Sombras de un Reino Oculto

Capítulo 5: Eryan

La oscuridad me envolvía como un mar espeso, pesado, imposible de respirar. No sabía dónde estaba, pero lo sentía…

Una voz susurraba mi nombre desde algún punto que no podía ver. No era una voz humana. Era más antigua, más profunda, como si viniera desde el fondo de un pozo sin fin. Me llamaba. Me reclamaba. Me arrastraba.

Intenté correr, pero mis pies no respondían. El suelo se abría bajo mí como si quisiera tragarme. Y entonces la vi: una sombra enorme, alargada, con brazos que parecían raíces negras extendiéndose hacia mí. Me alcanzó el tobillo. Tiró de mí. Me hundía.

—¡No! —grité, pero mi voz no sonó como la mía.

La oscuridad me envolvió por completo.

Me incorporé de golpe, jadeando, con el corazón golpeando contra mis costillas como si quisiera escapar. Tardé unos segundos en entender que ya no estaba en la pesadilla… pero tampoco estaba en mi habitación.

El techo era distinto. Las paredes también. El olor. La cama.

Todo.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Y entonces, como un golpe seco, los recuerdos del día anterior regresaron a mí como un flash: La ceremonia. El señor Malrick. Su aparición. La iglesia. El ataque…

Ahí se puso a detallar mi mente: La puerta derribada. Los hombres. La navaja. El nombre. Darian Kross.

Mi supuesto esposo.

Me llevé una mano a la frente, intentando ordenar mis pensamientos. No funcionó. Así que me obligué a levantarme. Necesitaba moverme, respirar, hacer algo que me anclara a la realidad.

Entré al baño y abrí la ducha. El agua caliente cayó sobre mi piel como un alivio inmediato, llevándose parte del temblor que aún me recorría. Cerré los ojos y dejé que el vapor llenara el espacio, intentando borrar la sensación de esas manos oscuras tirando de mí en la pesadilla.

Cuando salí, me sentía un poco más entera. No bien, pero al menos funcional.

Me vestí con ropa cómoda y salí hacia la cocina. Por primera vez en mucho tiempo, podía prepararme mi desayuno favorito sin que nadie me mirara mal. Sin comentarios sobre calorías. Sin críticas. Sin prohibiciones.

Mi padre siempre decía que ese desayuno “no era apropiado”. Que “no era para una chica como yo”. Que “engordaba”.

Solo podía comerlo cuando mi madre me lo preparaba a escondidas, como si fuera un delito.

Pero ahora… Ahora podía hacerlo sin pedir permiso.

Saqué los ingredientes con una especie de emoción infantil que no esperaba sentir. El simple acto de preparar algo para mí, algo que me gustaba, se sentía casi revolucionario.

Estaba batiendo la mezcla cuando escuché pasos detrás de mí.

Me giré.

Y ahí estaba él.

Recién salido del gimnasio, con la camiseta pegada al torso, el cabello húmedo de sudor y la respiración aún acelerada. Se veía… Demasiado bien para alguien que me tenía la vida patas arriba.

—Buenos días —dijo, con esa voz grave que parecía hecha para romper silencios.

Intenté no mirarlo demasiado. Intenté no notar cómo se marcaban sus brazos. Intenté no recordar que técnicamente era mi esposo.

Fallé en todo.

Él sonrió, como si hubiera leído cada pensamiento que intentaba esconder.

—¿Desayuno especial? —preguntó, acercándose un poco más de lo necesario.

—Es mi favorito —respondí, dándole la espalda para concentrarme en la sartén.

—Interesante —murmuró, y su tono tenía ese matiz juguetón que ya empezaba a reconocer—. Me gusta cuando te consientes.

No respondí. No quería darle más terreno.

Él soltó una risa suave y se apartó.

—Voy a darme una ducha. No tardo.

Lo vi desaparecer por el pasillo, y solo cuando ya no estuvo, pude soltar el aire que había estado conteniendo.

Mi mañana apenas empezaba… y ya estaba agotada.

Terminé de preparar mi desayuno justo cuando escuché el sonido del ascensor deteniéndose en el pasillo. No esperaba visitas, así que me tensé de inmediato. Pero cuando la puerta del apartamento se abrió, no fue otro desconocido armado quien entró.

Fue Eryan.

Mi hermano.

Su presencia llenó la habitación de una energía distinta, más familiar… pero no necesariamente más tranquila. Llevaba el ceño fruncido, como si hubiera pasado la noche sin dormir, y sus ojos recorrieron el lugar con rapidez, evaluando cada rincón, cada sombra.

—¿Estás bien? —preguntó sin siquiera saludar, con la respiración tensa.

—Estoy… —busqué una palabra que no fuera mentira—. Estoy aquí.

Él asintió, como si esa respuesta fuera suficiente por ahora. No lo era para mí.

Darian salió del pasillo justo en ese momento, ya duchado, con el cabello húmedo y una camiseta limpia que no hacía nada por ocultar lo que había debajo. Su mirada se cruzó con la de Eryan, y por un instante, el aire pareció tensarse entre ellos.

—Llegas temprano —dijo Darian, con una calma demasiado calculada.

—No vine por ti —respondió Eryan, sin apartar la vista de mí.

Genial. Justo lo que necesitaba: dos hombres midiendo territorio como si yo fuera parte del mobiliario.

Nos sentamos en la sala. Yo en el sofá, Eryan en el sillón frente a mí, y Darian apoyado en la pared, observando con los brazos cruzados.

La tensión entre los tres era tan densa que casi podía tocarse.

—Quiero saber qué pasó ayer —dije, rompiendo el silencio.

Eryan asintió, pero su expresión ya me avisaba que no iba a gustarme su respuesta.

—Lo que pasó fue un ataque dirigido. No iban por Darian. Iban por ti.

—Eso ya lo sé —respondí, intentando no sonar sarcástica—. Quiero saber por qué.

Eryan intercambió una mirada rápida con Darian. Una de esas miradas silenciosas que dicen demasiado.

—No podemos darte todos los detalles —dijo finalmente.

—¿Por qué no? —pregunté, sintiendo un pinchazo de frustración en el pecho.

—Porque no es seguro —respondió él, como si eso lo explicara todo.

—¿No es seguro para quién? —insistí—. ¿Para mí? ¿O para ustedes?



#727 en Thriller
#336 en Misterio
#1475 en Fantasía

En el texto hay: fantacia y misterio, romance épico

Editado: 09.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.