— Sombras en el Vestíbulo de la Noche
Dormí sorprendentemente bien para ser mi primera noche en un reino que literalmente vibra bajo la luz de la luna. El aire fresco entraba a través de la gran ventana, trayendo ese aroma nocthiano que empezaba a resultarme… placentero.
Extraño.
Pero agradable.
Cuando abrí los ojos, Orion estaba apoyado en el marco de la puerta.
—¿No te enseñaron que golpear antes de entrar es de buena educación? —espeté, incorporándome.
—Sí —respondió él—. Pero también me enseñaron en Nocthys que si espero a que te arregles a tu ritmo, perderemos medio día.
Fruncí el ceño.
—Tu reino no va a colapsar porque me tome cinco minutos más, Orion.
—Tienes catorce —replicó—. Después de eso, me meto a buscarte. O te cargo. Y no, no estoy exagerando.
Abrí la boca para discutir cuando él añadió:
—La audiencia con mi padre es en dos horas. Y si llegamos tarde, serás tú quien le explique por qué.
Suspiré, derrotada.
—Dame diez.
—Doce —corrigió, con esa sonrisa mínima que sólo me dirige a mí—. No te emociones.
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Una vez lista, salimos al enorme corredor principal. El castillo por dentro era incluso más impresionante que por fuera. Las paredes parecían estar hechas de obsidiana pulida con vetas plateadas que brillaban como constelaciones atrapadas en roca.
—Nocthys no cree en las ventanas en exceso —explicó Orion cuando me detuve a observar una pared completamente sólida—. Preferimos dejar que la luz entre solo donde debe entrar.
—Eso suena muy poético —comenté.
—No lo es. Es práctico. Evita que criaturas de la noche entren sin permiso.
Le arrojé una mirada.
—¿Me estás mintiendo para asustarme?
—Helia —respondió, completamente serio—. Si quisiera asustarte, lo sabrías.
Tenía razón.
Su tono sarcástico habitual desaparecía cuando algo era real.
Y de pronto, la piedra oscura no me pareció tan amenazante.
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Las primeras personas que encontramos fueron dos aprendices de magia lunar, jóvenes vestidos con túnicas azul noche. Iban corriendo por el pasillo, cargando esferas lumínicas entre las manos.
—¿Qué están haciendo? —pregunté.
Orion se encogió de hombros.
—Si explotan, ya sabremos que lo hacían mal.
—¡ORION!
—Es broma. —Una pausa—. Bueno, en un ochenta por ciento.
Me cubrí la cara con la mano.
Sin embargo, los aprendices parecían felices, concentrados, y nos saludaron con una reverencia entusiasmada.
Más adelante, atravesamos un mercado interior lleno de artesanos. Algunos tallaban cristales nocturnos que absorbían luz; otros vendían alimentos que brillaban suavemente —y que, al menos esta vez, no parecían estar respirando—.
Había niños corriendo entre los puestos, riendo, jugando con pequeñas mariposas luminiscentes que seguían sus pasos.
—Tu gente vive… bien —dije con sorpresa.
Orion frunció apenas el ceño, desconcertado.
—¿Por qué no habrían de hacerlo?
—Supuse que Nocthys era más… —busqué la palabra adecuada—. Oscuro en un sentido negativo. Más rígido. Más severo.
—Somos nocturnos, no infelices —respondió él—. Aunque admito que nuestra reputación ayuda a que nadie venga a pedir préstamos.
Solté una risa suave. Él la escuchó. Y por primera vez, no la ocultó.
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Mientras cruzábamos un puente interior, me incliné sobre la baranda para observar el enorme jardín central. Las plantas brillaban con diferentes tonos de azul y plata, formando senderos luminosos que serpenteaban como ríos.
—Helia —advirtió Orion.
—No me voy a caer —respondí.
—No lo dudo. Me preocupa más que decidas saltar porque algo brilla bajo un arbusto.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Por qué estás tan convencido de que soy así?
—Porque te conozco —respondió sin pensarlo.
Y cuando se dio cuenta de lo que había dicho, se tensó.
Y desvió la mirada.
Y se aclaró la garganta.
Orion Nocthys, príncipe de los silencios incómodos.
Sonreí.
No pude evitarlo.
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El Gran Salón de Nocthys era una obra maestra. Las columnas estaban talladas con figuras de criaturas nocturnas; el piso reflejaba el cielo como un lago inmóvil. Al fondo, en un trono de obsidiana y plata, estaba el Rey Noctarius.
El padre de Orion.
Su parecido era innegable: la postura recta, la presencia tranquila, los ojos claros como hielo bajo la sombra.
Me arrodillé ante él.
—Majestad —saludé.
—Princesa Helia Aerysia —respondió con una voz profunda que resonó por todo el salón—. Bienvenida a mi reino. Espero que tu estancia sea segura y… relativamente pacífica.
—Haré todo lo posible por que así sea.
El Rey asintió, satisfecho. Luego miró a su hijo.
—Orion.
—Padre.
—Mantén a la princesa a salvo. Y procura no antagonizarla innecesariamente.
Orion abrió la boca para replicar, pero el Rey levantó una mano.
—Ya sé cómo eres, hijo.
Me mordí la lengua para no reír.
Orion giró apenas el cuello… y me clavó una mirada que decía ni una palabra.
Naturalmente, eso hizo que fuera más difícil guardar la seriedad.
El Rey, sin embargo, parecía entender más de lo que decía.
—Princesa Helia —continuó, mirándome con curiosidad profunda—. Sé que este mundo es distinto al tuyo. Si en algún momento sientes que la noche pesa… di lo que necesitas. Nocthys también puede ser hogar.
—Gracias, Majestad —respondí sinceramente.
Porque, aunque no lo admitiera en voz alta, algo en este lugar me estaba empezando a gustar.
Nocthys no era frío.
Solo esperaba que la luna te hablara.
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Cuando salimos del salón, Orion caminaba demasiado rápido.
—¿Te ofendió algo? —pregunté.
—No.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Silencio.
—Es sólo que mi padre… —frunció el ceño—. No suele comentar mi sociabilidad frente a invitados.