El pasadizo por el que Elena y el hombre corrían era oscuro y estrecho, los ladrillos de piedra gélidos al tacto y cubiertos de un moho viscoso. Cada paso resonaba como un eco en una caverna perdida en el tiempo, mientras la presión de lo desconocido la empujaba hacia adelante. Las sombras se arrastraban en su estela, su aliento se volvía cada vez más pesado, y un sentimiento de privación la envolvía.
“¿Dónde estamos y a dónde vamos?” preguntó con voz entrecortada, tratando de mantenerse firme mientras el sudor le resbalaba por la frente. El hombre que la guiaba no respondió, su expresión era grave y centrada.
“Es un lugar de tránsito, donde las sombras se hacen más densas. Debemos llegar al final sin detenernos, cada segundo cuenta,” murmuró, tirando de su mano con fuerza. Elena sintió un escalofrío al recordarse a ella misma en el jardín, las advertencias de su madre resonando en su mente como un mantra: Las sombras vienen por ti.
A medida que avanzaban, fue consciente de que la luz al final del pasillo se hacía más tenue, lo que sugería que el aire se había hecho más pesado. “¿Qué está pasando? No puedo respirar,” dijo, deteniéndose por un momento.
“No mires atrás. Las sombras han comenzado a infiltrarse aquí. Están invadiendo este lugar, buscando el conocimiento que crees poseer,” respondió él, con un rayo de preocupación surgiendo en su voz.
Cada palabra aumentaba su ansiedad, y ella alzó la vista, sintiendo que en cada respiración la tensión se intensificaba. Las paredes parecían cerrarse y venirse encima, cargadas de secretos y resentimientos. La oscuridad detrás de ellos era palpable, latiendo como un ser viviente dispuesto a devorar todo a su paso.
De repente, una puerta apareció a su izquierda, una apertura de madera antigua que parecía vibrar con energía. Sin mediar palabra, el hombre empujó a Elena hacia la puerta. “Dentro. Será nuestra única oportunidad de refugio.”
Elena dudó, pero la desesperación del momento la arrastró hacia la entrada. Al cruzar el umbral, se encontró en una sala diferente, más amplia pero igualmente sombría. Una sola lámpara parpadeante pendía del techo, lanzando luces intermitentes sobre las paredes cubiertas de imágenes sombrías y símbolos extraños que parecían moverse.
“¿Qué es este lugar?” preguntó con voz baja, sus ojos escaneando los alrededores. El ambiente emanaba un aire de tener historia, pero también traiciones que llevaban siglos en sus entrañas.
“Esta es la sala de los pactos, donde las decisiones se toman y las sombras pueden ser conjuradas,” contestó el hombre, su voz resonando con reverencia. “Los símbolos en las paredes son antiguos, representan linajes y acuerdos que han ligado a nuestras familias durante generaciones.”
Elena sintió que su estómago se revuelva. Aquel era el corazón de las sombras, un lugar donde las verdades se retorcían y se transformaban en mentiras. Pero había una línea que debía cruzar. Sabía que el conocimiento era darle vida a la culpa, y así podía tomar el control.
“Si los pactos son el núcleo de todo esto, ¿cómo puedo liberarme de ellos?” preguntó Elena, deseando que las palabras que diría tuviesen el poder de cambiar su historia.
“Estás destinada a romper esas cadenas, pero requiere un sacrificio,” dijo el hombre, acercándose a uno de los símbolos. “Debes ofrecer tu parte, algo que represente la sombra de tu pasado. Tu madre caminó este camino, y si no rectificas, el ciclo se prolongará. Si lo haces de verdad, puedes liberarte y rehabilitar el legado.”
Elena sintió una punzada de temor. Sacrificio no era solo una palabra, sino un grito que resonaba en su alma. “¿Qué tengo que ofrecer?” Su voz tembló mientras se enfrentaba a lo que le exigían. Sus manos eran ahora el eco de una decisión siniestra.
“Necesitas enfrentarte a lo que hay dentro de ti, a los miedos que has guardado. Solo así podrás liberar tu verdadero poder,” explicó él, sus ojos penetrantes manteniéndose fijos en ella.
Mientras hablaba, la habitación comenzó a vibrar, y las sombras que permanecían quietas empezaron a moverse lentamente, arrastrándose hacia ellos. Un escalofrío la atravesó y, de la nada, una voz resonó con fuerza, las palabras pronunciadas como un eco distorsionado.
“Elena, tus ancestros te observan. Todos han hecho sacrificios en tus pies, y ahora es tu turno. ¿Tendrás el coraje de enfrentarte a ellos?”
Las paredes parecían vibrar con una energía oscura, una presión creciendo en el ambiente. Elena sintió que su corazón latía con fuerza, la ansiedad llenaba cada rincón, pero ese eco resonaba con la claridad que llevaba buscando.
“¡Sí!” gritó con toda su fuerza, desafiando la amenaza que la rodeaba. “¡Estoy lista!” Era una decisión que no podía tomar a la ligera, pero en su interior sabía que el momento había llegado.
“El sacrificio no requiere perder tu esencia, sino aceptar lo que realmente eres,” continuó el hombre, llevándose las manos al pecho. Con un movimiento, desprendió un pequeño relicario de su cuello. “Esto contiene una parte de mi propio poder, algo que hice como un pacto hace años. Al usarlo, estarás un paso más cerca de deshacer la maldición.”
Al extenderle el relicario, la habitación estalló en vívidas imágenes, cada una más intensa que la anterior, trayendo recuerdos de seres queridos, de risas perdidas, de sueños no cumplidos. Un torrente de emociones comenzó a inundar su ser. Era un maremoto imposible de detener.
“Elena, por favor, acepta esto. No será solo un objeto, será un símbolo de tu determinación de romper las cadenas,” le dijo, esperando que ella lo tomara.
Al asir el relicario, sus manos comenzaron a temblar por el peso de la historia. Al contacto con su piel, una conexión instantánea la envolvió con una oleada de energía. Puede que no sea solo un sacrificio; puede ser una salvación. Sus ojos se llenaron de lágrimas al comprenderlo.
En ese momento, un grito desgarrador reverberó en el aire, como el eco de aquellas sombras que se rebelaban contra el cambio. Elena sintió que vibraba en sus huesos; el poder ya estaba en ella, lista para ser desatada, una ráfaga de impulso que la empujaba hacia la luz.