La cocina del apartamento tenía un aire cálido semejante al del resto del lugar. Era amplia, con encimeras de mármol gris que reflejaban la luz suave de las lámparas bajo los armarios. Los muebles, de madera oscura, estaban impecablemente ordenados, como si cada cosa tuviera un lugar exacto y nadie se atreviera a moverla.
Pero él sí lo hacía. Y lo hacía con una naturalidad que me desconcertaba.
Kael se movía por la cocina con una precisión casi silenciosa. Abría cajones sin mirar, encontraba utensilios sin dudar, cortaba y mezclaba con una fluidez que no esperaba de alguien como él. No había torpeza, ni ruido innecesario. Solo eficiencia. Control.
Y yo… me quedé mirándolo.
No lo planeé. Ni siquiera me di cuenta hasta que él habló sin girarse.
—Si sigues observándome así, voy a pensar que te gusto.
Me atraganté con mi propia saliva.
—No te estaba mirando —mentí, demasiado rápido.
Él sonrió de lado mientras removía algo en la sartén.
—Claro.
Me crucé de brazos, intentando recuperar la dignidad que acababa de perder.
—Solo estaba viendo qué hacías.
—Cocinar —respondió, con esa calma exasperante—. No es tan fascinante.
Lo era. O quizá era él.
Me odié un poco por pensarlo.
—¿Qué estás preparando? —pregunté, acercándome un poco.
—Pasta fresca con salsa de tomate y albahaca —respondió—. Y pan tostado con ajo.
Parpadeé.
—¿Sabes cocinar?
—Sé hacer muchas cosas.
La forma en que lo dijo me provocó un escalofrío. No por miedo. Por otra cosa que no quería analizar.
—¿Y por qué… esto? —pregunté, señalando la sartén.
—Porque es sencillo, rápido y no te caerá pesado. Has tenido un día largo.
Me quedé quieta.
No sabía si me molestaba que lo supiera… o que tuviera razón.
La cena estaba deliciosa. No quería admitirlo, pero lo estaba.
La pasta tenía un sabor suave, casero, reconfortante. El pan tostado estaba crujiente, con el punto justo de ajo. Y aunque no tenía hambre, terminé comiendo más de lo que esperaba.
Kael no dijo nada mientras comíamos. Solo me observaba de vez en cuando, como si estuviera evaluando cada reacción. No de forma invasiva… sino como si necesitara asegurarse de que estaba bien.
Cuando terminé, él se levantó sin decir palabra y empezó a recoger los platos.
—Puedo ayudarte —dije, levantándome también.
—No —respondió, sin brusquedad—. Siéntate. Descansa.
—No necesito descansar.
—Lo sé —dijo, llevándose los platos al fregadero—. Pero igual siéntate.
Rodé los ojos, pero obedecí. No porque él lo dijera. Sino porque mi cuerpo estaba más agotado de lo que quería admitir.
Mientras él lavaba los platos, me levanté y caminé hacia el ventanal del salón. La ciudad se extendía ante mí, un mar de luces que parpadeaban como estrellas caídas. Me apoyé en el cristal frío y dejé que mi mente se desordenara.
El librito rojo.
Ese maldito librito.
Kael había insistido en él. Había mencionado que lo moví. Que lo toqué.
Pero no era cierto. Yo no había visto ningún librito rojo.
Lo que había visto era la carpeta. La carpeta escondida. La carpeta que no debía estar allí.
Y su nombre: Kael Viremont.
Pero, no vi ningún librito rojo y peor no sabía que contenía. Y eso me ponía en desventaja. Porque él pensaba que tenía una información que en realidad desconocía.
Entonces escuché un ruido extraño.
Un golpe seco. Luego otro. Más fuerte.
Me giré hacia la puerta principal, de donde provenía el sonido. Estaba pasando algo en el exterior.
De repente, el agua en la cocina dejó de sonar. Apareció, Kael en mi campo de visión. Alerta.
Otro golpe. Esta vez, más violento. Como si alguien estuviera embistiendo la puerta.
—Quédate atrás —ordenó Kael, su voz baja, firme.
No tuve tiempo de responder.
La puerta del apartamento se vino abajo con un estruendo que hizo vibrar las paredes.
Tres hombres irrumpieron en el salón.
Y supe, antes de que hablaran, que venían por mí.
Los tres hombres avanzaron unos pasos dentro del apartamento, formando un semicírculo que bloqueaba cualquier salida. El aire se volvió denso, cargado de amenaza.
El primero, el de la cicatriz, era un gigante de casi dos metros, con los músculos tensos bajo la chaqueta negra. Sus ojos pequeños y fríos se clavaron en mí como si ya me hubiera marcado como propiedad.
El segundo, el de la pistola, tenía una expresión vacía, casi muerta. Sus dedos largos sostenían el arma con una seguridad que solo se obtiene después de usarla demasiadas veces.
El tercero… El tercero fue el que sonrió.
Tenía tatuajes que le subían por el cuello como serpientes negras. Y aunque no llevaba arma visible, su postura era la de alguien acostumbrado a la violencia.
—Ahí está —dijo el de la cicatriz, señalándome—. La niña.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, retrocediendo un paso.
Kael se movió al instante, colocándose entre ellos y yo. Su postura cambió por completo: ya no era el hombre tranquilo que cocinaba pasta hacía unos minutos. Ahora era… otra cosa. Algo más peligroso. Más letal.
—No van a tocarla —dijo, su voz baja, firme.
El de la pistola soltó una carcajada seca.
—No venimos por ti, grandote. Venimos por ella.
—Pues se van a ir con las manos vacías —respondió Kael.
El tatuado dio un paso adelante, sonriendo.
—No queremos problemas —dijo, aunque su sonrisa decía lo contrario—. Solo a la chica.
—No la van a tocar —repitió Kael.
El hombre tatuado se lanzó hacia él sin aviso.
No llevaba arma. No intentó apuñalarlo. Solo quería golpearlo, derribarlo, abrirles paso a los otros dos.
Pero fue un error.
Kael se movió tan rápido que mis ojos apenas pudieron seguirlo. Esquivó el primer golpe inclinándose hacia un lado, atrapó el antebrazo del hombre en el aire y lo giró con una fuerza brutal. El atacante perdió el equilibrio y cayó contra la encimera.