Sombras de Redención

Infiltrado

Jack
Me siento en la barra del bar y pido una copa. El ruido a mi alrededor es constante, voces superpuestas, risas forzadas, vasos chocando, pero aun así mi cabeza no logra callarse. No dejo de pensar en lo que vi dentro de Miranda. Algo en ella está roto… o vacío. Ya no es la misma. No sé si sigue viva por dentro o si solo queda una sombra de lo que fue.
Ha pasado por demasiado, y aun así todo estalla recién ahora. No sé quién es ella en este momento, ni qué va a pasar conmigo desde que se sabe que hubo algo entre los dos. Me dejaron contra la pared, sin margen de error, y mi mente gira sin parar buscando una salida que no aparece.
Doy un sorbo al trago que el hombre del otro lado de la barra me sirve sin mirarme. El alcohol quema al bajar, pero no lo suficiente como para apagar lo que llevo encima. Suspiro, sintiendo el aire entrar y salir de mis pulmones, como si necesitara recordarme que sigo respirando.
Sé lo que tengo que hacer. Sé que debo enfrentar lo que habita en Miranda. Sea lo que sea, es muy probable que sea más fuerte que yo… y también es probable que no quiera dialogar. Aun así, tomo una decisión arriesgada.
No tengo permiso para acceder a ningún tipo de documentación hasta que se realice mi juicio. Faltan semanas para eso. El consejo decidió esperar, alegando que mi salud mental debía “estabilizarse” tras la pérdida de Kaila. Pero no puedo quedarme quieto. Necesito saber si lo que emerge en Mai son solo episodios, momentos aislados que la invaden, o si ya no queda nada de ella.
Si son episodios, entonces hay intervalos. Momentos en los que Miranda vuelve a ser Miranda. Y si eso es cierto… puedo hablar con ella. Pero primero tengo que averiguar qué está pasando realmente.
Termino la copa, dejo un billete sobre la madera y me levanto. Es casi medianoche. A esta hora hay menos custodia y los turnos cambian justo a las doce. Es el momento perfecto.
Me dirijo con naturalidad a las oficinas de registros. Desde fuera parecen insignificantes, casi olvidables, pero sé que ahí dentro se guardan más secretos de los que cualquiera admitiría.
Mi carnet no me servirá para entrar. En el camino intercepto a alguien que claramente va a iniciar su turno. Lo noqueo rápido y lo arrastro fuera de la vista, asegurándome de que nadie lo encuentre ni sospeche de un intruso.
Cuando llego a la puerta principal, hay dos guardias apostados a cada lado. No me dejarán pasar. Así que creo una distracción.
Concentro mi energía y provoco un pequeño incendio a unos metros. Me cuesta más de lo esperado; la magia de fuego no es algo que domine, casi nunca la uso. El esfuerzo me quema por dentro, pero funciona. Los guardias corren a ver qué sucede y aprovecho el instante para entrar.
La entrada está vacía. La recepcionista debe estar ocupada. Bajo por las escaleras sin dudar. Los archivos importantes siempre están bajo tierra.
Al llegar, veo a un hombre sentado frente a una puerta. Parece dormido… pero no lo está. Lo sé porque una vez él mismo me dijo:
—Siempre caen cuando te haces el dormido. Deberías probar esa estrategia.
Solo tengo dos opciones: dejarlo inconsciente o matarlo. Elijo la primera.
Me muevo rápido, silencioso. En cuanto intenta levantarse, lo golpeo con precisión en el cuello. Cae sin hacer ruido.
Abro la cerradura y entro.
Reviso los archivos hasta que encuentro el nombre que me hiela la sangre.
MAI MIRANDA.
Lo tomo de inmediato y comienzo a leer.
MAI MIRANDA
APROBADA PARA: Ejecución con efecto inmediato después del interrogatorio.
FECHA: 15 de septiembre del año 3408 – 15:00 hrs.
MOTIVO: Ejecución de Embas Kaila, administradora de reclusos de máxima seguridad.
COMPORTAMIENTO REPORTADO EN JAULA DE MÁXIMA SEGURIDAD:
Comportamiento errático y poco coherente la mayor parte del tiempo. No emite palabra alguna y pasa la mayor parte del día dormida, sentada en la silla.
Se reportan escasos momentos de lucidez en los que pregunta repetidamente dónde está.
INVESTIGADORES A CARGO:
– Darío Étensel
– Raquel Beylin
– Sondra Zentil
– Richard Burdocy
Sacudo la cabeza, estupefacto. La van a ejecutar. Lo dicen así, sin rodeos, como si fuera un trámite más.
Pero ahí está lo que necesitaba: momentos de lucidez.
Sé cómo reconocerlos.
Ahora mi objetivo es claro: debo pasar la mayor cantidad de tiempo posible con ella. Estar ahí cuando ese momento llegue. No puedo fallar.
Guardo todo exactamente como estaba y salgo. Acomodo al guardia para que parezca que simplemente se quedó dormido. Subo de nuevo hacia la entrada. Esta vez la recepcionista sí está, así que espero. Cuando se va, noto que los guardias ya están cambiando turnos, entrando y saliendo para dejar sus cosas.
Aprovecho el movimiento y salgo sin levantar sospechas.
Regreso donde dejé al hombre inconsciente y le devuelvo su tarjeta de acceso.
Por ahora, lo que tenía que hacer… ya está hecho.




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