Sombras de un Reino Oculto

Capítulo 4: No estoy a salvo

La cocina era abierta, integrada en el salón, con líneas limpias y superficies oscuras que reflejaban la luz cálida del techo. Todo estaba en su sitio, demasiado ordenado para alguien que vivía en medio del caos.

El contraste me descolocaba.

Todo parecía diseñado para alguien que no dejaba espacio al error.

Y ahí estaba él cocinando.

Las mangas de la camisa ligeramente remangadas, movimientos seguros, sin prisas. Como si aquello fuera lo más normal del mundo. Como si no hubiera irrumpido en mi vida unas horas antes… como si no acabáramos de casarnos.

El sonido del cuchillo contra la tabla marcaba un ritmo constante.

Preciso. Controlado. Hipnótico.

No sabía exactamente qué estaba preparando, pero olía… bien. Demasiado bien.

Me senté frente a la isla de la cocina sin decir nada. Observándolo sin darme cuenta de cuánto tiempo pasé allí. La forma en que se movía, precisa, sin esfuerzo. La concentración tranquila, como si todo lo demás no existiera. La seguridad. Hacia que pareciera demasiado… fácil.

—Si sigues mirándome así, la comida se va a quemar —dijo de pronto, sin girarse.

Parpadeé, saliendo de golpe de mis pensamientos..

—No te estaba mirando.

Una leve risa escapó de él. No me creyó.

—Claro —murmuró, divertido.

Apreté los labios, molesta… y un poco avergonzada.

—Deberías concentrarte en lo que haces.

—Lo estoy —respondió, girándose por fin hacia mí—. Multitarea.

Dejó el plato frente a mí.

El aroma de la comida flotaba en el aire. Había preparado algo sencillo, pero cuidado: carne sellada, verduras salteadas y una salsa suave que no reconocí, pero que olía demasiado bien como para cuestionarla. Era perfecto.

No parecía el tipo de hombre que cocinaba.

Y, sin embargo…

Ahí estaba.

—Te vas a quedar mirándome toda la noche o vas a comer —dijo divertido.

Apreté los labios y aparté la mirada, concentrándome en el plato delante de mí como si fuera lo más interesante del mundo.

No lo era. Pero necesitaba dejar de mirarlo.

Probé un bocado. Y odié admitirlo, pero…

—Está bueno.

—Lo sé.

Rodé los ojos.

Silencio.Pero esta vez no era incómodo. Era… extraño. Demasiado normal para todo lo que había pasado.

***

La cena pasó más tranquila de lo que esperaba. O más tensa. Dependía de cómo se mirara.

No hablamos demasiado. No hacía falta. Había algo en el silencio que no era incómodo, pero tampoco relajado. Como si ambos estuviéramos midiendo cada movimiento.

Después, él recogió los platos sin decir nada. Me ofrecí a ayudar. Pero, él insistió en que se las apañaba solo. Y tampoco es que yo supiera como se hace, en casa siempre lo hizo todo Nana.

Así que me levanté sin decir nada más y caminé hacia el ventanal.

La ciudad se extendía ante mí, iluminada, viva, ajena a todo lo que acababa de pasar. Desde ahí arriba, todo parecía… normal.

Apoyé las manos en el frío cristal. Por un segundo, quise creer que podía serlo.

Intenté ordenar mis pensamientos, pero todo volvía al mismo punto.

La boda. Su aparición. Mi hermano y mi madre. Sentía que me faltaba algunas piezas para que todo esto encajará. Pero, él se negaba a dármelas.

Detrás de mí, el sonido del agua corriendo y los platos. Como si no hubiera peligro. Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera irrumpido en mi vida y la hubiera destructurado en cuestión de minutos. Como si no me hubiera casado con un desconocido.

Fruncí el ceño. Nada de esto era normal. Nada.

Entonces lo escuché.

Un golpe seco. Me tensé. El agua dejó de sonar.

Otro. Más fuerte.

El sonido no venía de dentro.

Venía de fuera.

—Dime que eso no es lo que creo que es —murmuré, sin apartar la mirada del cristal.

Silencio.

Y entonces su presencia a mi lado. Cerca. Demasiado cerca. Ya no parecía el mismo.

Nada de calma relajada.
Nada de sonrisas.

Solo tensión.

—Depende —dijo, con voz baja—. ¿Qué crees que es?

Giré apenas la cabeza.

—Gente viniendo a matarnos.

—Entonces sí.

Lo miré, incrédula.

—¿Puedes dejar de tratar esto como un juego?

Su expresión cambió. Ahí estaba. Por primera vez… peligro real. No estaba de broma. Venían a por nosotros.

—No es un juego —dijo—. Por eso sigues viva.

Otro golpe. Más fuerte. Más cerca.

—Aléjate del ventanal —dijo, bajo.

—¿Qué está pasando?

—Muévete. Ven conmigo.

—No me des órdenes.

Sus ojos se clavaron en los míos. Fríos. e3Ni siquiera lo pensé. La respuesta salió sola. Su mirada se endureció.

—Entonces quédate —replicó—. Y apáñatelas sola.

Apreté los dientes.

—Eres increíble. No sabes hacer otra cosa que mandar, ¿verdad?

—Y tú muy lenta para elegir —respondió sin mirarme — y no, no cuando alguien decide discutir en el peor momento posible.

—Genial. Me casé con un psicópata.

—No —corrigió, con una leve sonrisa—. Los psicópatas no suelen salvar a la gente.

—Eso está por verse.

—Tienes razón —añadió—. Aún estamos a tiempo de arruinarlo.

Rodé los ojos, frustrada.

No sabía si golpearlo o…

No. No iba a terminar esa idea.

Otro golpe. Esta vez en la puerta.

Más violento. Y entonces... Un disparo.

Esta vez, la madera crujió. Ya no había tiempo.

Y aun así… No me moví.

La puerta cedió con un estruendo seco.

Tres hombres entraron.

Ropa oscura. Movimientos precisos. Miradas frías. No necesitaba que nadie me lo explicara. Sabía lo que eran.

Uno con una cicatriz cruzándole la ceja.
Otro con los nudillos marcados, como si golpear fuera su lenguaje.
El tercero… el más tranquilo. El más peligroso.

El primero avanzó un paso, evaluando la habitación. El segundo cerró la puerta tras de sí como si el lugar ya les perteneciera. El tercero me miró directamente.

Y sonrió.




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