Sombras del Destino

Capitulo Dos: Pequeño tigre

Pequeño tigre
 


Abrí mis ojos de golpe, estupefacta de donde me encontraba. Tan solo lograba ver agua a mi alrededor y sobre mí, hielo macizo. A pesar de que mi visión era muy limitada, lo sentía todo, lo oía todo como si estuviera en tantos lugares y a la vez solo estaba aquí, dentro de tanta agua asfixiante.

Mientras yo comenzaba a sentir todo de manera abrumante, afuera sobre la superficie el bosque permanecía en silencio, tal como aquella vez hace tantos años, con una calma inquietante. Con la diferencia de que, en esta ocasión, es diferente. Las plantas están expectantes, los árboles se mueven con violencia como si estuvieran ansiosos de que algo ocurriera. Los animales y las criaturas corrían y yo lo sentía. Lograba sentir como el viento golpeaba sus cuerpos al correr y sentía lo que ellos sentían porque estaban atentos, atentos a que el momento llegara.

Los espíritus y almas cautivas dentro de los límites del bosque, poco a poco aparecían mostrándose ante tan insólito hecho. Cientos de las criaturas místicas que lo habitaban, muchas de ellas desconocidas para mí, se acercaban con cautela anticipando lo que ocurriría.

Y cuando a las orillas del lago congelado, se reunieron expectantes, la tierra se estremeció. El agua que me rodeaba se movía con violencia y yo empujaba, rasguñaba, golpeaba y trataba de salir pues me sentía en peligro, con una insistente sensación de cumplir mi deber, susurrado por aquella mujer antes de despertar, que ahora me parece difuso.

Con mis escuálidos brazos, y manos casi esqueléticas golpeaba las rígidas capas de hielo espeso. Sintiendo que cada vez tenía más fuerza, logrando que el hielo comenzara a agrietarse capa por capa, cada una más gruesa y resistente que la anterior. Creando líneas disparejas y sin ningún sentido o patrón. Pues con cada golpe simplemente me volvía tan fuerte como cada una de esas capas.

Ya desesperada, grité con todas mis fuerzas, sintiendo que mi garganta protestaba por el acto tan repentino y tosco. Pero eso no impidió que tomara impulso y que con las dos manos empujara el cristal que me separaba de la superficie, destrozándolo. Como consecuencia, miles de trozos de diferentes tamaños y grosores de hielo salieron disparados en todas las direcciones.

El cielo nocturno se veía hermoso, adornado con cientos de estrellas que parecían danzar en esta noche, disfrutando de ser admiradas por todos. Bajo mis pies, una superficie dura y rasposa provocaba pequeños rasguños al moverme. Lo único que en ese momento pude hacer era envolverme en un ovillo, sintiendo como los huesos tronaban ante el esfuerzo, junto con mi piel volviéndose rígida ante las bajas temperaturas.

Me tomé unos minutos para calmar a mi desbocado corazón y terminar de comprender donde me encontraba. En el momento que alcé mi cabeza antes resguardada entre mis brazos y piernas, decidí mirar mi alrededor. Me encontré con todos esos seres que sentí tan inquietos, mirándome fijamente a pesar de que probablemente me mantuve en la misma posición por largos minutos que a mí me parecieron horas.

No sabría explicar exactamente la manera en la que me analizaban. Lo único que puedo decir con seguridad es que yo los miraba de la misma manera que ellos a mí, con curiosidad. Me preguntaba por qué estaban ahí. ¿Me harían daño?"

Y cuando comenzaba a sentirme nerviosa y a encender alarmas dentro de mi cabeza, logro observar a lo lejos cómo, un pequeño tigre, tan blanco como la nieve a mi alrededor, con rayas negras disparejas esparcidas en su lomo y unas pequeñas alas blancas, trataba de salir de entre las patas de su madre, queriendo acercarse a donde me encontraba, así que con sus patitas y a pasos apresurados aunque tímidos llegó a mí, por mi lado aun me encontraba hecha ovillo pero de todos modos trate de sacar mi mano y tocarlo, el con decisión se acercó y restregó su mejilla contra mi palma logrando robarme una débil sonrisa, pronto se acurrucó a mi lado y yo lo deje estar cómodo, por lo caliente y suave que se sentía.

A mi alrededor los animales, las criaturas, e incluso los espíritus uno a uno comenzaron a agacharse como si tan solo mi escena con el pequeño tigre fuera mas que suficiente para que aquellos que se encontraban ahí confirmaran quien soy y que hago aquí, mientras observaba como realizaban una reverencia, el viento, ahora mas calmo que antes, comenzó a mecer los arboles con hojas tan enigmáticas como el bosque mismo con sus características únicas.

Pero por alguna razón aquel susurro de viento me pareció más como una nana hecha para dormir hasta al mas de los inquietos niños, por lo que poco a poco mi alrededor se adormecía, sentía como si me quitaran un peso de encima y como si la ligera briza dejaba de ser cruel con mi piel y el manto estrellado que se cernía sobre mí me abrigara insinuando que el me cuidará.

Así que, con esos pensamientos, mi cuerpo se dejo hacer, cayendo laxo más cerca del pequeño tigrecillo que desprendía la calidez que tanto ansiaba y hace mucho no sentía, aquel tigrecillo que conmovió mi corazón.

Cansada de luchar contra mis pesados parpados, me dije a mi misma que estaría bien, que no estaba en peligro, y con esos últimos pensamientos rondando mi cabeza, caí en la inconciencia, apagando cualquier razonamiento intruso que se atreva perturbar mi sueño.




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