Sombras de un Reino Oculto

Capítulo 2: El día que no elegí

No dormí.

Podría decir que lo intenté, que cerré los ojos y busqué consuelo en la oscuridad… pero sería mentira. Cada vez que lo hacía, veía el rostro de Malrick Dorn, un hombre que apenas conocía y que, aun así, ya sentía como una prisión.

El amanecer llegó demasiado rápido.

La puerta se abrió con suavidad.

Selene.

—Elara… —su voz era tranquila, pero su mirada no lo era. Había algo detrás, algo que no lograba entender—. Es hora.

No respondí. Solo asentí.

Me dejó el vestido sobre la cama. Demasiado hermoso para lo que representaba. La tela caía en capas suaves, ligera, casi etérea. Era un blanco puro, pero no frío, sino ligeramente cálido, como si hubiera sido pensado para parecer inocente. El corsé se ajustaba con delicadeza, bordado con hilos finos que dibujaban patrones florales apenas visibles a simple vista. Las mangas, largas y translúcidas, rozaban la piel como un susurro.

La falda se abría en varias capas de tul, cayendo con una elegancia estudiada, como si cada pliegue hubiera sido colocado con precisión.

Era el vestido de una princesa.

No el de una prisionera.

Mis dedos rozaron la tela suave.

—Escúchame con atención —dijo al final, acercándose más de lo habitual.

Levanté la mirada, sorprendida por la firmeza en su tono.

—Hoy… no todo dependerá de ti. —continuó, acomodando un mechón de mi cabello detrás de la oreja

Fruncí el ceño ante sus palabras.

— No entiendo. ¿A qué te refieres?

—Solo… confía —susurró—. Y no mires atrás.

Mi corazón se tensó.

—No tengo elección —dije en voz baja.

Selene sostuvo mi mirada. Esta vez no había duda en sus ojos.

—Sí la tienes —replicó, mirándome fijamente—. Solo que aún no lo sabes.

Sus palabras me dejaron inquieta. Pero antes de que pudiera insistir, se apartó, como si ya hubiera dicho demasiado.

—Hay decisiones que ya se han tomado… —murmuró—. Y algunas no son las que tu padre cree controlar.

No entendí sus palabras en ese momento.

Pero algo en su tono hizo que, por primera vez, una pequeña chispa de incertidumbre se mezclara con mi resignación.

***

La casa estaba irreconocible.

Donde antes había frialdad, ahora había una falsa elegancia que intentaba disfrazar lo que realmente era aquel lugar.

Las paredes de mármol gris estaban adornadas con arreglos florales en tonos blancos y dorados, colocados con una simetría casi perfecta. Rosas, lirios… demasiado perfectos, demasiado calculados. No había nada natural en ellos.

Candelabros de cristal colgaban del techo, proyectando destellos cálidos que suavizaban las sombras, creando una ilusión de calma. Pero el aire seguía siendo el mismo. Pesado, denso.

Las mesas estaban cubiertas con manteles impecables, copas alineadas, todo ordenado como si aquello fuera una celebración real. Pero no lo era. Era un escenario. Y todos lo sabían.

La gente hablaba en voz baja, formando pequeños grupos. Hombres con trajes oscuros, mujeres vestidas con elegancia contenida, observando más de lo que hablaban.

Cuando entré… El murmullo no desapareció. Solo cambió. Se volvió más bajo. Más afilado.

Las miradas se clavaron en mí sin disimulo. Algunas rápidas, otras sostenidas más de lo necesario. No había calidez en ellas. Solo curiosidad. Juicio.

—Es muy joven…
—Dicen que no ha tenido elección…
—Roderic siempre consigue lo que quiere…
—Malrick no pierde el tiempo…

Las palabras no eran claras, pero lo suficiente para entenderlas. Hablaban sobre mí, Ccomo si no estuviera ahí. Como si ya no importara.

Apreté los dedos ligeramente contra la tela del vestido y seguí caminando sin detenerme y sin mirar atrás.

Esto era una boda, era un acuerdo, un intercambio.

Mi padre estaba al fondo de la sala, hablando con él.

Malrick Dorn.

Era incluso peor de lo que había imaginado.

Alto, imponente, con una presencia que hacía que todos a su alrededor parecieran insignificantes. Su presencia no era solo física, era… dominante. Como si el espacio a su alrededor le perteneciera por derecho.

Sus ojos... eran fríos. No en el sentido común, no era distancia. Era cálculo. Como si cada persona en la sala fuera un número, una utilidad… o un problema.

Llevaba un traje negro impecable, ajustado a la perfección, sin un solo pliegue fuera de lugar. No necesitaba ostentar. Su autoridad no estaba en lo que llevaba… sino en cómo todos reaccionaban a su presencia.

Nadie se acercaba demasiado. Nadie hablaba más alto de lo necesario.

Cuando su mirada se posó en mí… sentí cómo algo dentro de mí se encogía. Lo entendí entonces.

No había interés.

No había emoción.

Solo posesión.

—Así que esta es la chica —dijo, recorriéndome con la mirada sin el menor intento de disimulo—. Servirá.

No preguntó, no evaluó, solo decidió. Apreté los dientes. No dije nada.

Mi padre, en cambio, sonrió. Como si acabara de cerrar el mejor trato de su vida.

***

Todo ocurrió demasiado rápido.

Las palabras del oficiante era un murmullo lejano. El murmullo de los presentes, el peso del vestido, el latido de mi corazón… todo se mezclaba en un ruido insoportable. Apenas podía concentrarme.

Mi corazón latía con fuerza. Pero no por miedo. Había algo más. Algo que no encajaba. Las palabras de Selene…

No dudes.

—¿Aceptas este matrimonio—?

—No.

La palabra cortó el aire.

No fui yo.

El murmullo murió de golpe. El silencio que siguió no fue vacío, fue violento. Las cabezas giraron. Las miradas cambiaron. La tensión se volvió casi tangible..

Y entonces lo vi de pie en la entrada.

La puerta abierta detrás de él dejaba pasar la luz del exterior, recortando su silueta contra el fondo, como si no perteneciera del todo a ese lugar. Durante un segundo, nadie se movió. Nadie habló.

Fue como si la sala entera… se hubiera detenido.




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