La tarde cayó rápido, como si Nocthys tuviera prisa por regresar a su estado natural: la noche.
Y yo… yo tenía demasiada energía acumulada después de la audiencia con el rey.
Tal vez era la adrenalina.
O tal vez era la forma en que Orion me había mirado antes, como si él tampoco terminara de comprender qué estaba pasando entre nosotros.
De cualquier modo, decidí caminar sola por los jardines internos.
Total, estaba dentro del castillo. ¿Qué podría salir mal?
Spoiler: muchas cosas.
Encontré un pequeño estanque rodeado de flores lumínicas. El agua parecía un espejo líquido de estrellas. Me incliné para tocarla, fascinada por los destellos que danzaban en su superficie.
—No deberías hacer eso —escuché detrás de mí.
Me sobresalté tanto que casi caigo dentro del estanque.
Orion me sujetó del brazo justo a tiempo.
—¿Por qué siempre apareces como si fueras un fantasma maleducado? —reclamé, intentando recuperar el equilibrio y mi dignidad.
—Porque tú siempre estás a punto de hacer algo peligroso —dijo él—. Y en mi defensa, te dije que me avisaras si ibas a salir.
—Estoy dentro del castillo —protesté.
—Eso no significa nada cuando eres tú.
Bufé.
—¿Qué tiene de malo tocar el agua?
Orion arqueó una ceja.
—Tiene criaturas que podrían confundir tu mano con una cena luminosa.
Solté un chillido muy poco digno de una princesa y me alejé tres pasos de golpe.
Orion se rió.
Sí, se rió. Abiertamente.
Y me dolió un poco porque sonaba demasiado lindo.
—No es gracioso, Orion.
—Es un poco gracioso —corrigió—. Y, si sirve, no te dejaría sin mano. Tendría que cargar contigo hasta la enfermería y eso es más trabajo del que quiero.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
Di media vuelta para marcharme, pero el suelo estaba cubierto de pétalos resbaladizos. No vi uno de ellos.
Y mi pie se fue hacia adelante.
—¡Ah—!
No llegué a terminar el grito.
Orion me atrapó con una rapidez que no se veía normal. Una mano en mi cintura. La otra en mi espalda. Mi corazón saltó más fuerte que el maldito tropiezo.
Quedé literalmente en sus brazos.
Demasiado cerca.
Demasiado.
Nuestros rostros quedaron a unos centímetros.
Pude sentir su respiración.
El leve olor a pino oscuro y aire frío que siempre lo rodeaba.
Y lo peor…
o lo mejor…
es que no me soltó de inmediato.
Orion parecía sorprendido.
Desconcertado.
Como si su cuerpo hubiera reaccionado antes que su cerebro.
—Tienes un talento para caer justo cuando estoy cerca —murmuró.
—No fue a propósito —susurré, aunque mi voz tembló un poco.
—¿Estás segura? —preguntó, y aunque sonaba sarcástico, sus ojos… no lo estaban.
Traté de ponerme de pie, pero el movimiento hizo que resbalara de nuevo, y esta vez terminé aferrándome a su cuello.
Su cuello.
Su. Maldito. Cuello.
Orion exhaló como si no supiera qué hacer conmigo.
—Helia… —dijo bajo, casi como una advertencia.
—Yo… yo solo intento no matarme —intenté decir, sin poder apartar mis manos.
Y ahí ocurrió.
Un silencio.
Un silencio demasiado intenso.
Como si todo el jardín dejara de respirar.
Sus manos seguían en mi cintura.
Mi pecho rozaba el suyo.
Sus ojos, tan claros y tan fríos, parecían repentinamente cálidos.
Y juro que algo se encendió entre nosotros.
Algo pequeño.
Algo real.
—Deberías… —comenzó él.
—Sí. —Tragué saliva—. Debería.
Pero ninguno de los dos se movió.
Una luciérnaga gigante —del tamaño de un gato, porque claro que en Nocthys todo es exagerado— pasó volando entre nosotros con un zumbido grave.
El susto nos separó de inmediato, como si ambos hubiéramos sido empujados por la misma mano invisible.
Orion se aclaró la garganta, demasiado rápido.
—Tienes que mirar dónde pisas —dijo, recuperando su tono seco—. Y no andar sola.
—Estaba bien —me defendí, aunque seguimos muy cerca.
—Helia —dijo con paciencia forzada—. Casi te come un estanque.
—¡Los estanques no comen!
—En Nocthys sí.
Quise replicar, pero mi pulso todavía estaba acelerado por razones que nada tenían que ver con criaturas.
Orion lo notó.
Lo sé.
Porque de pronto él miró a otro lado, incómodo.
—Voy a acompañarte de vuelta —anunció, sin darme opción
Caminamos por el pasillo de regreso a mi habitación.
Él a mi lado.
Yo fingiendo que mi corazón no quería caerse por la ventana.
La tensión era tan obvia que una planta lumínica se apagó al sentirla.
No estoy bromeando.
Se apagó.
—Hoy… —dijo Orion finalmente, como si le costara las palabras—. No te lastimaste, ¿verdad?
Lo miré.
Era la primera vez que oía preocupación genuina en su voz.
Sincera.
No disfrazada bajo sarcasmos.
—No. Estoy bien —contesté suavemente.
Él asintió, rígido.
—Bien.
Silencio.
—Orion… —intenté decir.
—Buenas noches, Helia —interrumpió, escapando hacia su cuarto como si algo lo persiguiera.
Me quedé frente a mi puerta, exhalando lentamente.
No entendía qué había pasado.
Pero sí sabía algo:
Los accidentes no eran solo accidentes.
No cuando hacían que mi corazón latiera así.
Y no cuando Orion Nocthys —tan frío, tan serio, tan distante—
actuaba como si sostenerme hubiera hecho que el mundo se le tambaleara también.
La noche, en Nocthys, parecía estar muy interesada en nosotros.