Capítulo 46 — Sangre Dormida
Narrado por Irina
El sueño no llegó. Solo el peso. Pesaban los días. Pesaba la sangre. Pesaba el nombre de Dasha como una daga aún girando dentro del pecho.
El refugio médico que Nikolai había dispuesto en los límites del cartel no era una clínica. Era un búnker disfrazado, oculto entre almacenes, lleno de recovecos y salas sin número.
La habitación donde Irina se encontraba era apenas más que una celda con tecnología: biomonitores, tubos de oxígeno, sensores de actividad cerebral y una camilla firme.
Las luces parpadeaban intermitentes, lo justo para mantener a raya la ilusión de descanso.
Irina no había dormido bien desde el nodo. Desde que arrastraron a Dasha fuera de ese infierno con la cuenta regresiva latiendo en sus sienes.
Y ahora estaba ahí. Su hermana. Su reflejo roto.
Un cuerpo casi adulto, pero con la expresión y los gestos de alguien que jamás salió del encierro infantil.
Dormía como una máquina apagada. Soñaba con lo que nadie sabía. Quizá con nada.
Irina se mantenía junto a ella, en la misma silla desde hacía tres noches.
Su mirada recorría los cables como si pudiera desarmar la red con solo voluntad.
En la pared, los monitores reflejaban el sueño en ondas azules y verdes. Algunas se volvían rojas por segundos. Luego volvían a calmarse.
—Tuviste otra pesadilla —murmuró Irina. Era de madrugada. Nadie más la oía—.
Dijiste un nombre otra vez. Vladya. No sé quién es. Pero lo gritaste tres veces.
Dasha no respondió. Dormía. Al menos su cuerpo lo hacía.
Una puerta se abrió sin hacer ruido. Era el doctor Kalenko. Alto, huesudo, con manos siempre frías y una mirada que parecía analizar más que observar. Irina no confiaba en él. Pero era el único que Nikolai había aprobado personalmente.
—Niveles límbicos aún elevados —dijo, sin necesidad de saludar. Sus ojos se clavaron en el monitor principal—.
La región de la amígdala cerebral presenta hiperactividad. Pero lo más interesante está en el hipocampo. Ella sueña con cosas que no vivió. Imágenes que no puede haber adquirido de forma natural.
—¿Memorias implantadas? —preguntó Irina, sin emoción.
—En parte. Pero hay patrones que parecen corresponder con respuestas emocionales a estímulos genéticos. Como si ciertas memorias se activaran al estar cerca de alguien con un código compatible. Tú, por ejemplo.
Irina se tensó. Pero no se levantó.
—¿Qué estás diciendo?
Kalenko tecleó algo. La pantalla proyectó una serie de ondas entrelazadas. Una sobre otra. Encajaban, pero no perfectamente.
—Lo que ves aquí no es una sola conciencia. Es una matriz doble. Una dominante. Otra... dormida. O contenida. Pero ambas se han sincronizado desde que llegó aquí.
—¿Una doble personalidad?
—Más bien una capa superpuesta. Como si alguien hubiese insertado un protocolo de contención. Algo que sólo se rompe bajo ciertas condiciones. Como las que ahora vivimos.
Irina se levantó. Caminó hasta el cristal reforzado que separaba la habitación de observación del área médica.
Observó a Dasha desde ahí. Su hermana tenía los ojos cerrados. Pero algo, en la forma en que respiraba, parecía tenso. Como si soñara con los ojos de otro.
—¿Puede morir?
—No de momento. Pero si esa otra "voz" despierta completamente... no sabemos a quién va a desplazar.
Irina no dijo nada más. Se marchó de la sala sin mirar atrás.
La noche siguiente, el sueño vino como una trampa.
Irina había caído dormida sin darse cuenta. Apoyada contra la camilla. Aún con la ropa del día anterior. El cuarto estaba en penumbra, los monitores silenciados, apenas marcando el ritmo vital con pulsos tenues.
El mundo se desvaneció. Y entonces…
Oscuridad. Vacío. Un limbo sin tiempo. Sin gravedad. Sin sonido. Un espacio denso y frío, que no era sueño ni conciencia.
La sensación de flotar en algo que no era aire ni agua. La ausencia de todo. Y luego, una luz blanca.
No luz. Niebla. Una claridad muerta. Un campo de escarcha infinita. El crujir bajo los pies descalzos. El dolor en las plantas de los pies no era dolor físico. Era otra cosa. Un eco. Una advertencia.
—Irina...
Una voz de niña. No detrás. No delante. Dentro.
—Iri...
Se giró. No había nadie. Sólo árboles congelados. Sólo neblina. Sólo una sombra diminuta que se deshacía con cada intento de acercarse.
Y entonces, la figura apareció.
Dasha. Pequeña. De unos cinco o seis años. Pero con los ojos abiertos como si hubiera visto el fin del mundo.
—No abras la puerta —dijo la niña.
Irina dio un paso. El hielo crujió. La niña retrocedió.
—No soy yo —dijo. Su voz cambió. Se volvió más grave. Más vieja. Más parecida a la suya.
El sueño se quebró.
Despertó jadeando, con la mano en el cuchillo. Kalenko ya estaba en la sala, mirando las lecturas.
—Actividad intensa —dijo—. Tú también. Tus frecuencias se sincronizaron durante el sueño. Como si hubieran compartido uno.
Irina no respondió. Observó a su hermana. Seguía dormida. Pero una lágrima bajaba por su mejilla.
Horas después, Dasha despertó.
Fue repentino. Como si algo en el sistema se hubiera encendido de golpe. Sus ojos se abrieron. No parpadeó. Giró la cabeza. Vio a Irina.
—Sabía que vendrías —dijo. Voz seca. Clara.
Irina se acercó. Quería tocarla. No lo hizo.
—Estoy aquí. No estás sola.
Dasha la miró largo rato. Luego sonrió.
—No todas las sombras son tuyas, Irina.
Y los monitores comenzaron a sonar.
Nikolai fue el primero en entrar después. Traía a Igor y a Kalenko detrás.
—¿Qué está pasando? —dijo sin rodeos.
—Despertó. Pero no es solo ella —dijo Irina, sin apartar la mirada de su hermana.
Dasha seguía recostada. Pero hablaba. Con frases inconexas. Lenguas alternadas. Fragmentos que no entendían. Hablaba de números. De nombres. De pasillos. De un lugar llamado Subnivel Tau.
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Editado: 12.01.2026