Capítulo 52— Ilusiones y Vacio
“En la frontera entre la mente y el abismo, los recuerdos son espejos rotos que muestran la herida más profunda.”
POV: Irina
El pasillo del Nido-R parecía respirar. Apenas avanzábamos, un olor metálico y acre nos golpeó de repente.
—¿Qué es eso? —pregunté, con la voz temblorosa.
Nikolai frunció el ceño, ajustando su rifle.
—Gas. Alucinógeno. Nos quieren ver caer —respondió con calma, aunque su mandíbula se tensaba.
En segundos, la visión comenzó a deformarse. Las paredes ondulaban como si fueran líquidas, los símbolos del suelo reptaban como serpientes, y las sombras parecían formar figuras humanas que murmuraban mi nombre.
El corazón me retumbaba en los oídos, la respiración cada vez más rápida. Un ardor intenso se encendió en mi brazo marcado, palpitando al compás de un dolor que no era mío.
Sentí que algo me atravesaba desde dentro, como si ese maldito palpitar no solo perteneciera a otro, sino que se enredara con el mío, contaminándome de su agonía.
La oscuridad me arrancó de la realidad.
El frío y el barro me envolvían de niña. Mis rodillas sangraban mientras las otras niñas rezaban en coro como un enjambre.
La voz de Vera tronaba, obligándome a permanecer arrodillada hasta que “la Sombra aprenda a obedecer”. Cada palabra helaba mis huesos y me rompía por dentro.
La sala se distorsionó de golpe, oscura y líquida.
Dasha estaba encadenada frente a mí, con el rostro bañado en lágrimas y sangre. Sus ojos brillaban con un odio sobrenatural.
Primero susurró desde un abismo demoníaco:
—¿Por qué me dejaste? ¿Por qué me abandonaste, Irina?
Las palabras se repetían grotescamente, deformadas como ecos del infierno. Su voz cambió entonces, cruel, despiadada:
—¡Siempre nos fallas!
¡Eres débil!
¡Nunca valiste nada! ¡Ni siquiera ahora mereces sobrevivir!
Las cadenas se quebraron y Dasha cayó, suspendida en el aire de manera imposible. Su cuerpo se retorció como un espectro, los brazos extendidos, el rostro fijo en mí.
Luego se giró lentamente hacia una figura al fondo: Aleksei, mi hermano. No tenía rostro, pero su enojo y su reproche eran tangibles. Dasha se acercó a él, rindiéndole cuentas.
La visión se quebró, arrastrándome a un vacío infernal.
El mundo se fragmentó en un laberinto de humo rojo y negro.
Las paredes sangraban símbolos imposibles. Allí estaba Nikolai, pero su rostro era un espejo roto, los ojos apagados, el arma temblando.
Cada respiración retumbaba en mi cráneo como un eco de dolor.
Avanzó hacia mí, cada paso desgarrando el suelo. Sus labios se movían, y cada palabra era un cuchillo invisible:
—La Sombra… nunca escapa. Eres un monstruo.
Su voz se multiplicaba, metálica, distorsionada.
Intenté retroceder, pero mis pies se hundieron en un barro negro que olía a hierro y desesperación.
Cada movimiento era un suplicio, arrancándome el aire de los pulmones.
Me arrodillé, temblando. Nikolai levantó el arma. La escena se fragmentó en recuerdos, soledad, dolor y traiciones.
Sus palabras finales cayeron como hielo candente:
—La Sombra nunca fue tuya, Irina. Todo lo que eres lo creaste para sobrevivir. Pero al final… nunca escaparás de mí, ni de lo que dejamos atrás.
Un grito escapó de mi garganta mientras el mundo se disolvía en sombras que me devoraban desde dentro.
POV: Nikolai
El gas se filtraba en mis pulmones, convirtiendo el mundo en un pantano líquido. Cada respiración era un esfuerzo, cada sonido un latido de locura.
Como ella, caí bajo sus efectos, arrastrándome hacia recuerdos que había intentado enterrar.
La visión me devolvió a la infancia.
Mi padre me golpeaba, me obligaba a pelear. Me forzaba a masacrar niños, a torturar y desmembrar a cualquiera que considerara amenaza.
Los huesos crujiendo, los gritos desgarradores, los sollozos ahogados… todo me perseguía hasta que solo quedaba un silencio vacío.
Cada golpe reforzaba la condena: nunca sería suficiente. Su voz tronaba en mi mente:
—Nunca serás suficiente, Volkov.
El vidrio de la realidad se volvía a quebrar, y en la penumbra apareció un joven rubio, de ojos verdes.
Michael.
Mi amigo más cercano. El único que realmente me había entendido. Sonreía con una calidez que me atravesó como un recuerdo perdido.
—Nikolai… hermano, confío en ti.
Sé que no eres como tu padre dice. Eres más brillante de lo que él puede ver.
Estiró la mano hacia mí, pero la escena cambió de manera brutal. El calor se transformó en frío, la luz en oscuridad.
Vi cómo su cuerpo era destrozado ante mis ojos, su voz convertida en un grito desgarrador.
La calidez se tornó en odio:
—¡Me dejaste morir, Nikolai! Pensé que eras mi amigo. Siempre fallas en proteger a los tuyos. Abandonas a quienes confían en ti.
Su rostro se deformó en una máscara de rencor.
—Eres un bastardo despreciable.
El horror me paralizó, cada latido de su muerte clavándose en mis sienes.
La imagen se desvaneció en un remolino de sombras vacías y oscuras.
El suelo ennegrecido, las paredes sangrando símbolos imposibles. Y allí estaba ella.
Irina. Cubierta de heridas, la sangre deslizándose entre sus labios, los ojos vacíos y apagados.
Me arrastré hacia ella, cada paso un tormento.
El gas devoraba mis pulmones, cada movimiento era como atravesar un vacío inmenso. Sus labios se movieron:
—Al final… siempre fuimos enemigos, Volkov.
Las palabras se incrustaron en mi mente.
—No pudiste salvarme, como nunca salvaste a nadie. Ni a tu familia. Ni a ella. Ni a mí. Solo sabes destruir.
Sentí que me arrancaban el aire de los pulmones.
Ella sonrió apenas, un gesto cruel, retorcido, que dolía más que cualquier bala.
—¿Quieres saber la verdad, Nikolai? No soy tu enemiga… eres tú. Tú me mataste. Tú matas todo lo que dices proteger.
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Editado: 05.03.2026