Sombras Del Destino

Capítulo 50— Las Ruinas Del Covento

Capítulo 50 – Las Ruinas del Convento

(Mientras el Nido-R esperaba su hora de abrirse, en otro lugar el pasado también respiraba.)

𝑭𝒍𝒂𝒔𝒉𝒃𝒂𝒄𝒌

POV: Irina

El silencio del refugio era pesado, roto apenas por el crujido lejano del viento colándose entre las rendijas. Mis manos temblaban al vendarme el costado, pero no por debilidad:

era la rabia la que me recorría las venas. Cada vez que apretaba la tela contra la herida, me repetía el mismo nombre: Arkadi.

La caja oxidada descansaba sobre la mesa, inmóvil, como si me observara.

No necesitaba abrirla de nuevo para sentir su peso: el frasco, el relicario, esa nota maldita que parecía escrita con veneno. Pronto sabrás lo que se oculta en la sangre de la Sombra.

Las palabras me perseguían incluso con los ojos cerrados.

Y aunque me repetía que debía pensar con frialdad, algo en mi interior se quebraba con cada recuerdo del convento. Con cada cicatriz invisible que llevaba grabada.

No podía seguir huyendo. La Sombra no retrocede: se adapta, se arrastra, ataca. Y si el pasado había decidido alcanzarme, entonces lo enfrentaría con la misma ferocidad con la que había sobrevivido a todo lo demás.

Me puse de pie, sintiendo cómo cada movimiento tensaba la herida.

Afuera, la nieve seguía cayendo, como si la ciudad quisiera enterrarlo todo bajo su manto blanco. Pero yo sabía la verdad: nada queda enterrado para siempre. Y mi guerra apenas comenzaba.

El viento helado se colaba entre los muros caídos, silbando como si el edificio aún respirara.

El convento estaba en ruinas, pero seguía de pie de una manera antinatural, como si se negara a morir del todo.

Las piedras ennegrecidas por el fuego guardaban la memoria de las niñas arrodilladas en el barro, de los rezos forzados y de las manos que apretaban demasiado fuerte.

Avancé despacio, la linterna temblando en mi mano. Cada paso me devolvía a esa infancia arrancada, a las voces que alguna vez creí enterradas.

Una grieta en el suelo reveló fragmentos de símbolos, tallados con cuchillas torpes en la piedra: círculos incompletos, cruces invertidas, y un nombre medio borrado: Umbral.

La respiración se me cortó.

—Sabías que volverías aquí.
La voz, grave y helada, surgió detrás de mí.

Girí el arma sin pensarlo. La silueta de Mikhail “El Carcelero” se recortó en la penumbra, apoyado contra una columna rota como si hubiera estado esperándome desde hacía siglos.

—Siempre supiste que no estaba terminado —añadió, con esa calma que rozaba la crueldad.

—¿Quién te envió? —escupí, con el dedo en el gatillo.

Mikhail sonrió apenas, un gesto mínimo.

—Las ruinas hablan por sí solas. Yo solo soy… el guardián de lo que aún respira aquí.

Bajé el arma un centímetro, aunque la tensión me mantenía los hombros duros como hierro. Algo en él no mentía. Y eso era lo que más me inquietaba.

Por un instante, cerré los ojos, respirando hondo. Todo estaba a punto de cambiar.

POV: Nikolai

La copa de vodka se mantenía intacta frente a mí, reflejando el parpadeo de la lámpara del despacho. No la había tocado en toda la noche.

El líquido frío parecía un espejo irónico: quieto, transparente, pero capaz de arder como fuego en la garganta.

Igor hablaba a mi lado, su voz grave y cortante, lanzando nombres, números, posibles traidores. Apenas lo escuchaba. Mi mente estaba en otro lugar. En ella.

—Irina.

El recuerdo de sus ojos en la azotea, la rabia contenida, la sangre en su piel. Cada imagen era un veneno dulce y corrosivo.

No podía decidir si quería arrancarla de raíz o acercarme lo suficiente para dejarme consumir por esa oscuridad que compartíamos.

Pero no era solo ella. Una sombra distinta volvía a hacerse presente en mi memoria: Vera. Su risa, su mirada, y la forma en que todo se había quebrado la última vez que la vi.

Había algo en Irina que despertaba ese eco, como si la vida se burlara poniéndome delante un reflejo distorsionado de aquello que había perdido.

—Nikolai —gruñó Igor, impaciente—. ¿Me estás escuchando?

—Demasiado —respondí en voz baja, apartando la copa. Mis dedos se cerraron en un puño sobre la mesa—. La traición está más cerca de lo que creemos. Y no pienso esperar a que nos devore.

En ese momento, la puerta se abrió sin ser anunciada. Un sobre negro fue dejado sobre la mesa por una mano desconocida; antes de que Igor pudiera reaccionar, la figura ya se había desvanecido en el pasillo.

Lo tomé, desgarrando el sello con un movimiento seco. Dentro, una sola hoja. Una frase:

"Ella no es tu enemiga. No dejes que el verdadero cazador se esconda tras la sangre derramada."

No había firma. No había marcas. Solo la certeza de que alguien estaba jugando con nosotros desde las sombras.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, más frío que la nieve que golpeaba los ventanales. Porque si había algo que detestaba más que la traición… era la manipulación. Y sabía que, tarde o temprano, ese juego nos arrastraría a ambos.

Las huellas en la nieve eran frescas.

Las seguí en silencio, el rifle cruzado en la espalda, la respiración marcada por el frío. Había dejado a dos hombres atrás, con la orden de esperar. No confiaba en nadie, no después de la confesión arrancada horas antes.

El traidor había hablado poco antes de morir:
—Todo conduce al mismo sitio… las ruinas.

Y allí estaba. El convento que alguna vez había escuchado nombrar en susurros, un lugar donde el dolor se había convertido en doctrina.

Un lugar que ahora me atraía con una fuerza que no sabía si provenía de la lógica o del destino.

Se detuvo al ver luz dentro de los muros. Una linterna.
Mi instinto me susurró un nombre antes de que pudiera confirmarlo: Irina.

Entré con cautela, avanzando entre los arcos caídos y las sombras.

El olor era una mezcla de humedad, ceniza y sangre vieja. Reconocí símbolos en las paredes, símbolos que también había visto en los documentos filtrados sobre Nido-R. Y eso me inquietó aún más.




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