Sombras

Capítulo 2: El Límite de las Sombras

Elena sintió cómo la adrenalina recorría su cuerpo, acelerando su pulso mientras miraba la puerta entreabierta. La sensación de ser observada se intensificaba, como si el ambiente mismo la desnudara de su valentía. La última línea del diario de su madre brillaba en su mente: "Busca la verdad, incluso si te lleva a la oscuridad." Pero ¿hasta dónde estaba dispuesta a llegar?

A medida que la sombra de la puerta se dispersaba por la habitación, se enfrentó a su decisión más difícil: retroceder o avanzar. Con un profundo respiro, tomó el diario y se acercó a la puerta. Al final, la curiosidad era más fuerte que sus temores. Cruzó el umbral, sintiéndose como la protagonista de una historia mal escrita, donde la única salida estaba al otro lado del misterio.

El pasillo estaba envuelto en una penumbra opresiva, cada paso resonaba en sus oídos como el golpe de un tambor ceremonial. A su izquierda, la antigua escalera crujía bajo el peso de sus recuerdos, mientras que a su derecha, un oscuro pasillo se extendía, las paredes adornadas con retratos familiares que parecían seguirla con la mirada.

Cada imagen mostraba a su madre en diferentes etapas de su vida: una sonriente niña, una adolescente soñadora, y finalmente, la mujer que había conocido. Pero lo que la inquietaba eran los matices de tristeza que a menudo aparecían en su rostro, una tristeza que ella había estado demasiado ciega para notar. Era como si esos ojos supieran algo más, un secreto que la propia Elena estaba destinada a descubrir.

Al llegar al final del pasillo, se detuvo frente a una puerta que había estado cerrada desde su infancia. Su corazón se aceleró, y un sudor frío le recorrió la espalda. Esto, sin duda, era la entrada a lo desconocido. Con un gesto decidido, giró la manija y empujó la puerta, sintiendo el chirrido de las bisagras desgastadas. La habitación la abrazó en un silencio sepulcral.

El interior estaba sumido en sombras, con muebles cubiertos por sábanas blancas que se asemejaban a fantasmas en espera. Una vieja lámpara de pie parecía desafiar la oscuridad, aunque no encendía más que ecos de días pasados. Elena avanzó con cautela, recordando los cuentos sobre la casa, las advertencias que la habían llevado a alejarse: 'No te acerques al cuarto del fondo', le habían dicho, 'sólo la tristeza habita allí'.

Pero la tristeza era ahora su compañera. Si su madre había guardado algo precioso en esta habitación, era su deber encontrarlo. Levantó una sábana y reveló un escritorio cubierto de polvo, con documentos apilados de forma desordenada. Sus manos temblorosas se movían sin rumbo mientras sus ojos escaneaban la habitación. Entre las hojas amarillentas, encontró un viejo álbum de recortes. Con una mezcla de expectación y ansiedad, lo abrió.

Las páginas estaban llenas de recortes de periódico, fotos de eventos familiares y… mensajes. Mensajes de amor, de desesperación. Uno llamó su atención en particular: “La verdad puede ser más oscura que nuestras sombras. No te dejes engañar.” Más intrigante aún, había un número de teléfono garabateado al margen, el mismo que había visto en la última nota de su madre. El nudo en su estómago se apretó.

Mientras reflexionaba sobre el significado de todo esto, un ruido sutil la sacó de su trance. Un crujido provenía del fondo de la habitación, como si algo estuviera desplazándose. Elena se volvió bruscamente, su corazón latiendo con fuerza, y buscó en la penumbra. En ese instante, la conciencia del peligro y la fascinación de lo desconocido chocaron en su mente.

¡Déjame ser valiente! Se dijo a sí misma. Se acercó lentamente hacia el otro extremo de la habitación, mientras el crujido se repetía, cada vez más definido. ¿Podría ser una de las cosas que su madre había escondido? O peor aún, ¿podía ser alguien más?

Sus pasos cautelosos la llevaron a una pequeña puerta, apenas visible entre las sombras profundas. Estaba entreabierta, mostrando un destello anaranjado que culminaba en una escalera que descendía hacia la oscuridad. La luz titilaba como un faro en la noche, haciéndola más tentadora.

Sin saber exactamente qué esperar, decidió que el miedo no podía detenerla. Se arrodilló y, con deliberación, se asomó por la abertura. Al hacerlo, un intenso olor a moho y papel envejecido la golpeó, y su corazón se aceleró aún más. Se levantó con determinación y comenzó a descender la escalera.

Cada paso sonaba como un eco en la oscuridad, la emoción de lo desconocido la llenaba de un nerviosismo vibrante. Con cada descenso, Elena sintió cómo la casa se transformaba… como si estuviera dejando atrás la vida que conocía. Las paredes de piedra rugosa reflejaban los desútiles susurros de su pasado, recordándole que allí, entre las sombras, podían esconderse las respuestas que había estado buscando.

Al llegar al final de las escaleras, se encontró en una habitación aún más oscura. La luz anaranjada se desvanecía, pero había algo más: un destello, un brillo extraño que parecía provenir de un antiguo cofre de madera oscura. A medida que se acercaba, sus manos temblaban de emoción y temor. El cofre estaba desbordando de misterio, asegurado con una cerradura que parecía desafiar su apertura.

Con una pequeña palanca de metal que encontró en el suelo, comenzó a hurgar dentro de las intersecciones de la cerradura. Su respiración se volvió entrecortada, cada intento parecía despertar ecos olvidados. Justo cuando su mente se llenaba de dudas, escuchó un clic, que reverberó como un tambor. La tapa se abrió lentamente, revelando su contenido: cartas, fotografías y documentos cubiertos de polvo, cada uno con una historia empotrada en sus pliegues.

Elena tomó una carta y comenzó a leer. Las palabras eran de amor, desesperación y una súplica incesante. El remitente no era su madre, sino un nombre que hacía tiempo había olvidado: Samuel. Pero quien era Samuel, y por qué tanto anhelo en su escritura? El eco de un secreto la envolvió, una historia que no solo pertenecería a su madre, sino que también a ella.



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En el texto hay: misterio, thriller psicologico, suspenso

Editado: 22.02.2026

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