Sombra del amanecer

Capítulo 1

La Embajadora del amanecer

El sol estaba demasiado brillante para un día tan sombrío.

O al menos, así lo pensaba Helia mientras estiraba la espalda bajo el peso de su capa ceremonial, hecha con capas y capas de oro tejido y bordado que brillaban tanto que podía haber usado el reflejo para cegar a un enemigo. Cosa que, hay que admitirlo, en cierto modo deseaba, considerando que estaba a punto de cruzar la frontera hacia un reino donde la luz era recibida como una maldición.

—Princesa Helia Aerysia, hija del Radiante Cónsul de Aerysia, Guardiana del Sol Naciente, Heredera del Trono Dorado —recitó el heraldo, por quinta vez en diez minutos—, la Delegación del Alba está lista para partir.

Helia intentó no suspirar. El título siempre le había parecido excesivo, como si quisieran recordarle en cada presentación que llevaba el peso del sol entero sobre los hombros.
Aunque, para ser justa, era ligeramente mejor que La Portadora del Resplandor, que sonaba a alguien que prende lámparas.

—Gracias, Velsan —respondió con una sonrisa amable.

El heraldo palideció. Siempre lo hacía cuando ella era amable. Probablemente porque “amable” en Helia significaba también “a punto de hacer algo impulsivo”.

No estaba tan equivocada.

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Aerysia brillaba como si fuera eterno mediodía. La luz se reflejaba en los techos de cristal solar, en los arcos dorados, en las fuentes que dejaban correr agua líquida mezclada con partículas de luz. Todo radiante, cálido y perfecto.

Helia iba a extrañar esa perfección.

O, para ser más sincera, iba a extrañar poder ver más allá de su propia mano sin que la oscuridad intentara tragársela.

Porque Nocthys…
Bueno, Nocthys era lo opuesto.

El Reino de la Sombra.
La tierra donde la noche no era ausencia de luz, sino presencia de magia.
El hogar del príncipe al que todos llamaban el Hijo de la Luna Caída.

Y el reino al que ella, heredera de la luz, estaba a punto de entrar como embajadora.
Una tregua temporal.
Un acuerdo incómodo.
Una misión que nadie más quiso aceptar.

—Helia, mi niña —la voz de su madre interrumpió su espiral de pensamientos.

La reina se acercó con paso liviano, sus túnicas resplandecientes moviéndose con elegancia casi sobrenatural. Helia había heredado su luz, sí, pero no esa calma perfecta que parecía hacer que el mundo se ajustara a su alrededor.

La reina tomó su rostro entre las manos.

—Recuerda lo que eres —susurró, con ese tono que mezclaba amor, deber y un poquito de amenaza maternal—. Eres el Sol. Brillas dondequiera que vayas.

—También derrito cosas a veces —bromeó Helia, intentando aliviar la tensión.

La reina sonrió. Apenas.

—Solo derrite lo necesario.

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La comitiva avanzó hasta el extremo sur del reino, donde el mundo cambiaba.
El aire se hacía más frío.
La luz más tenue.
Y el cielo… el cielo adquiría un extraño matiz violeta, como si no supiera si debía amanecer o anochecer.

El Río del Crepúsculo.

La frontera entre los mundos.
Una línea antigua, imposible de cruzar sin un permiso pactado con magia ancestral.
Un río que no reflejaba nada, porque en él no existían ni luz ni sombra. Solo equilibrio absoluto.

Helia sintió un escalofrío.

—La princesa no teme —susurró uno de los soldados, creyendo que ella no escuchaba.

Helia sonrió.
Ay, si supieran.

Temía, claro que temía.
Pero el miedo no la detenía.
La impulsaba.

Siempre lo había hecho.

---

Un círculo de luz se formó bajo sus pies mientras pronunciaba las palabras de la ceremonia.

—Lumaris praevia, aperi transitum.
Que la luz abra el camino.

El río respondió con un murmullo profundo.
Y luego, apareció.

Un puente.
Hecho de luz… y sombra.

La mitad de cada tablón brillaba como fuego solar.
La otra mitad vibraba como una sombra viva.

Un puente híbrido.
Creado solo en momentos de tregua.

Helia avanzó un paso, sintiendo el cosquilleo de la energía antigua.
Al otro lado del puente… un grupo vestido en tonos azul oscuro y plata la esperaba.

Y en el centro, como si el mundo mismo hubiese decidido esculpirlo, estaba él.

El príncipe Orion Nocthys.

Heredero de la Sombra.

La Luna encarnada.

Tenía el porte de un guerrero, la piel pálida como luz de luna y el cabello oscuro como un eclipse. Sus ojos, fríos y plateados, brillaban con un juicio silencioso.

Y claro, porque los dioses tenían sentido del humor, también era…
ridículamente atractivo.

Helia tragó saliva.

Genial. Estupendo.
El enemigo era hermoso.
Clásico.

Orion inclinó la cabeza con una elegancia que rozaba lo amenazante.

—Princesa Helia Aerysia —dijo, su voz baja como un secreto antiguo—. Bienvenida a Nocthys.

Su tono no decía “bienvenida”.
Decía “qué fastidio”.

Helia sonrió con entusiasmo radiante.

—¡Gracias! Estoy encantada de estar aquí.

Orion parpadeó.
Solo una vez, pero lo notó.
Ella solía causar ese efecto: la gente nunca esperaba tanta luz… ni tanta sinceridad.

—Por decreto de nuestros reinos —continuó él—, me asignaron como tu escolta durante tu estadía.

Helia sintió cómo el universo se reía de ella.

—¿Mi escolta? ¿Usted?

Él arqueó una ceja.

—Sí. ¿Hay algún inconveniente, princesa?

Muchos.
Muchísimos.
Demasiados para enumerarlos sin perder la diplomacia.

Pero Helia solo dijo:

—No, ninguno. Será… interesante.

La comitiva nocthysiana intercambió miradas tensas.
La palabra “interesante” no existía en Nocthys.
Allí usaban “razonable”, “eficiente” y “letal”.
Pero nunca “interesante”.

Orion extendió un brazo para invitarla a cruzar completamente al territorio nocthysiano.

Helia dio el paso final.
El aire cambió.
Su magia solar vibró como advertencia.




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