Sombras de un Reino Oculto

Capítulo 1: Sombras y secretos

La voz de mi padre seguía retumbando en mi cabeza, como si las paredes la hubieran absorbido para devolvérmela una y otra vez.

—¿Por qué? ¿Por qué no puedes hacer nada bien, Elara? —tronó, y el eco de su furia aún vibraba en mi mente—. Vas a ser una vergüenza para mí. ¿Tanto te cuesta ser obediente? Harás lo que te diga. Punto.

No era la primera vez. Ni la segunda. Ni sería la última. Tampoco la peor.

Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el borde de la cama, mirando la punta de mi falda como si allí pudiera encontrar una respuesta. El corazón me latía con fuerza, pero la rabia… aquella rabia que antes me quemaba… hacía tiempo que se había transformado en algo distinto, algo que aún no sabía nombrar.

Llamaron a la puerta.

Mi cuerpo se tensó de inmediato, preparado para que él regresara. Para que volviera a repetirme, una y otra vez, que era suya, que mi vida le pertenecía, que todo lo que yo hiciera debía servirle.

Pero cuando la puerta se abrió, no era él.

Era mi madre.

Entró sin pedir permiso y se arrodilló frente a mí con ese cuidado suyo, como si temiera tocar una grieta y romperla del todo.

—Elara… —susurró—. Vamos a arreglar esto juntas.

No respondí. No porque no quisiera, sino porque temía que, si abría la boca, se me escapara algo que ya no podría volver a guardar.

Mi madre tomó mis manos entre las suyas, cálidas y firmes.

—Tu hermano no te va a dejar sola en esto, cariño.

Eryan.

Solo pensar en él me dio un poco de aire. Eryan era lo único impredecible en aquella casa. Y lo impredecible… era lo único que mi padre no podía controlar del todo.

Asentí sin mirarla. El contraste entre mis padres era insoportable.

Mi madre, Selene Morval, era mi refugio. Su voz, su forma de mirarme… eran el único espacio donde podía respirar sin sentirme observada, juzgada, medida. Como si, a pesar de haber crecido entre corrupción y secretos, hubiera decidido aferrarse a la bondad en un mundo que no la merecía.

Mi padre, Roderic Veyron, en cambio, era control. Frío. Precisión. Cada palabra suya era una orden; cada mirada, una advertencia. No veía a su hija. Veía algo que debía moldear… o romper si era necesario.

Mi madre se quedó conmigo unos minutos en silencio, como si su sola presencia bastara para sostenerme. Luego se levantó.

Siempre tenía que marcharse. Y yo me quedé sola otra vez.

En mi habitación. Mi único lugar seguro.

No se parecía en nada al resto de la casa.

Era amplia, con techos altos que hacían que el aire se sintiera más ligero, menos opresivo. Dos grandes ventanales ocupaban casi toda una pared, cubiertos por cortinas de lino en tonos crema que dejaban pasar la luz suavemente, tiñéndolo todo de dorado.

Las paredes, pintadas en un marfil cálido, contrastaban con los grises fríos que dominaban la mansión. Mi madre había insistido en eso: que al menos allí dentro no se sintiera como otra de las habitaciones de mi padre. Frías, calculadas, controladas.

La cama estaba en el centro, con un cabecero tapizado en tela clara y rodeada de cojines en tonos pastel: rosa empolvado, beige, algún azul suave que mi hermano había elegido sin admitirlo. A los pies, una manta gruesa doblada con cuidado, siempre lista para las noches más frías.

A la derecha, junto a la ventana, estaba mi rincón favorito: un pequeño sillón tapizado en tela clara, una mesa redonda de madera y una estantería blanca, no muy alta, llena hasta el borde de libros. Historias que me permitían escapar cuando la casa se volvía insoportable.

A la izquierda, el vestidor abierto: ordenado, luminoso, con prendas en tonos suaves, nada que ver con la rigidez oscura que mi padre imponía en todo lo demás.

Incluso el suelo marcaba la diferencia. Una alfombra gruesa en tonos cálidos cubría gran parte del mármol frío, amortiguando mis pasos, haciendo que el silencio no se sintiera tan vacío.

Era… mío. Y mi padre lo odiaba.

Pero mi madre nunca cedió. Y ahora, mi hermano tampoco.

Me quedé sentada un rato sin moverme, escuchando el silencio, intentando convencerme de que podía aguantar. Que siempre había aguantado.

Entonces algo se deslizó de mi regazo y cayó al suelo con un sonido suave, metálico.

Me sobresalté. Bajé la mirada.

El collar.

No recordaba haberlo puesto allí. Ni haberlo sacado. Pero ahí estaba, como si hubiera estado conmigo todo el tiempo.

El pecho se me apretó.

Al verlo, el recuerdo me golpeó de lleno.

El día anterior.

Por primera vez… le había dicho que no a mi padre. No podía. No quería.

Y él respondió como siempre: encerrándome.

El cuarto de castigo.

No había transición. Era como pasar de un mundo a otro.

La habitación era estrecha, con el techo bajo, como si el espacio mismo quisiera aplastarte. Sin ventanas, solo una rejilla alta por donde apenas entraba aire. Las paredes desnudas, manchadas, desgastadas por el tiempo. El color original era imposible de distinguir: una mezcla sucia entre gris y marrón que absorbía la poca luz que entraba desde el pasillo cuando la puerta se abría.

El suelo de piedra fría, irregular, incómodo incluso al estar de pie.

No había muebles reales. Solo restos: cajas viejas apiladas, una silla coja, y en el centro, una mesa rota, astillada, partida por la mitad, como si hubiera recibido toda la violencia que no podía dirigirse a otra cosa.

El aire olía a cerrado. A abandono. A soledad.

Fue allí, en ese lugar que no estaba hecho para vivir sino para quebrar, donde lo encontré.

El collar.

Pequeño. Fuera de lugar. Como si alguien lo hubiera escondido… o dejado allí esperando.

Lo tomé entre mis manos y, por un instante, sentí un calor extraño recorrerme el pecho. No sabía por qué, pero había algo en ese objeto que me resultaba… familiar. Como si susurrara secretos que no comprendía.

Pensé que era ridículo. Que era solo metal y piedra. Pero al tocarlo, el frío inicial desapareció demasiado rápido.



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En el texto hay: fantacia y misterio, romance épico

Editado: 09.04.2026

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