Solo Tres Meses

La Resonancia de los Pasos

Habían pasado semanas desde que el ruido blanco del hospital fue reemplazado por el rugido del Atlántico. Sin embargo, el pasado tiene una forma curiosa de reclamar su espacio, como una marea que siempre vuelve a mojar la arena seca. Una tarde, mientras Jennifer buscaba caracoles en la orilla, una elegante silueta negra apareció en el camino del acantilado.
​Era Sara. No traía carpetas de abogados ni esa mirada de acero que solía usar como armadura en la ciudad. Parecía más pequeña bajo el cielo abierto, despojada del contexto de su apellido.
​—Adriel —dijo, al encontrarlo en la entrada de la casa—. El consejo del estudio se está desmoronando. Dicen que si no vuelves para firmar la liquidación final, el nombre de la familia quedará enterrado bajo demandas.
​Adriel la miró, pero no con la ira de antes. Había una calma en él que resultaba casi inquietante.
—Deja que se entierre, Sara. No quiero ser el guardián de una tumba de cristal.
​—No se trata del dinero —insistió ella, bajando la voz—. Se trata de que no puedes desaparecer. El mundo cree que te has vuelto loco de dolor.
​Yo salí de la casa en ese momento, sintiendo el aire frío del atardecer. Adriel me buscó con la mirada, y en ese contacto silencioso, vi que la decisión ya estaba tomada hace mucho. No necesitaba mi permiso, pero buscaba mi ancla.
​—No me he vuelto loco —respondió Adriel, rodeando mi cintura con su brazo—. Me he vuelto libre. Dile al consejo que pueden quedarse con los planos, con las maquetas y con cada centímetro de acero. Mi mejor obra no es un edificio, Sara. Es este momento de paz que ellos nunca entenderán.
​Sara me miró a mí, y por primera vez, vi una pizca de envidia en sus ojos. Envidia de la mujer que no tenía nada, pero que lo tenía todo porque ya no temía perder nada más. Se dio la vuelta y se marchó, sus tacones resonando por última vez contra la piedra del acantilado.
​Cuando el coche desapareció, Adriel se hundió en mi cuello y soltó un suspiro largo, uno que parecía haber estado guardando desde el primer día que entramos en aquel hospital.
​—Es el último hilo —susurró—. Ya no queda nada que nos ate al abismo.
​—¿Y ahora qué sigue? —pregunté, sintiendo la inmensidad del horizonte frente a nosotros.
​—Lo que nosotros queramos, Megan. Por primera vez en la vida, no hay una estructura que seguir. Solo hay que caminar.




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