Sombras de un mismo corazón

Sombras de un mismo corazón

Axel siempre fue el hijo ejemplar. Su sonrisa era capaz de iluminar a cualquiera y, en su comunidad, lo tenían como un joven de oro. Graduado de la facultad de artes, con un talento admirable para la fotografía, había demostrado que su pasión podía abrirle caminos incluso cuando sus padres, provenientes de una familia respetada, hubieran preferido verlo como abogado o médico. Lo aceptaron al final, porque Axel tenía algo imposible de odiar: un corazón cálido que parecía estar hecho para dar.

Pero Axel escondía un secreto que nadie podía sospechar: dentro de él vivía Ian. Una parte de sí mismo que nació de su dolor, de las cicatrices invisibles que el tiempo no curó. Cuando llegó a Corea siendo adolescente, con un coreano torpe y un acento extraño, se convirtió en blanco de burlas y golpes. Fue en esa etapa, tras una paliza que lo dejó sangrando y llorando en su habitación, que emergió Ian: fuerte, rebelde, rudo y con un aire magnético que contrastaba con la dulzura de Axel. Desde entonces, Ian apareció cada vez que Axel no podía más.

A los 22, Axel había comenzado a notar los estragos de aquel desdoblamiento. Abría la nevera y encontraba latas de cerveza, un sabor que jamás le gustó, pero que Ian adoraba. Hallaba envolturas de comida chatarra, aunque él cuidaba su dieta. Despertaba en lugares donde no recordaba haber estado. No lo decía en voz alta, pero sabía que algo dentro de él estaba tomando demasiado control.

La tragedia terminó de fracturarlo cuando su madre, la única compañía que le quedaba después de perder a su padre años atrás, fue diagnosticada con cáncer de estómago. Axel luchó con todas sus fuerzas: trabajó de más, vendió lo que pudo, tomó encargos interminables de fotografía para costear el tratamiento. Pero al cabo de diez meses de sufrimiento, ella murió, y el mundo de Axel se volvió un vacío insoportable.

La depresión lo consumía, pero Ian no lo permitió. Tomó el control, desplazándolo en un sueño profundo y prolongado. A ojos de la gente, Axel había cambiado: de ser el joven noble y bondadoso, pasó a ser un muchacho rebelde, temerario, con una mirada fría. Los rumores se esparcieron: algunos decían que el dolor lo había transformado, otros aseguraban que siempre había fingido frente a su madre. Nadie conocía la verdad.

Ian disfrutaba de esa nueva libertad. Se volvió el chico malo del vecindario: robaba, fumaba, buscaba peleas y se metía en problemas. Había algo en él que atraía miradas, sobre todo femeninas, pero Ian solo se alimentaba del caos.

Una noche, tambaleante por el alcohol, intentaba abrir la puerta de su casa cuando sintió una mano en su espalda. Se giró bruscamente con el ceño fruncido, y ahí estaba él: Yoon.

La sonrisa de Yoon era cálida, como si no hubieran pasado los años. Lo saludó con entusiasmo, convencido de que frente a él estaba su viejo amigo de la infancia, aquel Axel que alguna vez lo había hecho sentir especial. Pero Ian lo miró con frialdad, con una mirada que no reconocía, y lo peor: no parecía recordarlo.

—¿No… no te acuerdas de mí? —preguntó Yoon, con la voz entrecortada.

Ian lo observó con desdén y no contestó. Giró la llave y entró a la casa sin más.

La confusión golpeó a Yoon como un puñetazo invisible. Él había guardado un rincón en su corazón para Axel, alguien que, en su niñez, lo había hecho sentir visto y acompañado. Verlo ahora así, vacío, desconocido, fue devastador. Se marchó con el alma hecha trizas, mientras Alois, su hermano mayor, lo alcanzaba.

—Te lo dije, Yoon —dijo Alois con dureza—. No esperes nada. Axel cambió. La gente cambia.

Pero Yoon negó con la cabeza, aferrándose a algo que no podía explicar.
—No… no era él. No era la esencia que conocí. Su mirada… era otra.

Alois lo miró con fastidio.
—Estás idealizando al chico que fue. Ya no existe. Acepta la realidad.

Sin embargo, Yoon estaba convencido de que había algo más, algo oscuro que no encajaba con el Axel que recordaba. Y en el fondo, esa intuición no lo dejaría en paz.

Lo que Yoon no sabía era que Axel seguía ahí, atrapado en un sueño profundo mientras Ian manejaba su vida. Y aunque su esencia parecía sepultada, bastaba un solo destello de memoria, un solo encuentro, para intentar abrir grietas en la prisión de sombras donde se hallaba.

Yoon estaba decidido: aunque nadie lo creyera, aunque Alois le dijera que estaba perdiendo el tiempo, él buscaría la forma de reencontrarse con el verdadero Axel.

Porque, a pesar de todo, su corazón aún latía por él.




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