La voz de mi padre seguía retumbando en mi cabeza, como si las paredes la hubieran absorbido para escupírmela una y otra vez.
—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no puedes hacer nada bien, Elara?! —tronó mi padre, y su voz retumbó en mi mente.—¡Vas a ser una vergüenza para mí! ¿Tanto te cuesta ser una chica obediente? Vas a hacer lo que te diga. Punto.
No era la primera vez. Ni la segunda. Ni la última.
Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el borde de la cama, mirando la punta de mi falda como si ahí hubiera una respuesta. El corazón me latía rápido, pero la rabia… esa rabia que antes me quemaba… hacía tiempo que se había convertido en algo más pesado. Algo a lo que ya me acostumbré.
Llamaron a la puerta.
Me tensé por instinto, preparada para que volviera a entrar él. Para que volviera a repetirme, otra vez, que era suya, que mi vida le pertenecía, que todo lo que yo hiciera tenía que servirle.
Pero cuando la puerta se abrió, apareció ella, mi madre.
Entró sin esperar permiso y se arrodilló frente a mí con ese cuidado suyo, como si temiera tocar una grieta y romperla del todo.
—Elara… —dijo en voz baja—. Vamos a arreglar esto juntas.
No contesté. No porque no quisiera, sino porque tenía miedo de que si abría la boca, se me escapara algo que ya no podría volver a guardar.
Mi madre me tomó las manos, cálidas, firmes.
—Tu hermano no te va a dejar sola en esto, cariño.
Eryan.
Solo pensar en él me dio un poco de aire. Eryan era lo único estable en esa casa. La única razón por la que mi padre no había terminado de convertir todo en oscuridad. Porque Eryan… era suyo, sí, pero no se parecía a él. No del todo.
Asentí sin mirarla. El contraste entre mis padres era insoportable.
Mi madre, Selene Morval, era mi refugio. Su voz, su forma de mirarme… eran el único espacio donde podía respirar sin sentirme observada, juzgada, medida. Como si, a pesar de haber crecido entre corrupción y secretos, hubiera decidido aferrarse a la bondad en un mundo que no la merecía.
En cambio, mi padre, Roderic Veyron, era control. Frío. Precisión. Cada palabra suya era una orden, cada mirada una advertencia. No veía a su hija. Veía algo que debía moldear… o romper si hacia falta.
Mi madre se quedó conmigo unos minutos en silencio, como si su presencia bastara para sostenerme. Luego se levantó.
Siempre tenía que marcharse. Y yo me quedé sola otra vez.
En mi habitación.
Mi único lugar seguro.
No se parecía en nada al resto de la casa.
Era amplio, con techos altos que hacían que el aire se sintiera más ligero, menos opresivo. Dos grandes ventanales ocupaban casi toda una pared, cubiertos por cortinas de lino en tonos crema que dejaban pasar la luz del día suavemente, tiñéndolo todo de dorado.
Las paredes estaban pintadas en un tono marfil cálido, lejos de los grises fríos que dominaban el resto de la mansión. Mi madre había insistido en eso. En que, al menos ahí dentro, no se sintiera como una más de las habitaciones de la mansión.
La cama estaba colocada en el centro, con un cabecero tapizado en tela clara y rodeada de cojines en tonos pastel: rosa empolvado, beige, algún azul suave que mi hermano había elegido sin admitirlo. A los pies, una manta gruesa doblada con cuidado, siempre lista para las noches más frías.
A la derecha, junto a la ventana, estaba mi rincón favorito.
Un pequeño sillón tapizado en tela clara, con una mesa redonda de madera donde solía dejar los libros que estaba leyendo. Detrás, una estantería blanca, no muy alta, llena hasta el borde. Historias que me permitían escapar cuando la casa se volvía insoportable.
A la izquierda, el vestidor abierto: ordenado, luminoso, con prendas en tonos suaves, nada que ver con la rigidez oscura que mi padre imponía en todo lo demás.
Incluso el suelo marcaba la diferencia. Una alfombra gruesa en tonos cálidos cubría gran parte del mármol frío, amortiguando mis pasos, haciendo que el silencio no se sintiera tan vacío.
Era… mío.
Y mi padre lo odiaba.
Pero mi madre nunca cedió.
Y ahora, mi hermano tampoco.
Me quedé sentada un rato sin moverme, escuchando el silencio, intentando convencerme de que podía aguantar. Que siempre había aguantado.
Y entonces algo se deslizó de mi regazo y cayó al suelo con un sonido suave, metálico.
Me sobresalté. Bajé la mirada.
El collar.
No recordaba haberlo puesto ahí. Ni haberlo sacado. Pero ahí estaba, como si hubiera estado conmigo todo el tiempo.
Se me apretó el pecho.
Al verlo, el recuerdo me golpeó de lleno.
El día anterior.
Por primera vez… le había dicho que no a mi padre. No podía. No quería.
Y él respondió como siempre: encerrándome.
El cuarto de castigo era todo lo contrario.
No había transición. Era como pasar de un mundo a otro.
La habitación era estrecha, con el techo más bajo, como si el espacio mismo quisiera aplastarte. No había ventanas, solo una pequeña rejilla alta por donde apenas entraba aire.
Las paredes, desnudas, estaban manchadas y desgastadas por el tiempo. El color original era imposible de distinguir: una mezcla sucia entre gris y marrón que absorbía la poca luz que entraba desde el pasillo cuando la puerta se abría.
El suelo era de piedra fría, irregular, incómodo incluso al estar de pie.
No había muebles reales. Solo restos.
Cajas viejas apiladas en una esquina, cubiertas de polvo. Una silla coja, inútil. Y en el centro, la mesa rota. Astillada, partida por la mitad, como si hubiera recibido toda la violencia que no podía dirigirse a otra cosa.
El aire olía a cerrado. A abandono. A soledad.
Cada sonido rebotaba contra las paredes, haciendo que el silencio fuera aún más pesado cuando todo se detenía.
Fue allí, en ese lugar que no estaba hecho para vivir sino para quebrar, donde lo encontré.
El collar.