Sombras de un Reino Oculto

Capítulo 2: El día que no elegí

No dormí.

Me quedé junto a la ventana hasta que el cielo empezó a clarear, con el collar apretado en la mano, como si soltarlo fuera volver a ser la chica que aceptaba órdenes sin pensar.

El murmullo de la noche aún flotaba dentro de mí.

—“Elara…”

No había nadie. Y aun así, esa voz —ese eco— me había dejado la piel sensible.

Cuando el primer rayo de luz se coló por las cortinas, me aparté de la ventana. La casa seguía en silencio.

Pero era ese tipo de silencio que antecede a una tormenta.

Abrí el cajón inferior de la cómoda y saqué lo que había reunido en los últimos años: algunos billetes escondidos en un sobre, una pequeña cadena con un pendiente de repuesto, una horquilla de metal rígido que podía servir para abrir un pestillo si tenía suerte.

No era mucho. Pero esperaba que me sirviera.

Elegí ropa sencilla: vestido simple y unos zapatos bajos. Algo con lo que pudiera moverme sin llamar la atención. Lo guardé todo en una bolsa.

Después me colgué el collar y lo escondí bajo la camiseta, pegado a la piel. El calor volvió, lento y seguro, como un pulso obediente.

No sé qué eres. Pero no me sueltes.

***

La puerta se abrió con suavidad. Mamá.

No llevaba prisa en los pies… pero sí en la mirada. Y eso me dio miedo.

—Elara… —susurró, y su voz parecía demasiado tranquila para lo que estaba pasando—. Es hora.

Dejó el vestido sobre la cama.

Demasiado hermoso para lo que representaba. La tela caía en capas suaves, ligera, casi etérea. Era un blanco puro, pero no frío, sino ligeramente cálido, como si hubiera sido pensado para parecer inocente. El corsé se ajustaba con delicadeza, bordado con hilos finos que dibujaban patrones florales apenas visibles a simple vista. Las mangas, largas y translúcidas, rozaban la piel como un susurro.

La falda se abría en varias capas de tul, cayendo con una elegancia estudiada, como si cada pliegue hubiera sido colocado con precisión.

Era el vestido de una princesa.

No el de una prisionera.

Mis dedos rozaron la tela suave.

Me obligué a no apartar la mirada, a no retroceder.

—No lo haré —dije.

Selene se quedó inmóvil un segundo, como si el aire se le hubiera quedado atrapado en el pecho. Luego caminó hasta mí y me tomó las manos.

—Escúchame con atención —dijo, y esta vez no sonó a consuelo. Sonó a orden desesperada—. Hoy… no todo dependerá de ti.

Sus mismas palabras. Como una clave.

—¿Qué significa eso? —pregunté, bajando la voz—. Mamá, ¿qué sabes?

Ella abrió la boca… y se detuvo, como si alguien la estuviera escuchando incluso dentro de mi habitación.

—Confía —susurró—. Y no mires atrás.

Sentí un nudo apretándome la garganta.

—Me estás pidiendo que me rompa por dentro y aun así confíe en ti.

Sus ojos brillaron. No lloró. Solo… se sostuvo.

—Te estoy pidiendo que vivas —respondió.

“Vivas”.

La palabra me golpeó con fuerza.

—¿Eryan…? —pregunté—. ¿Sabe?

Mamá apretó mis manos con más fuerza de la necesaria.

—Tu hermano te ama —dijo, como si eso fuera lo único que pudiera permitirse decir en voz alta—. Y va a intentar llegar. Pero hoy… hoy tienes que ser inteligente, Elara.

Mi corazón se aceleró.

¿Intentar llegar?

No contestó a la pregunta, pero me dio la respuesta igual: Eryan estaba lejos. Y mi padre lo había calculado.

Me aparté despacio.

—Si me pongo ese vestido, estoy muerta.

Ella dio un paso hacia mí.

—Si no te lo pones, tu padre lo hará peor —susurró—. No le des una excusa para encerrarte antes.

Ese “antes” me atravesó.

Antes de qué.

Antes de que pase algo.

Antes de que llegue alguien.

El collar se calentó bajo mi ropa como si reconociera el peligro.

Apreté la mandíbula y tomé el vestido. No porque me rindiera. Sino porque, si quería escapar, necesitaba llegar al lugar del caos. Necesitaba estar allí. En medio de la gente. En medio de los ojos. En medio de los huecos que se abren cuando nadie mira a nadie de verdad.

Me vestí.

Cada capa de tela era una mentira. Cada cierre, un candado.

Cuando mi madre terminó de arreglarme el cabello, vi sus manos temblar por primera vez. Y eso me dio otra certeza: mi madre no era parte de esto por elección.

Era parte por necesidad.

—Elara —dijo, inclinándose hacia mí, tan cerca que pude sentir su respiración—. Pase lo que pase… si tienes una oportunidad… tómala.

Asentí. Esta vez sí la miré.

—La tomaré.

Ella me sostuvo la mirada un segundo más, como si quisiera grabarme en su memoria. Luego se apartó.

***

La casa se había convertido en un escenario.

Bajé las escaleras con la espalda recta. No porque fuera valiente. Sino porque si me doblaba, no me enderezaría nunca más.

El salón estaba irreconocible.

Donde antes había frialdad, ahora había una falsa elegancia que intentaba disfrazar lo que realmente era aquel lugar.

Las paredes de mármol gris estaban adornadas con arreglos florales en tonos blancos y dorados, colocados con una simetría casi perfecta. Rosas, lirios… demasiado perfectos, demasiado calculados. No había nada natural en ellos.

Candelabros de cristal colgaban del techo, proyectando destellos cálidos que suavizaban las sombras, creando una ilusión de calma. Pero el aire seguía siendo el mismo. Pesado, denso.

Las mesas estaban cubiertas con manteles impecables, copas alineadas, todo ordenado como si aquello fuera una celebración real. Pero no lo era. Era un escenario. Y todos lo sabían.

La gente hablaba en voz baja, formando pequeños grupos. Hombres con trajes oscuros, mujeres vestidas con elegancia contenida, observando más de lo que hablaban.

Cuando entré… el murmullo no desapareció. Solo cambió. Se volvió más bajo. Más afilado.

Las miradas se clavaron en mí sin disimulo. Algunas rápidas, otras sostenidas más de lo necesario. No había calidez en ellas. Solo curiosidad. Juicio.



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En el texto hay: fantacia y misterio, romance épico

Editado: 09.04.2026

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