El rostro de su madre, una sombra tenue del pasado, la miraba con un profundo pesar. Elena sintió que el aire en la habitación se contraía a su alrededor, atrapándola en un puente entre el momento presente y un recuerdo distante que nunca había comprendido. La súplica en los ojos de su madre la mantenía tensa, como si la advertencia ya estuviera dibujando formas en su mente.
“¡Mamá, no te vayas!” gritó Elena, sintiendo que sus palabras eran ecos en una gran caverna vacía. La figura que una vez había representado amor y seguridad desaparecía, dejándola rodeada de sombras.
“Debes huir, Elena, antes de que sea demasiado tarde,” resonó la voz de su madre, pero las palabras aullaban como un viento feroz que amenazaba con desbordarla. La advertencia la abrumaba, y la angustia de no saber si realmente estaba allí o solo era un producto de su propia desesperación la desgarraba.
“¿Cómo… cómo puedo huir si no entiendo a qué me enfrento?” Elena respondió, sintiendo que su voz temblaba. “No puedo perderte de nuevo, no cuando estoy tan cerca de entenderlo todo.”
Su madre la miró con profunda tristeza. “Elena, este legado pesa más de lo que puedes imaginar. Estás tocando las fibras de algo que podría romperte. No permitas que las sombras te devoren.”
A medida que su madre hablaba, la habitación comenzó a oscilar, como si el tiempo se estuviera distorsionando. La profundidad del misterio la rodeaba como un manto sombrío, una amenaza de que una verdad abominable podría liberarse en cualquier momento. La imagen de su madre comenzó a desvanecerse, llevándose consigo el calor que había provisto en los días de su infancia.
“¡Mamá, no! Necesito saber lo que hay detrás de esto. Si hay algo que deba enfrentar, lo haré. Estoy lista,” imploró Elena, sintiendo cada vez más la urgencia de la situación. Pero su madre se disolvió en niebla, dejándola sola otra vez.
Con un movimiento brusco, Elena giró hacia el espejo que aún reflejaba los ecos de lo que acababa de experimentar. El cristal ahora estaba agrietado, sus bordes resplandecían como si recogieran la luz de lo que había sido dicho. Miró de nuevo, y en lugar de su reflejo, las imágenes del pasado empezaron a sobreelevarse en el vidrio fragmentado.
Ella misma, joven y vulnerable, aparecía jugando en el jardín de su infancia donde el sol brillaba intensamente, la risa de su madre resonaba como una canción de cuna, un recuerdo que había sido atesorado y a la vez enterrado. Pero en un giro, la imagen se oscureció y surgió la sombra de su madre, de pie al borde del jardín, su rostro contorsionado en ansiedad mientras un hombre la acercaba.
“¡¿Samuel?!” exclamó Elena, sintiendo que su corazón se retorcía al reconocer esa tensión entre ellos. Samuel estaba allí, pero el aura circundante era diferente, venía con el hedor del miedo. Se acercó a su madre, y la conversación que supo tenía lugar era una que había sido cargada de reticencias.
“No deberías estar aquí, Samuel. Ya has cruzado una línea sin retorno,” la voz de su madre decía con un tono grave. Las palabras resonaban en su mente como un eco aterrador.
“Todo depende de las elecciones que hagamos, Lucía. Debes concederme una oportunidad para ayudar a tu familia. No podemos seguir así, las sombras nos están alcanzando,” clamó Samuel, su figura se volvió oscura, sus ojos llenos de desesperación.
“¿Qué estás diciendo? Si me ayudas, arrastrarás a mi familia a esto. No puedo, no puedo permitirlo,” la voz de su madre era firme, pero había un doble filo, un deseo inconfesable que flotaba en el aire.
“Si no te das cuenta, las sombras ya te han atrapado. Permíteme protegerte, y juntos podremos romper el ciclo. Pero debes confiar en mí,” él insistió.
Elena sintió cómo el terror se transformaba en desesperación. Las escenas se desvanecieron y el espejo se oscureció, haciéndola retroceder para evitar que la absorba también. Volvió a la realidad, allí sola, con la mente ardiente y el corazón latiendo desmesurado.
Todo lo que una vez había querido saber se entrelazaba con el deseo de proteger a su familia, pero el dolor de la verdad prevalecía sobre todo. Esa imagen no era un simple recuerdo, era un preludio, una invitación a saltar al abismo de lo desconocido.
Despertó de sus reflexiones; el hombre que la había guiado estaba allí, observándola con preocupación. “He visto lo que has presenciado. Es un ciclo que sigue. ¿Estás preparada para seguir adelante?” preguntó, su voz cargada de gravedad.
“¿Qué más hay? ¿Cómo puedo cambiarlo? No puedo soportar quedarme atrapada en este laberinto,” le respondió Elena, sintiendo que cada palabra era una esperanza que se desmoronaba.
“Una vez que encuentres la clave, el resto se revelará. Tu madre hizo un pacto; un acuerdo que ahora es parte de ti. Si descubres lo que dejó atrás, puedes romperlo, pero necesitas estar dispuesta a lo que eso signifique,” él explicó, la intensidad en su mirada era desbordante, como una tormenta conteniendo una verdad explosiva.
“¿Y si el hallazgo destroza lo poco que queda de mí? No sé si tengo el valor para enfrentar eso,” Elena confesó, sintiendo su voz temblar.
“Consigue tus fuerzas, la luz que buscas se encuentra en el mismo abismo al que temes caer. Pero ten cuidado, las sombras se mueven, y no todas las verdades son liberadoras. Ven, hay una habitación que podría ofrecerte más respuestas,” dijo, y con ello comenzó a guiarla.
El pasillo se veía distorsionado y sombrío, pero vislumbraba al final un atisbo de luz que la llevó a seguir. Sentía como si entrara en una oscura caverna, llena de misterios y secretos que podrían marcar su destino.
El hombre se detuvo frente a una puerta antigua, su superficie desgastada. “Lo que está detrás de esta puerta podría cambiarlo todo. Debes estar lista para aceptar lo que se presente.”
“Estoy lista,” afirmó con determinación, sintiendo que algo vehemente ardía en su interior. La idea de poder romper el ciclo y descubrir la historia que había estado encerrada dentro de su madre la impulsaba.