El viento aullaba como un lamento olvidado mientras Elena se apoyaba en la baranda de su balcón, observando cómo las hojas caían en un danza caótica, arrastradas por una tormenta inminente. La ciudad se desplegaba ante ella, iluminada por la tenue luz del atardecer, pero su mente estaba atrapada en algo más sombrío. Cada susurro del viento le recordaba la inminente sombra de su pasado, un pasado que regresaba con la muerte inesperada de su madre.
Elena había estado huyendo de su infancia durante años, tratando de escapar de los recuerdos que resonaban en la antigua casa familiar, un lugar repleto de ecos que nunca se desvanecían. El día de la ceremonia, había decidido ignorar los sentimientos de tristeza, el nudo en su garganta y la presión en su pecho. Llegaría, diría un par de palabras, y se marcharía rápidamente. Así de simple.
Pero con cada campanada que resonaba en la distancia, el peso de la realidad se hacía más denso. Su madre, la mujer que había sido su brújula, ahora yacía en un ataúd de madera, cubierta por una tranquila capa de flores que ya no serían suficientes para ocultar el vacío.
Los recuerdos de la infancia regresaron como un torrente, siendo los más oscuros, aquellos en los que las paredes de aquella casa parecían susurrar secretos. La figura de su madre se convertía en un espectro que la seguía a cada paso, cada sonrisa era un recuerdo acumulado de caricias y palabras no pronunciadas. La última vez que la había visto, estaba sonriendo, y sin embargo, el último mensaje, el más desgarrador, quedó encerado en una separación que ninguna de las dos supo cómo atravesar.
"Elena, por favor, ven a casa."
La voz de su madre reverberaba en su mente, pero no eran solo palabras vacías; había un peso detrás de ellas que la hizo decidir enfrentar su destino. Esa misma noche se encontraría de nuevo en la casa, y aunque la idea la aterraba, sentía que algo la llamaba, como si los ecos del pasado estuvieran haciéndole una invitación que no podía rechazar.
Con la lluvia comenzando a caer, Elena se dirigió a la auto-estación de tren, sintiendo las gotas frías como si fueran los dedos de su madre, clamando por su retorno. Al llegar, el tren la esperaba, en su interior un cúmulo de pasajeros callados, cada uno envuelto en sus pensamientos, ajenos a su dolor. Mientras el tren se puso en marcha, miró por la ventana, viendo cómo la ciudad se desvanecía en la distancia, llevándose con ella la vida que había construido lejos de su hogar.
La casa familiar se alzaba ante ella como un monumento a lo que había perdido. Las sombras danzaban en las paredes manchadas, como si celebraran la llegada de su hija pródiga. Las luces parpadeaban mientras Elena empujaba la puerta principal. El olor a polvo y madera vieja la golpeó, un hedor a abandono que evocaba el pasado en cada rincón.
Caminó lentamente hacia el vestíbulo, sus zapatos resonando en el suelo de madera. Las fotografías familiares adornaban las paredes, cada imagen contando una historia que ella había querido olvidar. Sin embargo, ahora, se sentía atrapada en su narrativa, una protagonista involuntaria de un cuento que no recordaba haber firmado. Era una trampa, una jaula que prometía ser su hogar pero que en su interior solo albergaba añoranza y tristeza.
La puerta del estudio de su madre dejó entrever un resplandor tenue, a través de la rendija, como un faro en la noche oscura. Mientras se acercaba, una mezcla de temor y curiosidad la invadió, sugiriéndole que allí podría encontrar respuestas. Su mano temblorosa se posó sobre la manija.
Al abrir la puerta, fue recibido por un aire helado que olía a papel viejo y a secretos olvidados. El estudio, meticulosamente ordenado en el exterior, parecía un campo de batalla por los recuerdos de su madre; libros esparcidos, diarios abiertos, y una computadora de escritorio cuya luz parpadeaba como si algo estuviera a punto de revelarse. Se preguntó cuántas veces se había sentido atrapada en esta misma habitación, observando a su madre sumergida en su mundo de palabras, inconsciente de los fantasmas que la rodeaban.
En el centro del escritorio, un diario desgastado y polvoriento llamó su atención. Con manos temblorosas, se acercó y lo abrió; las palabras en la primera página fueron un eco de lo que creía haber dejado atrás. Era la caligrafía de su madre, y al leer las primeras líneas, su pulso se aceleró.
“Si encuentras esto, significa que he partido sin dejar trazas. Pero hay verdades que necesitan salir a la luz, verdades que han estado ocultas entre las sombras.”
Cada palabra resonaba en su corazón como un tambor distante, comenzando a desentrañar la tela de secretos que había entrelazado su vida familiar. No podía detenerse, un sentimiento de urgencia la apremiaba a seguir leyendo.
"Elena," continuó el diario, "hay cosas que nunca quise que supieras... cosas que atesoro pero que también me dominan. Si decidiste regresar, es porque este camino ya te pertenece. No puedes huir de lo que eres, de nuestra historia. Busca la verdad, incluso si te lleva a la oscuridad."
Elena se detuvo y miró con escepticismo los últimos trazos, sintiendo un escalofrío al pensar en lo que eso podía significar. Sin embargo, justo en ese instante, un sonido crujiente detrás de ella la hizo girar. La sensación de ser observada golpeó su corazón, y su respiración se detuvo en su pecho. La puerta del estudio, que antes estaba cerrada, ahora se encontraba entreabierta, como si alguien la estuviera invitando a cruzar un umbral prohibido.