Solo tú, Azul

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El lunes llega y es curioso, no tenía que madrugar, pero me he levantado temprano, noto que estoy alterada, supongo que se debe a mi situación laboral y que no he parado de pensar en Roger en todo el fin de semana. La ducha me ayuda a tranquilizarme. Desayuno tan solo un café, tengo el estómago cerrado.

Cuando voy a vestirme decido «sin querer» ponerme un traje chaqueta negro que se ciñe bastante a mi cuerpo. La chaqueta es corta y de un solo botón y deja ver un top blanco precioso. Me calzo unos taconazos y andando. Mi maquillaje solo es un poco de rímel y brillo en los labios, nunca me ha gustado ir muy pintada. En muchas ocasiones lo hago, sobre todo en temas relacionados con mi trabajo, no me puedo permitir el lujo de llegar a un juzgado con la cara de zombi que me levanto.

Bajo a por mi coche al parking y pongo rumbo a la oficina, no puedo sacarme el nudo del estómago.

Llego a la puerta del edificio y veo a Cati esperándome, nos han dicho que llegáramos sobre la una de la tarde y que seguramente seríamos las últimas.

Nos sentamos en la sala de espera como si fuéramos uno más de los clientes que hasta ahora atendíamos nosotras. Tras media hora allí sentadas, vemos cómo empieza a desfilar gente. En la cara de Cati se refleja un miedo atroz, sus grandes ojos marrones no lo disimulan. Y yo intento mantenerme tranquila, pero como no nos llamen pronto soy capaz de estrangular al siguiente que salga, vamos, que estoy que boto.

Por lo que estamos viendo y tal como dijeron, el pack va unido: si continúa el abogado, continúa la secretaria. Lo malo de esto es que no sabemos, de los ocho abogados que somos, cuántos han ido a la calle, así que no sabemos lo que nos toca.

Rápidamente salimos de dudas. Nuestra compañera y arpía, Natalia, a la que comúnmente llaman la Rottweiler, por su agresividad en el trabajo, nos informa con cara de sobrada cómo está el tema:

—Lo siento, chicas, Rebeca y yo éramos las últimas en salvarnos. Creo que os toca ir al paro.

Y con una cínica sonrisa se gira para irse.

—Gracias, Natalia, tan directa como siempre. —Le pongo cara de falsa para que me vea sonreír. Hace un ademán con la mano mientras se va, como queriendo decir «de nada, chicas».

—Hija de puta —susurro mientras miro a Cati, que continúa con sus ojos de gato asustado.

Natalia se gira de pronto, gritándonos como una energúmena:

—¡¿Qué me has llamado!?

—¡Ostras! —dice Cati, que se levanta de golpe al ver venir hacia nosotras a la Rottweiler.

Sin saber que nos están observando, me levanto lentamente y me planto frente a Natalia. Estamos a la misma altura y a un palmo de distancia.

—He sido yo quien te ha llamado «hija de puta». —La miro a la cara sin arrepentirme ni un ápice de lo que acabo de decir.

—Pues contén esa lengua si no la vas a utilizar para algo mejor.

—Eso te lo dejo a ti, que eres una experta.

—Pues parece que me ha salido bien la jugada porque tú estás en la calle y yo no.

Aprieto los puños, pensando en décimas de segundo lo que me gustaría darle un puñetazo en esa cara de bótox, sí, decididamente se lo voy a dar, pero mi brazo se paraliza de golpe.

—¡Señorita Azul Marozzi! —una voz más alta de lo usual nos interrumpe. Al ver que ninguna nos movemos, Rafael se acerca a nosotras y, cogiéndome suavemente del brazo, me indica:

—Azul, por favor, el Sr. Fortuny te está esperando, es tu turno.

Sin quitar la mirada visual de Natalia, cojo mi bolso mientras un Rafael paciente despide a Natalia que sale toda malhumorada hablando por lo bajo.

Nunca nos hemos llevado bien, siempre ha sido con quien más he discutido de temas laborales. Aunque reconozco que la tía es buena en su trabajo, para mi gusto es fría y sin escrúpulos, por eso, hay clientes que la quieren única y exclusivamente a ella. Sin contar que también es la tía más guapa que he visto en mi vida. Es de mi altura, morena con el pelo largo, siempre lo lleva recogido en un moño alto y bien tirante. Tiene unos ojos verdes preciosos y un cuerpo que cuida mucho. El problema es cuando abre la boca, tiene un carácter tan fuerte y es tan prepotente que de golpe pasa a ser la mujer más fea del mundo.

Había rumores en la oficina de que le gustaba estar demasiado en el despacho del Sr. Olivé, yo nunca he prestado atención a estas absurdeces y sé que si está donde está es porque es inteligente, una víbora, pero inteligente.

De golpe pasa por mi mente ella en el despacho de Roger, y reconozco que no me ha gustado nada que esté cerca de él.

Al entrar en la sala de juntas veo a un guapísimo Roger presidiendo la mesa, justo a su derecha se va a sentar Rafael, esperando a que yo lo haga antes.

—Hola, Azul, por favor, siéntate. —Roger se levanta como gesto de caballerosidad, como si me importaran ahora mismo esas chorradas.

—Gracias.

En cierta forma estoy preparada para lo que viene, por supuesto, no voy a llorar. Es un despido, no una sentencia de muerte y la verdad es que tampoco tengo familia a la que mantener. Así que, como el pesimismo no va conmigo, intentaré ver el lado positivo si es que lo encuentro. Por ahora, lo único positivo es que lo tengo a él delante.

Silencio y más silencio. Roger está mirando sus papeles y me empiezo a desesperar. ¿De verdad lo que me tiene que decir no lo ha preparado antes? Como siga así me levanto y me voy.

Empiezo a tamborilear los dedos en la mesa haciendo presente mi malestar, sí, soy una mosca cojonera, es uno de mis mejores papeles. De pronto alza la cabeza y fija en mí sus felinos ojos.

—Vaya, parece que tienes prisa.

—Justo eso es lo que menos tengo, pero me gustaría acabar con esto cuanto antes.

Suspira mirándome fijamente. Me siento como ese cervatillo acechado por el leopardo despiadado, sabiendo que no tengo escapatoria.

—Pues vamos allá. Tu contrato con este bufete queda rescindido desde el día de hoy.




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