Sombras Del Destino

Capítulo 55— Fragmento Bajo La Piel

Capítulo 55— fragmento bajo la piel

El resplandor azul todavía colgaba en la memoria como una herida abierta.

La otra parte de Dasha —ese fragmento extraño y silencioso que había emergido del ritual fallido— se inclinó sobre el cuerpo de la verdadera, y por un instante que pareció eterno, la sala entera contuvo el aliento.

Cuando ambas se unieron en un destello de luz, sentí cómo el mundo se inclinaba sobre un eje desconocido.

Cuando todo terminó, la Dasha real quedó desmayada e inmóvil sobre la camilla; respiraba, pero su espíritu parecía haberse retirado a un lugar lejano.

Yo quedé rota.

No había palabras que contuvieran el temblor que me atravesaba, ni gesto que pudiera recomponer lo que acababa de suceder.

Habíamos ganado algo, pensé; y al mismo tiempo, habíamos perdido otra cosa que temía no recuperar jamás.

Nikolai estuvo presente en todo.
Lo vi cuando la otra parte de Dasha se inclinó: su semblante no era ya solo cálculo; había algo más —una tensión abierta en la garganta, un temblor contenido en las manos, un miedo que trató de ocultar—.

Cuando la luz murió, lo vi afectado de una forma que apenas dejó escapar: un parpadeo más lento, una sombra breve cruzándole los ojos.

Y entonces ocurrió: un tirón sordo en mi antebrazo, un latido extraño bajo mi piel. No supe si era culpa, alivio o la marca reaccionando a la fusión, pero su pulsación resonó como una campana en mi sangre.

Me quedé inmóvil, con los brazos alrededor de mí misma, como si pudiera impedir que los recuerdos me devoraran.

Mis ojos seguían húmedos y mi pecho aún ardía por lo ocurrido. Sentía que si me soltaba, si me permitía caer, no habría fondo que me detuviera.

Nikolai permanecía a mi lado.
Al principio no dijo nada, y pensé que se limitaría a observar en silencio como siempre, con esa frialdad que lo mantenía a salvo de todo.

Pero entonces, para mi sorpresa, lo sentí acercarse. Sus pasos fueron lentos, casi cuidadosos, como si temiera que pudiera quebrarme con un solo roce.

—Irina —su voz sonó más suave de lo que esperaba, sin el filo de mando que solía acompañarlo.

No respondí. Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas, rebeldes, y me odié por no poder detenerlas. Pero Nikolai no apartó la vista. Extendió una mano y, con gesto firme pero delicado, me atrajo hacia él.

Mi resistencia se quebró en un instante. Terminé hundida en su abrazo, sintiendo su pecho cálido y sólido contra mí, su respiración profunda que intentaba darme un ritmo para aferrarme.

El mundo podía desmoronarse a mi alrededor, pero allí, en ese instante, solo existía la seguridad de sus brazos.

—No tienes que ser fuerte siempre —susurró contra mi cabello, como si me hablara al oído y al alma al mismo tiempo—. No conmigo.

El sonido de su voz me golpeó con una fuerza extraña. Cerré los ojos, y por un instante, el calor de sus brazos se confundió con un recuerdo… uno mucho más antiguo.

Y entonces ocurrió el ardor.
Un calor punzante subió por mi antebrazo, iluminando la marca bajo mi piel.

La marca —esa maldita inscripción que apareció el día que él me tocó por accidente, como si el destino no tuviera nada mejor que hacer que arruinarme la vida— vibró con un calor tan real que me obligó a apretar la mano contra su abrigo.

Por el rabillo del ojo vi cómo la misma reacción se reproducía en él: la línea en su antebrazo se oscureció y pareció latir, como si el grabado de mi nombre respondiera al contacto.

El calor subió por mi yugular y se mezcló con las lágrimas.
El pulso en su brazo era idéntico al mío, como si una soga invisible nos uniera desde dentro.

La quemazón de la marca subió por mi piel, y antes de que pudiera respirar, algo dentro de mí se abrió en seco.

La nieve caía igual aquella noche.

No veía rostros.
No veía nombres.
Solo sombras blancas.

Yo era apenas una niña, temblando en el patio del convento.
Mis manos estaban heladas, mis rodillas raspadas.

Un abrigo cayó sobre mis hombros.
Unas manos pequeñas, temblorosas pero firmes, me envolvieron.

«No llores, Irina… Si lloras, ellos ganan».

La voz era cálida, desesperada.
La conocía sin conocerla.

Intenté alzar la vista, pero su rostro era un hueco de luz.
Una memoria arrancada.
Un hermano cuyo nombre sabía… pero cuya cara mi mente se negaba a devolverme.

El flashback se cortó como un latigazo.

Volví a la realidad jadeando, con las uñas clavadas en el abrigo de Nikolai.

Y sin embargo… aquí estaba.
Temblando de nuevo.
Dejándome sostener por alguien que no debería significar nada para mí.

Alguien que debía ser mi enemigo.

Tragué saliva, intentando apartar ese nudo en la garganta, pero Nikolai no me soltó.

Su mano en mi espalda trazó un leve movimiento, casi imperceptible, como si supiera que las grietas que no se ven son las que más duelen.

—A veces —murmuré, apenas audiblemente— no sé si sigo siendo esa niña o si ya me convertí en algo peor.

—No —respondió Nikolai sin vacilar—. Te convertiste en alguien que sobrevivió.

Sus palabras se quedaron suspendidas en el aire, pesando más que la penumbra que nos acechaba.

_Pov: Nikolai_

No me moví al principio.

Ella estaba de espaldas, los hombros tensos, el cabello oscuro pegado a la piel húmeda por la nieve y las lágrimas.

La Sombra.
La mujer que todos temían.

Y aun así, en ese momento parecía tan humana que dolía mirarla.

Podría haberme ido.
Debería haberlo hecho.
Pero algo en mí —algo que no supe nombrar— me mantuvo ahí.

Mis manos estaban frías, y no por el clima. Era la duda… o el miedo. Miedo a acercarme demasiado. Miedo a descubrir que lo que sentía por ella no era simple curiosidad, sino una herida abierta.

Di un paso, luego otro.
Cada crujido de la nieve bajo mis botas me sonó demasiado fuerte.




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