El Reino Donde la Noche Respira
Ante mí se levantaba la fortaleza que sería mi hogar durante quién sabe cuánto tiempo. Sus torres eran altas y alargadas, construidas en piedra negra pulida que reflejaba la luz como un espejo oscuro. De los balcones colgaban telas azul medianoche que se movían como velos en el viento, y una hilera de lámparas de cristal emitían un brillo plateado que iluminaba los senderos.
—Es… —me quedé sin palabras.
—Impresionante —completó Orion, aunque por su tono parecía que en realidad quisiera decir intimidante.
Quizás ambas cosas eran ciertas.
Caminamos juntos hacia la entrada principal. Él avanzaba un paso detrás de mí, como buen escolta, pero podía sentir su presencia como si caminara a mi sombra. Era irritante… y también, de alguna manera, tranquilizador.
Los guardias nocthianos inclinaron la cabeza al vernos. Sus armaduras eran oscuras, adornadas con filamentos que brillaban como constelaciones. Nada que ver con la claridad dorada de los soldados de Aerysia.
—Tenía entendido que Nocthys era sombrío —comenté, mientras recorríamos el primer gran corredor, cuyas paredes estaban cubiertas de mosaicos que brillaban levemente en tonos plata y azul.
—Esa es la idea —replicó Orion, divertido—. Así no vienen turistas.
Me mordí la lengua para no reír. No le iba a dar el gusto.
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Mi habitación se encontraba en una torre lateral. Era amplia, con una ventana enorme que daba a un bosque que parecía hecho de sombras vivientes. Los árboles no eran negros, sino de un azul oscuro tan profundo que lo parecían. Las hojas brillaban con la luz tenue de insectos lumínicos que volaban entre las ramas.
Era bello. Y aterrador.
Y emocionante.
Tocaba una de las telas bordadas sobre la cama cuando Orion entró sin anunciarse.
—¿De verdad es tan difícil tocar la puerta? —reclamé.
Él se encogió de hombros.
—Soy tu escolta. Necesito asegurarme de que el lugar sea seguro.
—Podrías asegurar la puerta sin abrirla…
—No sería tan efectivo —contestó, con esa sonrisa ladina que parecía su arma favorita.
Rodé los ojos.
—¿Entonces? ¿Qué más tengo que saber de Nocthys antes de perderme bajando la primera escalera?
—Varias cosas —dijo—. La primera: no salgas sola de noche.
Alcé una ceja.
—¿Lo dices porque eres mi escolta o porque algo aquí podría morderme?
—Ambas —respondió, serio pero con un brillo burlón en los ojos—. Y porque tienes una tendencia preocupante a caminar hacia lo que brilla.
Me crucé de brazos.
—No soy una polilla.
—Hmm. No estoy convencido.
Lancé una almohada. Él la esquivó sin esfuerzo.
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Después de instalarme, Orion me llevó a recorrer una parte del palacio. Caminamos por patios donde plantas que brillaban débilmente abrían sus pétalos al caer el sol; por pasillos que parecían reflejar el cielo nocturno bajo nuestros pies; por balcones desde los que podía verse el gran lago oscuro de Nocthys, cuya superficie reflejaba las estrellas con una perfección imposible.
—¿Por qué brillan las flores? —pregunté cuando pasamos ante un jardín.
—Absorben la luz de la luna —explicó Orion—. La guardan y la sueltan cuando la noche es más profunda. Nocthys es así… todo aquí respira con la noche. Cada criatura, cada piedra, cada planta.
Lo decía con un orgullo silencioso y ancestral.
—Entiendo por qué te gusta tanto tu hogar —dije. No como un cumplido. Como una verdad.
Orion se detuvo. Me miró, sorprendido por el tono. Y durante un instante… solo un instante… la ironía desapareció, reemplazada por una quietud que se sentía peligrosa y suave al mismo tiempo.
—Es… diferente al tuyo —dijo finalmente.
—Mucho —admití—. Pero no de forma mala.
Él asintió, y seguimos el camino.
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La mesa era enorme, el salón vasto, y la comida… por decir algo… inquietante.
Había platos que se movían un poco, y bebidas que cambiaban de color cada vez que parpadeaba.
Orion se sentó a mi derecha. Muy cerca. Demasiado cerca.
—¿Esto es seguro? —señalé una sopa que soltaba burbujas plateadas.
—Completamente —dijo él—. Mientras no la huelas.
—¿QUÉ?
—Es broma. —Pero no lo parecía del todo.
Me limité a observar. Y él, a observarme observar. Sus ojos parecían felices de divertirse a mi costa.
—Si quieres, puedo pedir algo más… familiar —ofreció.
—No, está bien. —Levanté la cuchara con dignidad—. Acepto el reto.
Probé la sopa.
No sabía mal.
No sabía bien.
No sabía a nada conocido.
Orion sonrió.
—Bienvenida a Nocthys, Helia Aerysia.
Su sonrisa era tan tranquila, tan segura, tan él, que sentí un escalofrío inesperado.
No de miedo.
Sino de… anticipación.
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Ya en mi habitación, mientras la luna inundaba el piso con su luz plateada, entendí que mi llegada a Nocthys no sería solo adaptación.
Era un comienzo.
De algo mayor.
De algo que iba a cambiarme.
De algo que tenía que ver, irremediablemente, con él.
Orion Nocthys.
Mi escolta.
El príncipe que caminaba como si cargara constelaciones bajo la piel.
Respiré hondo.
El amanecer tardaría en llegar.
Pero por primera vez, eso no me molestó.
La noche tenía secretos.
Y estaba lista para descubrirlos.