Sombras Del Destino

Capítulo 53— Voces De La Memoria

Capítulo 53 – Voces de la Memoria

"El pasado siempre habla, incluso cuando creemos que lo hemos dejado atrás."

El humo venenoso aún me quemaba los pulmones. Sentía el ardor en mi brazo marcado, como si la carne quisiera desgarrarse desde dentro. Apenas podía distinguir qué era real y qué no, cuando un alarido desgarrador me arrancó del sopor.

—¡No abras la puerta!… ¡No otra vez, noooo! —la voz chilló como un cristal rompiéndose.

Me giré de golpe. Allí estaba Dasha, atrapada con nosotros, con los ojos vidriosos y la piel perlada de sudor. Se debatía entre la vigilia y el delirio, arañando el aire como si luchara contra enemigos invisibles.

—Mamá… lo juro… yo no… ¡no fui yo, Irina! —sus palabras cayeron como piedras, incoherentes pero cargadas de un dolor que no era inventado por el gas.

Un estremecimiento helado recorrió mi columna. No sabía si hablaba conmigo o con un fantasma de su memoria.

De pronto, sus gritos se quebraron en susurros febriles, apenas audibles:

—El frío… el metal… me ataron… dijeron que yo era fuerte… ¡me inyectaron otra vez!… —su voz se quebró, como si la garganta no pudiera con la memoria—. Yo solo quería dormir…

Sus ojos se clavaron en mí, perdidos en un tormento que no era del presente.

Yo quise alcanzarla, sacudirla, arrancarla de ese abismo. Pero el veneno en mis venas me lo impedía. Y aún así, las palabras de Dasha se quedaron allí, en la frontera entre delirio y verdad, cortando más que el dolor en mi carne.

Nikolai me tocó el hombro con firmeza.

—Debemos movernos. Si nos quedamos aquí, moriremos envenenados.

No discutí. Entre ambos cargamos a Dasha, su cuerpo ligero pero tembloroso, y comenzamos a avanzar por el túnel. La penumbra era densa, apenas rota por el parpadeo de luces moribundas incrustadas en las paredes de concreto. Cada paso resonaba como un eco metálico, amplificando la sensación de encierro.

—Lo que dijo… ¿qué tan cierto crees que es? —preguntó Nikolai, rompiendo el silencio.

—No lo sé. El gas mezcla alucinaciones con recuerdos. Pero esas palabras… no son invención. —Apreté los labios—. Ella estuvo allí… en el mismo infierno que yo.

—Entonces alguien quería experimentar con ustedes dos —murmuró—. Y alguien sigue queriendo.

El túnel serpenteaba, cada curva parecía multiplicar la sensación de encierro. Nos mirábamos con cautela, cada paso podía ser una trampa.

—Nikolai… —susurré mientras pasábamos por un cruce de tuberías oxidadas—. Aleksei… ¿podría estar involucrado en esto?

El gesto de Nikolai se endureció. Sus ojos, usualmente tan controlados, mostraban un destello de incertidumbre.

—No lo sé. Pero si está vivo, y si lo han usado como hicieron con ustedes, entonces es parte del mismo engranaje que nos mantiene aquí. Y podría ser la clave para entender todo.

Avanzamos hasta que el túnel desembocó en una compuerta metálica, oxidada pero aún activa. Nikolai golpeó el panel lateral con el puño y, tras un zumbido eléctrico, la puerta se abrió con un chirrido áspero.

Lo que se reveló al otro lado me heló la sangre.

Una sala inmensa, cubierta de polvo y telarañas, pero intacta en su esencia. Mesas metálicas con restos de instrumentos quirúrgicos, estanterías con carpetas numeradas, todas con sellos rojos que decían "CLASIFICADO". Vitrinas de vidrio con frascos turbios, donde flotaban sombras irreconocibles.

—Un centro de investigación… abandonado, pero demasiado bien preservado —susurró Nikolai.

Dejamos a Dasha recostada sobre una camilla, mientras yo me acerqué a una de las estanterías. Mis manos temblaban al abrir la primera carpeta.

Dentro había páginas mecanografiadas, diagramas de cuerpos humanos, fórmulas químicas y registros de pruebas. La primera línea me arrancó el aliento:

"Sujeto: D-17. Estado: superviviente. Potencial: alto."

Y más abajo, otra página marcada con un sello diferente:

"Sujeto: I-01. Estado: resistente. Riesgo: incontrolable."

—Yo… soy I-01 —murmuré, helada. Y Dasha… era D-17.

—Maldición —susurró Nikolai detrás de mí—. Aquí no solo experimentaban. Aquí los fabricaban.

Seguí hojeando las carpetas con el corazón golpeando mis costillas como si quisiera escapar. Cada página era un espejo roto de mi propia existencia.

—Proyecto Nido —Informe 47 —leí en voz baja—. Generar sujetos capaces de resistir entornos hostiles y manipular su percepción…

Nikolai frunció el ceño, mirando los diagramas.
—Y aquí dicen… “Colaboración externa: Familia Volchya.”

Mi estómago se revolvió.
—¿Ustedes… sabían?

—No yo —dijo con voz firme, un filo de rabia cortando su frase—. No lo sabía.

Abrí otra carpeta y mi respiración se detuvo:

"Sujeto: A-03. Estado: desaparecido. Relación: hermano mayor de D-17."

Aleksei. La sola mención de su nombre encendió un nudo de ansiedad en mi pecho. Nunca había sabido qué le había sucedido después de nuestra infancia.

—Alguien lo usó como control… o para ver si ustedes sobrevivían —susurró Nikolai—. No lo sé. Pero no me sorprendería que todavía esté involucrado en algo.

—Si Aleksei está aquí… entonces podrían seguir manipulándonos, como si todo esto fuera un juego —dije, mi voz temblando.

—Exacto —asintió Nikolai, mientras abría otra carpeta—. Y no solo nos vigilan, también controlan cómo reaccionamos. Cada miedo, cada recuerdo, cada impulso… están diseñando algo más grande.

Un sobre sellado atrajo mi atención. Lo abrí con manos temblorosas.

"Sujeto: Kairós."
"Estado: inaccesible. Función: supervisión."

—¿Kairós? —susurré, con un hilo de miedo.

—Un nombre. Pero no es ruso —dijo Nikolai—. Ni un código que reconozca.

Un crujido metálico retumbó sobre nuestras cabezas. El polvo caía desde las vigas oxidadas. Nikolai desenfundó su arma instintivamente.

—No estamos solos.

Guardé la carpeta con mis iniciales bajo mi abrigo. Las luces parpadearon, como si la sala entera respirara. Entre las sombras, juré ver el reflejo de unos ojos observándonos, fijos, pacientes.




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