Sombras Del Destino

Capítulo 54— Reflejos Del Pasado

Capítulo 54 – Reflejos del pasado

"Los ojos tranquilos y pacientes observaban desde la penumbra, como si la sala misma contuviera la memoria de lo que nunca debía volver."

El aire de la sala aún olía a óxido y polvo. La carpeta con mis iniciales permanecía bajo mi abrigo, y Dasha descansaba débilmente sobre la camilla, respirando con dificultad. Nikolai permanecía junto a mí, los ojos fijos en las sombras donde creí haber visto algo moverse.

Y entonces lo sentí. Esa sensación imposible: unos ojos tranquilos, pacientes, que me atravesaban y parecían conocer cada pensamiento, cada miedo.

—¿Lo ves? —susurró Nikolai, como si temiera romper la quietud.
Asentí, sin poder apartar la mirada. Y entonces apareció.

La otra Dasha. Su piel era pálida, casi translúcida, con venas azuladas marcándose bajo la superficie. Sus ojos azules, enormes y penetrantes, brillaban con una claridad que parecía atravesar la penumbra y el alma al mismo tiempo. Su cabello oscuro flotaba a su alrededor, como suspendido en agua, y cada movimiento suyo desafiaba la gravedad, como si se deslizara sobre un plano distinto del mundo.

—Irina… —susurró la figura, con la voz de mi hermana pero cargada de ecos y distorsión—. Has llegado hasta aquí, finalmente.

Mi pecho se encogió. Esa Dasha no era completamente ella, ni completamente un recuerdo. Era un reflejo de lo que el Nido había hecho, un umbral de todas las pruebas que nos habían separado y transformado.

Nikolai dio un paso adelante, la mano cerca del arma.

Nikolai frunció el ceño.
—No hagas nada precipitado. —Su voz era firme, pero en sus ojos había un destello de duda.

—¿Quién… quién eres tú? —pregunté, incapaz de apartar la mirada.

—Soy lo que queda de nosotros cuando el dolor nos transforma. —Su voz, dulce y grave al mismo tiempo, resonó como un eco lejano—. Soy Dasha, y soy el umbral que los conecta a todos: a ti, a mí, a Aleksei… incluso a Kairós.

Mi corazón latió con fuerza. La mención de Kairós hizo que un escalofrío recorriera mi columna.

—¿Kairós? —repitió Nikolai, su voz cargada de tensión—. ¿Sabes algo de él?

La otra Dasha inclinó la cabeza, y un leve brillo azul recorrió sus ojos.
—Solo sé que nos observa, que prueba… que todo lo que hacemos está bajo su juicio. Pero no temas.Al menos, no por ahora.

—Ahora déjame mostrarte lo que todos nosotros sufrimos.—incluyendote Irina.—murmuro la otra dasha

Las imágenes comenzaron a cambiar.

Vi a Dasha de niña, siendo sometida a experimentos, sus brazos inmovilizados mientras le inyectaban compuestos químicos, la risa de los observadores resonando como una burla cruel. Luego aparecí yo, I-01, resistiendo pruebas, soportando dolor que nunca debería haber sentido.

—Ellos nos vieron como sujetos —murmuró la otra Dasha—. No éramos personas, éramos… variables. Cada error, cada reacción, registrada, analizada… y usada para controlarnos.

Nikolai apretó los puños, sus nudillos blancos sobre la carpeta que sostenía.
—Todo lo que creíamos perdido… ellos lo conservaron. Nos moldearon.

La otra Dasha avanzó un paso etéreo hacia nosotros, la luz azul de sus ojos iluminando los rincones oscuros de la sala.
—Y aún así sobrevivimos. No como ellos querían. Ni como tú, Irina, pensaste que podías. La memoria no se borra, pero puede ser un arma… o una llave.

Me sentí atrapada entre la realidad y la visión. Cada imagen, cada palabra, resonaba en mí, recordándome que el Nido no solo nos había probado… nos había fragmentado.

—¿Qué debemos hacer? —pregunté, la voz apenas un susurro—. No podemos quedarnos aquí.

—No —asintió Nikolai—. Pero antes de irnos, debemos entender lo que vimos. Cada fragmento de esta locura puede ser la pista que necesitamos para anticiparlo.

La otra Dasha se inclinó sobre la camilla, observando a su reflejo con una calma aterradora. Luego giró hacia mí, y sus ojos azules parecían atravesarme.

—No va a sobrevivir así. —Lo dijo como una sentencia, sin rodeos—. Cada día que respire en este estado será un tormento. Y cuando se quiebre del todo… no quedará nada que salvar.

Apreté la mano, temblando.
—¡Cállate! No hables de ella como si fuera un experimento. Es mi hermana, no un cuerpo que puedas arreglar o descartar.

Una sonrisa irónica, casi cruel, se dibujó en su rostro.

—¿Tu hermana? —repitió, con sarcasmo—. Qué conveniente que ahora la llames así, cuando durante años fingiste que podías cargar con el dolor sin mirarla realmente.

— ¿Sabes por qué yo existo, Irina?

Porque ella se rompió, y alguien tenía que recoger los pedazos.

El golpe de esas palabras me atravesó como un cuchillo.

—Eso no te da derecho a decidir por ella.

—¡Y a ti tampoco! —

su voz se alzó, más fuerte, resonando contra las paredes de la sala—. No entiendes lo que significa estar atrapada en esa mente rota, viendo el mismo recuerdo una y otra vez, sin poder despertar.

— ¿Tú crees que el gas fue cruel? El gas fue un susurro al lado de lo que ella soportó en esas camillas.

Mis labios temblaron, pero no cedí.

—Yo estuve allí también. Yo también lo sufrí.

—¿Y crees que eso te hace capaz de salvarla?

—sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa, aunque había dolor en el fondo—.

No, Irina. A veces amar no es sostener… es dejar ir una parte para que la otra viva.

Di un paso hacia ella, desafiándola.

—Lo que propones es borrarla. La otra parte de Dasha, la que llora, la que aún siente… desaparecerá. ¡Eso es matarla!

Un silencio helado cayó entre nosotras.

La otra Dasha no respondió al instante. Bajó la mirada hacia la camilla, y cuando volvió a hablar, su tono cambió: más bajo, más humano.

—¿Crees que quiero matarla? —murmuró—. Yo la amo, Irina.La amo porque soy ella.

—¿Y sabes qué duele más que todo lo que nos hicieron?

Escuchar sus gritos cada noche aquí dentro, y no poder acallarlos. Sentir cómo se desmorona… mientras yo permanezco intacta.




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