Capítulo 45 — El Nodo
Narrado por Irina (con epílogo desde Nikolai)
La celda se disolvía en silencio tras ellos, como si el mismo pasado se estuviera borrando con cada paso que daban.
Irina guardó el cuaderno con manos que ya no sabían si temblaban por el frío o por el peso de la verdad. Aquellas frases no eran simples notas. Eran fragmentos de algo mucho más oscuro: una vida dividida. Dasha. Un nombre que volvía como cuchillo mal enterrado. Algo no cuadraba. No del todo.
Nikolai se mantenía cerca, atento, como un perro de presa contenido solo por la promesa de algo peor si se soltaba.
—Esto fue un experimento —dijo Irina, sin mirarlo—. No un refugio. No una familia. Solo una jaula.
—Y quien sea que lo diseñó aún nos observa —añadió Nikolai, señalando una cámara incrustada y semi fundida en el rincón del techo.
Irina se volvió hacia el pasillo más allá de la celda. No estaba en el mapa. No tenía registros. Un túnel descendente cubierto de escarcha, oculto como una herida mal cerrada.
—Ahí abajo está el nodo —dijo ella.
Nikolai la sujetó por el antebrazo. Su voz fue baja, pero su mirada dura.
—Si cruzamos esa línea, no hay retorno.
—Nunca lo hubo —respondió ella, sin vacilar.
La bajada era angosta, cada metro más sofocante. Los tubos oxidados exhalaban un aliento frío, y el silencio era tan denso que dolía. Cada paso que daban era como hundirse en la garganta de algo vivo. Más allá de ellos, las sombras parecían moverse, como si el lugar recordara los gritos que una vez lo habitaron.
Cuando giraron hacia el último tramo del pasillo, Nikolai alzó la mano de golpe. Un pitido agudo resonó apenas un segundo antes de que una descarga eléctrica cruzara de pared a pared, rozándolos por centímetros. Un sistema defensivo activo.
—¿Trampas? —murmuró Irina, agachándose.
—Sensores de movimiento antiguos. Todavía vivos —dijo Nikolai, examinando la pared. Encontró una ranura oculta y arrancó el panel con un cuchillo. Cortó dos cables con precisión quirúrgica. El zumbido cesó—. Si esto sigue activo, entonces el nodo no fue abandonado. Solo sellado.
Continuaron, más alertas. El túnel parecía respirar.
Una puerta blindada los esperaba al final. Sin cerradura, sin identificación visible. Solo un lector biométrico.
Irina apoyó la mano. El lector pitó dos veces. Luego un clic antiguo.
La compuerta se abrió.
—Nos estaban esperando —dijo Nikolai, con la mandíbula apretada.
La sala era circular. Fría. Muerta. Pero viva en sus recuerdos. En el centro, una cápsula vacía. A los costados, monitores parpadeantes, una camilla con grilletes, cables que colgaban como extremidades mutiladas. En la pared del fondo, la inscripción:
Umbra ferrum vincit. Sanguis aperit ianuam. (La sombra vence al hierro. La sangre abre la puerta.)
Irina se acercó a uno de los monitores. Un nombre brillaba como una cicatriz encendida:
Dasha Romanova. Clase: Umbral-3. Estado: Desconocido. Último ingreso: 312 días.
—Ella estuvo aquí —dijo Irina, y la voz se le quebró sin permiso.
—Y puede que aún lo esté —respondió Nikolai. No despegaba los ojos del entorno. Cada rincón hablaba de pruebas, encierro, modificación.
De pronto, algo se movió en la sombra.
Una figura pequeña, encorvada, salió arrastrándose de un rincón donde la oscuridad era más densa. Cabello enmarañado. Piel pálida. Mirada de animal golpeado.
Irina alzó el arma.
—¡No te acerques!
La figura se detuvo, levantando las manos con torpeza.
—¿Irina…? —susurró.
El tiempo se rompió.
Irina dio un paso hacia ella. Los latidos le explotaban en los oídos.
—¿Dasha…?
La joven cayó de rodillas. Tenía unos dieciocho o diecinueve años, pero su cuerpo parecía más joven. Como si la falta de sol, de movimiento, de vida, la hubiera congelado en el tiempo.
Nikolai se acercó y la sostuvo con cautela. En su nuca había implantes cicatrizados. La piel estaba marcada por tubos. Estaba viva. Estaba usada.
Irina se arrodilló a su lado, temblando.
—Te busqué… pero no sabía por qué.
—Yo… soñaba contigo —susurró la muchacha—. Tu voz. Tu sombra.
Un pitido seco los sacó del trance. Uno de los monitores comenzó un conteo regresivo. Cinco minutos.
—Protocolo de purga —dijo Nikolai. El tono grave. Determinado—. Hay que salir ya.
Irina alzó a Dasha con un brazo, Nikolai la sostuvo del otro. Corrieron. El pasillo vibraba. Las luces parpadeaban. La escarcha se deshacía en una bruma helada.
—¡Gira! —gritó Nikolai—. ¡Por la izquierda!
Una explosión sorda los impulsó hacia adelante justo cuando cruzaban el umbral de salida. Cayeron sobre la nieve, cubiertos de polvo y escarcha.
Dasha respiraba. Temblaba. Pero respiraba.
Irina la abrazó con una fuerza que ya no venía del miedo, sino de la furia contenida de una década sin respuestas.
—Te tengo. No te suelto más.
POV: Nikolai
Días después. Base Volchya.
El informe médico era confuso. Dasha presentaba alteraciones neurológicas, pero nada letal. Dormía. Comía poco. Hablaba menos. Irina no se separaba de ella. Pero Nikolai no lograba quitarse una sensación de inquietud.
El cuaderno. Las frases. La inscripción. Todo apuntaba a algo más profundo que simples experimentos.
"Ella recuerda. Pero no soy yo."
¿Y si…?
Nikolai activó las transmisiones interceptadas del nodo. Una reconstrucción de las últimas 48 horas.
Una figura aparecía en pantalla. Era Dasha. ¿O no?
El mismo rostro. Pero distinta forma de caminar. Ojos más fríos. Más presentes.
Y luego, otra silueta en el fondo. Borrosa. Pero… familiar. Como si siempre hubiera estado allí, acechando desde el primer movimiento de esta historia.
Una línea de comando emergió en la pantalla:
Umbral activo. Fase dos iniciada.
Nikolai cerró la laptop. Se quedó sentado en la oscuridad del despacho.
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Editado: 12.01.2026