Capítulo 44 — Bajo la Escarcha
punto de vista: Irina, nikolai.
El mapa estaba desplegado sobre una mesa improvisada dentro del cuartel Volchya.
Varios miembros del cartel, entre ellos Igor, rodeaban a Irina y Nikolai mientras la escarcha se acumulaba en los bordes de las ventanas.
Afuera, la nieve caía con lentitud, como si el mundo se hubiese detenido a contener la respiración.
Nikolai señalaba puntos estratégicos sobre el papel, con marcas rojas trazadas a pulso firme.
—El complejo está aquí —dijo, apuntando una anomalía térmica justo al pie de los Montes Urales—. No hay caminos, ni registros satelitales oficiales. Solo este rastro de calor constante. Es un búnker, probablemente subterráneo.
—¿Qué tipo de defensa podríamos esperar? —preguntó Igor, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
—Nada tradicional —respondió Nikolai sin girarse—. Si Aleksei está allí, y si se trata de una instalación de la Custodia, no usará patrullas comunes.
Lo más probable es que esté minado, con sensores térmicos y capas de bloqueo internas. Drones estáticos, reconocimiento térmico, escaneo de metales. Todo bajo tierra.
Irina apoyó las manos sobre la mesa, con la mirada fija.
—Quiero entrar por el lado noreste. Hay una hendidura natural en la roca. Podemos usar los árboles muertos para cobertura. Evitaremos la línea directa de acceso, que seguro está vigilada o colapsada a propósito.
Igor carraspeó y preguntó:
—¿Cuántos iríamos?
Nikolai levantó la vista.
—Solo nosotros dos. Es una operación encubierta, silenciosa y rápida. Si algo sale mal, quiero margen para reaccionar sin comprometer a todo el cartel. Ustedes se mantienen a una distancia segura, atentos a la señal.
—¿Qué señal? —insistió Igor.
—Si escuchas una explosión o ves la montaña arder —dijo Nikolai sin inmutarse—, es la señal. Hasta entonces, nadie se mueve.
—¿Y estás seguro de que es buena idea? ¿Solo ustedes dos?
Nikolai giró el rostro hacia él. Su mirada era acero puro.
—No es una buena idea. Es la única opción. Menos pasos, menos errores. Menos cadáveres innecesarios.
Igor asintió, pero no parecía convencido. Nikolai lo notó, y añadió:
—Esto no es una guerra abierta, Igor. Es una cacería. Y nosotros somos los que entramos sabiendo que podemos no salir. Si algo falla, tú evacuas a los demás. Nadie más arriesgará el cuello por algo que no entiende.
Irina cerró el mapa de golpe y lo enrolló. Tenía el rostro tenso, pero concentrado.
—Saldremos en diez minutos. Alisten el equipo.
Cuando el grupo se dispersó, Nikolai se giró hacia ella. Su voz bajó el tono, pero la tensión seguía clavada como un cuchillo sin filo.
—Y tú. Ni un solo paso sola. Lo digo en serio.
Ella lo miró con una ceja alzada.
—¿Otra vez con eso?
—Sí, otra vez —gruñó él, dando un paso hacia ella—. Porque entraste a la finca como si no te importara morir. Como si todo se tratara de ver quién aguanta más castigo.
¿Sabes lo que vi?
Una mujer con un cuchillo en el cuello y fuego en los ojos, pero ni una maldita pizca de instinto de preservación.
—¿Qué demonios estabas pensando?
—Estaba pensando en terminar lo que otros empezaron. Y no me iba a quedar sentada esperando a que tú lo aprobaras —espetó ella, cruzándose de brazos.
—No era una cuestión de aprobación, Irina.
¡Era una trampa! Y tú entraste de cabeza, sola, como si fueras invencible.
"Me molesta."
Me molesta que juegues con tu vida como si fuera desechable. Como si la rabia justificara cualquier estupidez.
—No soy una niña a la que tienes que proteger.
—No. Eres una mujer que ha sobrevivido más de lo que cualquiera debería.
Pero eso no te da derecho a morir por orgullo. Si vas a hacer esto, hazlo conmigo o no lo hagas. Porque si te pierdo por tu maldita arrogancia en medio de todo esto, no pienso quedarme a recoger los pedazos.
La tensión entre ambos era un campo minado. Irina guardó el mapa con manos tensas.
—Entonces vámonos....
Cuando por fin se detuvieron a descansar dentro del helicóptero abandonado, la escarcha empezaba a cubrir los bordes del fuselaje.
Nikolai se sentó apoyado contra una pared de metal oxidado. Irina se tumbó a su lado, sin hablar. Habían acordado turnarse para dormir. Ella cerró los ojos primero.
El sueño llegó como un golpe seco. Oscuro. Frío. Denso.
El silencio era absoluto, pero no tranquilo. Una presión invisible apretaba el pecho. Una oscuridad que no era noche, sino vacío. Un lugar donde el tiempo se había disuelto. Un limbo sin peso, sin sonido, sin salida.
Y entonces, la luz. Blanca. Cegadora. Una llanura de escarcha infinita.
El sueño fue blanco. Blanco como una tumba sellada.
Irina caminaba descalza sobre la escarcha. El suelo crujía bajo sus pies, pero no sentía frío. Solo el eco de una voz infantil.
—Iri...
Se giró.
Nadie. Sólo bosque. Sólo niebla. Sólo la sensación de haber olvidado algo importante.
Entonces la vio: una niña de espaldas, con trenzas oscuras. Parada frente a una pared cubierta de escarcha, escribiendo con los dedos. Pero al acercarse, la niña no tenía rostro. Solo piel lisa, como cera derretida.
—Despierta —susurró la voz de Aleksei, desde algún lugar imposible.
Irina se sobresaltó.
Abrió los ojos.
La escarcha seguía allí, pero real. Pegada a la ventana rota del helicóptero donde pasaron la noche. El aire se colaba gélido por los bordes, y el mundo fuera de la cabina era un desierto blanco bajo el amanecer.
Nikolai dormía a su lado, apoyado contra el metal oxidado. Tenía una mano sobre el arma. Aún dormido, no bajaba la guardia.
Irina se sentó y observó el horizonte nevado. Los Urales se alzaban como bestias congeladas a la distancia. Las coordenadas que encontraron los habían guiado a un punto entre nada y la muerte.
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Editado: 12.01.2026