No sabía quién era.
Esa era la única verdad clara en medio de todo el caos. Ya no estaba en la casa de mi padre, ni en aquella sala llena de miradas acusadoras y susurros que me hacían sentir diminuta. Ahora todo era distinto. Sin embargo, no podía decir que me sintiera segura.
Después de su aparición, todo se volvió ruido: voces superpuestas, pasos apresurados y órdenes que no lograba comprender. En algún momento, alguien me tomó del brazo. No con brusquedad, pero sí con firmeza.
Era él. No dijo nada. No hizo falta.
Atravesamos la casa en silencio. Pasillos largos y estrechos, decorados con la elegancia fría que siempre había caracterizado los espacios de los Veyron, pero cargados ahora de una tensión que parecía rozar la piel. Nadie nos detuvo. Nadie preguntó.
Salimos por una entrada lateral. El aire exterior me golpeó con fuerza. Más frío y real que cualquier cosa que hubiera sentido en toda la mañana. Era como respirar por primera vez en horas.
Un coche oscuro nos esperaba. Subí sin pensar. No porque confiara, sino porque quedarme allí ya no era una opción.
El trayecto fue silencioso.
La ciudad se extendía al otro lado de la ventanilla: luces encendidas, gente caminando, coches que pasaban sin saber que mi vida acababa de cambiar en cuestión de minutos. Todo parecía lejano, como si estuviera viendo otra realidad desde fuera.
Ninguno de los dos habló.
Y, extrañamente, ese silencio no era incómodo. Era denso, contenido, como si las palabras fueran demasiado pequeñas para lo que acababa de ocurrir y lo que iba a suceder después.
***
El coche se detuvo frente a un edificio alto y moderno, completamente distinto a cualquier lugar que hubiera conocido.
No era ostentoso ni llamativo, pero emanaba seguridad y control. No había lujo exagerado ni detalles innecesarios.
Entramos por el vestíbulo sin cruzarnos con nadie. Todo estaba iluminado con una luz cálida, minimalista y precisa. Las líneas limpias y las superficies pulidas creaban un espacio donde nada sobraba. Todo era… funcional.
Subimos en silencio. El ascensor me devolvía mi reflejo: vestido blanco, peinado perfecto. Me sentí atrapada otra vez por la imagen de una ceremonia que no había elegido.
Las puertas se abrieron y entramos a un salón amplio, conectado con la cocina. Los tonos neutros predominaban: gris suave, madera oscura, detalles en negros. Cada objeto parecía medido, como si hubiera sido colocado con un propósito claro.
En el centro del salón, un sofá amplio frente a una mesa baja de cristal ocupaba el espacio principal, mientras que una estantería con pocos objetos perfectamente alineados completaba la escena. La luz entraba por ventanales que ocupaban casi toda una pared, dejando que los últimos rayos del sol tiñeran la estancia de tonos dorados y sombras alargadas. Era tranquilo. Demasiado tranquilo para lo que acababa de suceder.
Me quedé de pie unos segundos, sin moverme, sin saber que hacer.
—Puedes cambiarte si quieres —dijo él, señalando un pasillo—. Hay ropa en la habitación del fondo.
Asentí. Necesitaba desprenderme del vestido blanco, del peinado que parecía haber sido hecho para encadenarme.
La habitación era simple. Una cama amplia con sábanas blancas y colcha en tonos oscuros, una cómoda, un armario empotrado y una lámpara cálida sobre la mesilla completaban el espacio. Todo era funcional, sin adornos ni exceso.
Abrí el armario. Elegí un vestido ligero, de tela suave y caída natural, en un tono claro. Me deshice del vestido de novia y sentí un alivio inmediato. La tela pesada que había sostenido cada ceremonia, cada mirada, cada decisión de otros, se deslizó por mi piel y se posó sobre la cama. No era solo ropa. Era una carga que desaparecía.
Pero el peinado... fue otra historia. Las horquillas parecían infinitas.
Cada vez que creía haber quitado la última, encontraba otra más, clavada, sujetando mechones que ya no querían mantenerse en su sitio. Tiraban. Enganchaban. Dolían.
Solté un suspiro, frustrada, mientras intentaba deshacer lo que habían construido con tanta precisión.
Ese peinado perfecto… También era una prisión.
Cuando por fin lo solté, el cabello cayó libremente sobre mis hombros. Desordenado. Natural. Mío.
Me miré en el espejo. Ya no parecía la misma.
Y quizá… no lo era.
Volví al salón. Él estaba sentado, relajado. Presencia firme, serena. Como si nada hubiera cambiado. Estudiaba cada gesto mío, despertando algo que no sentía hace años: curiosidad, desafío, un hilo de confianza incipiente.
Y fue entonces cuando empezó todo a repetirse otra vez en mi cabeza.
No sabía su nombre.
No sabía por qué había hecho aquello.
No sabía por qué mi madre había permitido que me fuera con un desconocido. ¿Qué había tras ese matrimonio qué la hizo tomar esta decisión?
Cerré los ojos un segundo.
No dudes.
Las palabras de Selene seguían resonando en mi cabeza.
Nada de esto había sido casual, ella había tenido que ver y ella nunca me lastimaría... ¿verdad?
—Si vas a seguir mirándome así, al menos dime si estoy en peligro —dijo él de pronto.
Levanté la mirada. Me senté frente a él, sin moverme demasiado. El aire estaba cargado, pesado. Mis manos temblaban ligeramente, aunque no quería admitirlo.
—Aún lo estoy evaluando.
Una sonrisa ladeada apareció en su rostro. Me sorprendió mi propia respuesta, tan firme… como si realmente pudiera acabar con ese hombre de casi dos metros y puro músculo, con mi metro setenta y mi figura delgada.
—Interesante. Normalmente la gente tarda más en querer matarme.
—No eres tan especial.
Me sorprendía la calma con la que hablaba, y al mismo tiempo, algo en él despertaba una parte de mí que había mantenido oculta durante demasiado tiempo. Que, aparte de mi hermano, nadie conocía.
—Acabas de casarte conmigo. Diría que eso me da ciertos puntos.