Solo una ordinaria historia de amor

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Cuando era joven y leí la historia de Christine Riels, sentí empatía. Una mujer que desde niña asumió las responsabilidades de un adulto; después las dejó de lado porque no era feliz, la presión estaba cobrándole factura y cuando abandonó todo, lo único que ganó fue desprecio; sin embargo, fue su fuerza de voluntad lo que me llamó más la atención. Olvidó su pasado y construyó su futuro. Era joven y decidió mejorar.

En mi caso, tengo 25 años y me siento mediocre.

Todas las mañanas, me levanto y me miro al espejo para recordarme que soy Lily Oribe. Hija mayor de una familia compuesta por un padre que es un respetable médico, una madre que es agente de ventas, una hija que es la nueva luz de la familia con una carrera prometedora, un hijo que es el orgullo del país por su excelente historia académica, además de un par de gemelos que, aun siendo estudiantes, resaltan en competencias deportivas. Al final estoy yo, una joven que, después de ser el foco de atención de todos, solo me convertí en la versión de mala calidad de lo que fui.

—Lily, no me hagas repetir lo mismo. Levántate, que debes hacer el desayuno.

Esa adorable voz es la de mi madre. Desde el primer día de mi existencia, nunca nos llevamos bien. Teníamos que discutir por cualquier cosa y una de las dos debe ganar sí o sí. Ella no es de las mujeres que pierden; de aspecto reservado y nula comunicación, no le gusta ser el centro de atención de otras personas. Cuida mucho su imagen y, dado que yo ensucié todo por lo que se esforzó, se limita a decir que trabajó en un lugar donde ganó bastante bien.

Aun así, no deja de decirme que debo regresarle todo el dinero que ha invertido en mí.

Me levanté y, aun en pijama, fui a preparar el desayuno. Mi hermana tiene dos años menos que yo y sé que planea mudarse, pero no se lo ha dicho a nadie. Mi hermano va a graduarse de la universidad el próximo año, pero está tan perdido que no sabe dónde va a trabajar.

Los miro, ocupados en sus asuntos, esperando que les sirva la comida y aun así se quejan del mal sabor. No soy una experta cocinera, pero estas tareas son un castigo que debo cumplir todos los días de mi vida hasta que me case y me vaya de esta casa.

El desayuno no está exento de discusiones. Yo soy el tema principal de las peleas; las quejas de mi madre sobre si soy un ejemplo o no para ellos y lo que debería ganar para retribuir el dinero gastado en mi educación no dejan de ser el centro de los gritos.

Bajé la mirada al pensar que fui una buena alumna. Destaqué tanto como debería, pero todos se dedicaban a opinar sobre mi vida. Todos se atreven a predecir lo que haré, esperando el momento adecuado para contarme sus decisiones sobre mi vida. ¿Ya mencioné que se metían en mi vida? Pues, cuando no seguía sus consejos no solicitados, se molestaban tanto que las palabras no eran suficientes para regañarme y, si suena a queja, es que sí me estoy quejando.

Solo no estoy lista para vivir.

—4/10 —menciona mi madre—: Cada día empeora más tu manera de cocinar. No sé para qué perdí mi tiempo en enseñarte algo que no aprovechas. Cuidadito y venga tu suegra a reclamarme por tus desperfectos. No quiero a nadie gritando y juzgando mi manera de educar. Si ya terminaste, lava los trastes y fuera de mi vista.

Hoy iré al trabajo por la tarde, así que haré mis tareas, incluida la comida para el almuerzo.

Estoy trabajando en una empresa textil; al principio entré como costurera, pero después me hicieron jefa de costura y tengo tres equipos a mi disposición. El motivo por el cual iba a llegar tarde era una cita médica; sin embargo, me cancelaron anoche y no quise cambiar mi horario de entrada. Ya había asignado las tareas y no quería cambiarlas de última hora. No es como si fuera a perder el tiempo; solo iré al hospital a reprogramar mi consulta.

Subí a mi habitación y me di una ducha. Con el agua cayendo sobre mi cabeza, muchos pensamientos me invaden. ¿Estaré haciendo esto para toda la vida? ¿Ganaré algo? ¿Lograré algo? ¿Cuáles eran mis sueños? Es confuso pensar que me quedé atrás en todo. Mis amigas ya se han casado y otras ya tienen hijos; sus prioridades han cambiado mientras yo me preocupo por llegar a fin de mes o ahorrar. Salí del baño y me cambié de ropa. He engordado un poco, me maquillo para esconder mis ojeras, pero la belleza en mi cara no aparece. No te imaginas cuántas veces me dijeron fea, incluso mi novio, que dice que debo cambiar, pero pensándolo bien, él es quien me eligió así.

No estoy sola en casa, pero a veces me siento tan ajena a esto que, para ser invitada, me comporto como dueña. Mi madre está en la sala de estar fingiendo trabajar, mirando las cámaras de seguridad, esperando atrapar el comportamiento incorrecto de la vecina. Me despedí, pero no pone atención. Así es ella; puede ignorarte, pero no puedes ignorarla.

Camino a la parada de autobuses; ahora no hay tráfico, pero encontrarse con algunos estudiantes es fastidioso. Llegó al hospital. La mujer que me atiende vuelve a agendar mi cita hasta el próximo mes; quién sabe si llegaré. Últimamente me he estado quejando de cólicos menstruales y eso nunca había pasado, pero no puedo gastar en el médico privado porque la mayoría de mi salario se va a la casa donde vivo.

Tomó un autobús distinto que se dirige a la empresa. Podía agendar la cita por teléfono, pero rara vez contestan si no es trato directo con el titular. Desconozco por qué hacen eso, pero es un fastidio.




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