Capítulo 7
El reloj marcaba la una de la madrugada cuando escuché la puerta abrirse.
Yo estaba sentada en el suelo del salón, con la espalda apoyada en el sofá y una botella de vino casi vacía en las manos. No había planeado beber. Solo quería dejar de pensar.
Cuando Darian entró, se detuvo en seco al verme.
—¿Qué haces despierta? —preguntó, con la voz baja, cansada.
Yo lo miré. Solo lo miré.
Y por un momento, olvidé cómo se respiraba.
Darian estaba apoyado en el marco de la puerta, con la luz del pasillo dibujando sombras sobre su rostro. Tenía el cabello ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado los dedos por él demasiadas veces. Algunos mechones caían sobre su frente, y por un instante absurdo, sentí el impulso de apartárselos yo misma.
La camisa que llevaba —oscura, arrugada, con los primeros botones desabrochados— dejaba ver un destello de piel en su clavícula. Piel que me llamó la atención de inmediato. Piel que me imaginé tocando con la punta de los dedos. Piel que no tenía ningún derecho a desear.
Se acercó al perchero mientras se quitaba la chaqueta con un movimiento lento, cansado, y la colgó allí. Ese simple gesto, hizo que mis ojos volaran a sus esculpidos brazos. Tenía las mangas remangadas hasta los antebrazos revelando las marcadas venas y los tensos músculos, como si hubiera estado cargando más peso del que decía. Entonces, mi mente —borracha, traicionera— se preguntó si sería capaz de levantarme con esos brazos sin esfuerzo. Si podría sostenerme. Si podría…
Me sorprendí a mí misma imaginando cosas que nunca nadie me había hecho imaginar. Pensamientos que no eran míos. Pensamientos que no sabía de dónde venían. Pensamientos que me encendieron la piel y me hicieron querer mirar a otro lado… pero no pude.
Parecía agotado. Cansado hasta los huesos. Con sombras bajo los ojos y el ceño ligeramente fruncido. Pero aun así… seguía siendo ridículamente guapo.
El tipo de guapo que te hace voltear a mirarlo en la calle cuando pasa a tu lado.
Era demasiado guapo para mi paz mental.
Me quedé observándolo como una idiota, sin responder, sin parpadear, con el corazón acelerado y la cabeza demasiado ligera.
Él frunció el ceño, no por molestia, sino por preocupación. Una preocupación que no sabía si quería aceptar… o rechazar.
—Elara… —dio un paso hacia mí—. ¿Estabas bebiendo?
Solo entonces bajó la mirada a las botellas.
Yo me incorporé de golpe para negarlo, pero el mundo se inclinó hacia un lado. Intenté ponerme de pie.
Error.
Mis piernas no respondieron. O tal vez respondieron mal. O lo hicieron demasiado tarde. Me fui hacia adelante.
Él me atrapó antes de que tocara el suelo. Su mano rodeó mi cintura y la otra mano me sostuvo del brazo. Su cuerpo quedó pegado al mío. Y mi cerebro dejó de funcionar.
—No he bebido —dije, con absoluta convicción borracha.
Él soltó una risa suave. Una que no debería haberme gustado tanto.
—Estás borracha —dijo, con esa voz grave que me recorría entera.
—No estoy borracha —insistí, aferrándome a su camisa para no caerme.
Entonces él me miró. No una mirada cualquiera. Una de esas miradas lentas, profundas, que te desarman la mentira antes de que puedas sostenerla. Sentí el estómago retorcerse, como si mi cuerpo confesara antes que mi boca.
Mi mentira se deshizo sola.
—Bueno… —murmuré, bajando la mirada—. Solo… un poco.
—¿Un poco? —repitió, arqueando una ceja, incrédulo.
Levanté la mano, juntando el índice y el pulgar, dejando apenas un espacio diminuto entre ellos.
—Un poquito —corregí, haciendo el gesto torpe, con los dedos temblando y una sonrisa inocente en mi cara.
Él negó con la cabeza, pero no me soltó. Y yo tampoco lo solté a él.
La comisura de sus labios se levantó apenas, una sonrisa contenida, casi imposible de ver… pero ahí estaba. Y me derritió más que el vino.
Me quedé mirándolo. Su cercanía provoco cosas extrañas en mí. Mis ojos bajaron a sus labios sin permiso. No fue intencional. No fue consciente. Simplemente… pasó.
Y cuando me di cuenta, ya estaba pensando en cómo sería besarlo. En cómo sabría. En cómo se sentiría tener su boca sobre la mía.
Mi corazón dio un salto estúpido.
Él lo notó. Lo vi en la forma en que su respiración cambió. En cómo su mano en mi cintura se tensó apenas.
—Elara… —murmuró.
Su voz era una advertencia. O una súplica. No lo supe.
Yo seguía mirando sus labios.
—No deberías mirarme así —dijo él, muy despacio.
—No te estoy mirando de ninguna forma —mentí, sin apartar la vista.
Él bajó la mirada a mi boca por un segundo. Un segundo. Pero suficiente para que mi estómago se retorciera.
—Estás borracha —repitió, como si se lo dijera a sí mismo.
—Estoy perfectamente —susurré.
—No lo estás.
—Estoy lo suficientemente bien para… —me callé.
Porque iba a decir algo estúpido. Muy estúpido.
Él esperó. No me soltó. No se alejó.
Y yo seguía pensando en sus labios. En lo cerca que estaban. En lo fácil que sería inclinarme un poco.
Solo un poco.
—Darian… —susurré, sin saber qué iba a decir.
Él cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas para no hacer algo de lo que tal vez se arrepentiría.
—No —dijo, muy bajo—. No así.
—¿Así cómo? —pregunté, acercándome sin querer.
—Así… tú... Borracha. Mirándome como si… —se detuvo.
—¿Como si qué? — mi voz salió más suave de lo que pretendía.
Él tragó saliva.
—Como si quisieras que te besara.
Mi corazón se detuvo. Y luego empezó a correr como si quisiera escapar de mi pecho.
No dije nada. No podía.
Porque sí, quería que me besara. Quería sentirlo. Quería dejar de pensar.
Pero también sabía que él me ocultaba cosas. Que había mentiras entre nosotros. Que si me dejaba caer ahora… no iba a poder levantarme.