Solo Tres Meses

El Horizonte de Cristal

El viaje no terminó en la ciudad. Adriel condujo durante horas, alejándose de los edificios de acero y de los pasillos con olor a antiséptico que habían sido nuestra única realidad. Nos detuvimos frente a una casa pequeña, casi rústica, situada en un acantilado donde el mar rugía con una fuerza salvaje. No era una de sus obras maestras de arquitectura moderna; era un refugio de madera vieja y salitre.
​—Era de mi abuelo —dijo Adriel, bajando del coche y dejando que el viento marino le desordenara el cabello—. Aquí no hay mármol, Megan. Solo hay piedra y agua.
​Jennifer salió corriendo hacia la orilla, gritando de alegría al ver la arena, mientras nosotros nos quedábamos junto al capó del coche, observando cómo el sol empezaba a teñir el océano de un naranja violento. Por primera vez en meses, el silencio no era incómodo. No era el silencio de la espera, sino el de la tregua final.
​—¿Qué pasa cuando se acaben los tres meses, Adriel? —pregunté, sintiendo el frío del mar en mis mejillas.
​Él se giró hacia mí. Sus ojos ya no buscaban una estructura que sostener. Se acercó y me tomó del rostro con ambas manos, sus pulgares acariciando mi piel con una delicadeza que me hizo temblar.
​—Los tres meses eran el plazo que la muerte nos dio para rendirnos —susurró—. Pero ese plazo ya venció. Ahora empezamos a contar nuestro propio tiempo. Sin contratos, sin diagnósticos, sin finales escritos por otros.
​Me besó entonces, y fue un beso que sabía a sal y a libertad. No había desesperación en él, solo la calma de quien ha llegado a puerto después de una tormenta devastadora. Adriel soltó un suspiro profundo, apoyando su frente contra la mía.
​—He pasado mi vida construyendo muros para que el mundo no entrara —confesó—. Pero tú entraste con un trozo de tiza y dibujaste una puerta donde no la había. Gracias por no dejarme solo en el abismo, Megan.
​Esa noche, mientras Jennifer dormía profundamente arrullada por el sonido de las olas, Adriel y yo nos quedamos en la terraza viendo las estrellas. No había planos sobre la mesa, solo nuestras manos entrelazadas y la certeza de que, aunque el cristal se hubiera roto, los pedazos ahora brillaban bajo una luz que nosotros mismos habíamos elegido encender.




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