El sonido de la puerta crujiente resonó en su mente, mientras Elena se adentraba en la habitación oculta. La penumbra la envolvió, y no podía evitar sentir que cada paso que daba la acercaba más a una verdad peligrosa. La sensación de ser observada nunca había sido tan fuerte. Las sombras le parecían seres vivos, observándola, esperando su próximo movimiento.
La habitación era mucho más pequeña de lo que había anticipado, con paredes de piedra expuestas y el aire pesado de humedad. En el centro, una mesa de madera ennegrecida estaba cubierta de objetos variados: antiguos retratos sellados, pequeños cofres de madera, y varios tomos polvorientos que parecían guardar secretos de años pasados. Cada uno de esos objetos parecía pulsar con energía, como si tuviesen historias ocultas listas para ser desenterradas.
Con un temblor en las manos, Elena se acercó a la mesa, sintiendo cómo sus dedos se alargaban hacia un viejo álbum de fotos. El cuero desgastado que lo recubría tenía marcas de tiempo; se podía sentir su historia en las rugosidades. Al abrirlo, una explosión de imágenes familiares se disparó en su rostro, reviviendo recuerdos que había estado tratando de esconder.
Sin embargo, a medida que pasaba las páginas, la risa y la alegría se desvanecieron. Fotos de su madre con una sonrisa radiante pronto dieron paso a imágenes que la hicieron detenerse en seco. Retratos de lo que parecía ser su madre, mirando con ansiedad a la cámara, junto a un hombre del que jamás había oído hablar. Este misterio se apoderó de su mente como un veneno, y no pudo evitar estremecerse.
Mientras hojeaba frenéticamente las páginas, un pequeño papel se deslizó y cayó al suelo. Helena se agachó rápidamente y lo recogió. Era una carta escrita a mano, la tinta apenas había resistido el paso del tiempo, algunas palabras desdibujadas, pero varias parecían claramente legibles.
“Si las sombras llegan a alcanzarte, recuerda que hay un camino hacia la luz. Pero la luz puede tener un costo… y algunas puertas es mejor mantener cerradas. Samuel.”
El corazón de Elena se aceleró de nuevo. ¿Quién era Samuel? ¿Por qué su madre había tenido correspondencia con él, y qué secretos le había ocultado? Las piezas del rompecabezas comenzaban a ajustarse, pero las preguntas aún la asfixiaban.
Mientras sentía que el aire se volvía irrespirable, un golpe sonó nuevamente en la puerta de la habitación. Esta vez más fuerte, más insistente. La intriga pasó de ser un mero impulso a un puro pánico. “¿Quién está ahí?” dijo Elena, tratando de que su voz sonara fuerte, a pesar de la incertidumbre que la llenaba.
El silencio la envolvió como una manta incómoda. La puerta permanecía cerrada, y el eco del golpe resonaba en su memoria. Se obligó a sí misma a centrarse, sabiendo que era probable que la respuesta a su pregunta estaba más adelante que en el eco de lo que la perseguía.
Con decisión, recorrió la habitación buscando alguna pista, algo que pudiera conectarla con la historia que su madre había dejado atrás. Entonces notó un viejo cofre, pequeño, con un delicado patrón tallado en su superficie. Se acercó, y aunque estaba sellado, los intrincados detalles la atraían como un imán. Se dio cuenta de que la cerradura no era complicada; pudo abrirlo con facilidad.
Al levantar la tapa, el contenido la dejó boquiabierta. Dentro había cartas de amor, mas no de su madre. Eran cartas de Samuel, llenas de promesas de un futuro juntos, evocando momentos íntimos que nunca había imaginado que su madre hubiera experimentado. La letra era furiosa, apasionada, ¡y un tanto desesperada! Y entre los papeles, un pequeño objeto brillante capturó su atención: un medallón.
La cadena estaba rota, pero el medallón en sí era hermoso. Tenía un diseño intrincado y un pequeño retrato oculto en su interior. Con manos temblorosas, lo abrió; el rostro que miraba hacia ella era de un hombre cuya sonrisa resonaba con familiaridad. Elena sintió que su estómago se retorcía y no podía apartar la vista del retrato. ¿Cómo era eso posible? Había escuchado historias, había sido parte de su vida, pero este hombre estaba paralelamente ausente.
De repente, una risa lejana se filtró a través de la puerta. Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda. El sonido, familiar y doloroso, le resultaba inquietante. La misma risa de su madre que alguna vez había llenado su infancia se tornaba ahora grotesca en este escenario.
Fue cuando una sombra se deslizó rápidamente por la rendija de la puerta que una sensación de urgencia la obligó a actuar. Alguien estaba allí, y esa persona no tenía buenas intenciones. Con rapidez, recogió el medallón y las cartas, y las guardó en uno de los bolsillos de su abrigo, sintiendo que lo que había encontrado era solo la punta del iceberg.
Se acercó cuidadosamente a la puerta y, poniendo su oído contra la madera, escuchó susurros. Palabras ininteligibles se entrelazaban, pero el tono era malicioso, lleno de intenciones ocultas. La adrenalina la mantenía alerta, y sabía que debía actuar rápido.
Sin embargo, antes de que pudiera decidir un plan de escape, la puerta se abrió de golpe, revelando a un hombre alto con una figura imponente. La luz se filtró detrás de él, su entrecerrada mirada escaneando la habitación deseando atrapar a un intruso.
“¿Quién eres?” preguntó Elena, el desafío en su voz surgiendo a pesar del miedo.
El hombre no respondió inmediatamente. Cerró la puerta con un movimiento brusco, asegurándose de que estuvieran solos. Una risita burlona formó una línea curva en sus labios. “Así que has encontrado mi pequeño escondite, ¿eh?” Dijo, su voz era un eco frío que enviaba escalofríos a su columna vertebral.
“¿Qué has hecho con mi madre?” exigió. Su voz no tembló, pero su corazón batía con furia.
“Tu madre estaba buscando respuestas, al igual que tú,” dijo él, avanzando un paso. La mirada fija en ella era intensa. “Pero también hay algo que no sabes, algo que cambiará todo lo que crees saber.”