadas con una voluntad feroz de no volver a mirar atrás.




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