La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad.
Valentina caminaba apresurada por la acera, abrazando sus libros contra el pecho.
Había salido tarde de la biblioteca y las calles comenzaban a quedarse vacías.
De repente escuchó una discusión en un callejón cercano.
No debía mirar.
No debía acercarse.
Pero lo hizo.
Y allí lo vio.
Un joven alto vestido completamente de negro observaba a dos hombres que huían aterrados.
Cuando la luz de una farola iluminó su rostro, Valentina quedó inmóvil.
Sus ojos grises parecían hechos de hielo.
El desconocido giró lentamente la cabeza.
Y la vio.
Por unos segundos ninguno de los dos habló.
Entonces él avanzó un paso.
—¿Te gusta mirar problemas ajenos?
La voz grave hizo que Valentina tragara saliva.
—Yo... lo siento.
—Entonces vete.
Ella debería haber corrido.
Pero algo en aquel hombre la obligó a quedarse.
Porque detrás de aquella mirada fría había algo más.
Algo roto.
Algo que parecía pedir ayuda sin decir una sola palabra.
Y sin saberlo, esa noche acababa de comenzar una historia que cambiaría sus vidas para siempre.