Sombras de un Reino Oculto

Capítulo 6: Lo que no dije

Darian

El despacho estaba en silencio, iluminado solo por la luz tenue que entraba por los ventanales. La madera oscura de las estanterías, el olor a cuero del sillón y el brillo metálico del reloj antiguo sobre la pared le daban al lugar un aire sobrio, casi intimidante. Era un espacio diseñado para pensar. Para planear. Para controlar.

Y aun así, por primera vez en mucho tiempo, yo no tenía el control de nada.

Extendí los documentos sobre el escritorio: informes de la empresa, balances, contratos pendientes. Todo lo que debería estar ocupando mi mente. Pero no podía concentrarme.

Los últimos días habían sido un torbellino que no había visto venir.

Me recosté en el sillón, cerré los ojos un instante y dejé que los recuerdos se ordenaran solos.

Primero, la decisión repentina de Roderic. Enviar a su hijo —a Eryan— a una misión al otro lado del mundo, sin explicación, sin aviso, sin lógica. Un movimiento extraño. Demasiado arriesgado. Demasiado conveniente.

Debí haberlo visto. Debí haber entendido que algo se estaba moviendo dentro de la organización. Algo que no querían que Eryan viera. Pero, estaba distraído con los propios problemas de mi familia.

Luego vino la llamada.

La llamada que lo cambió todo.

Selene.

Su voz temblaba, rota, desesperada. Nunca la había escuchado así.

“Por favor… sálvala. Sálvala antes de que sea tarde.”

Tres horas antes de la boda. Tres horas. No tuve tiempo de planear nada, de preparar una estrategia, de asegurar rutas de escape. Nada.

Solo tenía su súplica. Y el miedo en su voz.

Mi abuela, Helena Viremont, fue quien dio la única solución posible. Una solución que yo rechacé al instante.

“Cásate con ella.”

Recuerdo haberme levantado del sillón, indignado. No por Elara. Sino por lo absurdo del plan.

Pero Helena no hablaba por hablar. Ella nunca lo hacía.

“Es la única forma de sacarla de allí sin que puedan reclamarla. Si te casas con ella, pasa a ser tuya. Y nadie podrá tocarla.”

La palabra “tuya” me había molestado. Pero tenía razón.

La mafia no suelta lo que considera suyo. A menos que pase a manos de alguien más… con más poder.

Y Helena le debía un favor de vida o muerte a la madre de Selene. Un favor que nunca había pagado. Hasta hoy.

Yo no quería hacerlo. No quería arrastrar a una desconocida a mi vida, a mis sombras, a mis enemigos. Pero Selene… Selene había sido como una madre para mí.

Y cuando alguien como ella te pide ayuda, no puedes decir que no.

Así que acepté. Sin tiempo. Sin preparación. Sin margen de error.

Y ahora… Ahora tenía una esposa que no sabía quién era yo. Una organización que empezaba a sospechar. Y a su hermano —Eryan— que caminaba sobre una cuerda floja sin saberlo.

Abrí los ojos y miré el documento que tenía frente a mí. No veía números. No veía letras.

Solo veía su rostro. Elara. Confundida. Asustada. Mirándome como si yo fuera un extraño.

Porque lo era.

Y lo peor es que no podía decirle la verdad. No todavía.

La puerta del despacho se abrió de golpe.

Eryan estaba allí, respirando como si hubiera corrido desde el otro lado de la mansión. Sus ojos ardían. No dijo nada. No necesitó hacerlo.

Me levanté del escritorio, pero no llegué a dar un paso.

Se lanzó sobre mí.

Me estampó contra la pared con tanta fuerza que el marco del cuadro vibró. Cualquier otro habría acabado en el suelo en menos de un segundo.

Pero no él. No Eryan.

Él era mi hermano en todo, menos en sangre.
Mi mano derecha.
Mi sombra en cada operación.
El único que podía seguirme el ritmo sin morir en el intento.

Y por eso no lo golpeé. Porque sabía exactamente de dónde venía esa rabia.

—¡Te dije que NO lo hicieras! —rugió Eryan, tan cerca que podía sentir su aliento—. ¡Te dije que solo la sacaras de allí! ¡Que la alejaras! ¡Que después ya veríamos qué hacer!

Me estampó contra la pared. Apreté la mandíbula. No levanté las manos. No me defendí.

—No había tiempo —respondí, con la voz firme pese a la presión en mi pecho.

—¡Me da igual el maldito tiempo! —me empujó más fuerte—. ¡Te dije que no te casaras con ella! ¡Te lo dije!

Lo dejé. Lo dejé empujarme, gritarme, descargar todo lo que llevaba acumulando.

Porque si alguien tenía derecho a perder el control, era él. Todo se nos estaba escapando de las manos. Nuestro plan de años se estaba desmoronando. Y ella… ella estaba en medio de todo.

—Estás siendo irracional —dije, manteniendo la calma—. No estás pensando con claridad.

—¡Estoy pensando en mi hermana! —gritó, golpeando la pared con el puño—. ¡En que ahora está metida hasta el cuello en algo de lo que yo quería sacarla!

Respiré hondo.

—Esto era lo mejor para protegerla.

—¡¿Casándote con ella?! —escupió, incrédulo—. ¡¿Eso te parece protegerla?!

—Sí —respondí sin dudar—. Porque si lleva el apellido Viremont, nadie puede tocarla. Ni la mafia. Ni tu padre. Ni Malrick. Ni la facción que atacó el otro día. Nadie. Y lo sabes.

Eryan se quedó quieto. Pero no calmado. Quieto como alguien que está a punto de romperse.

—Si la escondíamos —continué— era cuestión de tiempo que la encontraran. Todos la están buscando. Y como Darian Kross no puedo usar el poder de mi familia. Pero como Viremont… mi padre no permitirá que nadie la toque. Quien lo haga, ofende a toda la familia.

Él apretó los dientes, temblando de pura impotencia.

—Ella está siendo atacada por todos lados —dijo, con la voz rota—. La mafia. La facción enemiga. Mi propio padre. Todos quieren algo de ella. Y ahora… ahora tú la metes en tu mundo también.

—No es mi culpa que esté metida en todo esto —dije en voz baja—. Pero sí es mi responsabilidad mantenerla viva. Sobre todo ahora que es mi esposa.

Eryan me miró como si quisiera romperme… y al mismo tiempo como si quisiera derrumbarse.



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En el texto hay: fantacia y misterio, romance épico

Editado: 09.04.2026

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