Nalia avanzaba en silencio, rodeada de un bosque oscuro y espeso que parecía haber sido olvidado por el tiempo. El aire era denso y húmedo, impregnado de una mezcla de musgo y tierra mojada que lo hacía casi irrespirable. Árboles enormes, cubiertos de raíces enredadas y hojas anchas, se alzaban sobre ella como si quisieran tragársela, bloqueando la luz de la luna y sumiendo todo en una penumbra amenazante. A cada paso, sus sentidos permanecían alerta, sintiendo la presencia de algo oscuro y poderoso que la acechaba desde las sombras.
El sonido de las hojas crujientes bajo sus pies resonaba en el silencio sepulcral, pero Nalia no parecía inmutarse. Sus pasos eran firmes y calculados, y en su rostro no había miedo, sino una calma fría que solo podía pertenecer a alguien que había librado mil batallas. Su figura se movía con una gracia sobrenatural, como si formara parte de la oscuridad misma, una sombra más entre las sombras.
Con cada paso, las marcas negras en sus brazos y hombros parecían palpitar, reaccionando al poder de Hades que se hacía más presente a medida que se acercaba a su objetivo. Las líneas oscuras emitían un tenue brillo violáceo, como si se alimentaran de su propia energía para recordarle que era una herramienta del dios de los muertos. Sabía que no había vuelta atrás: su existencia estaba atada a la voluntad de Hades y a la cacería de criaturas que él consideraba una amenaza.
De repente, el crujido de una rama la sacó de sus pensamientos. A unos metros de distancia, una criatura surgió entre los árboles. Era una abominación, una bestia más grande que un hombre, con un cuerpo retorcido y cubierto de escamas grisáceas que relucían bajo la tenue luz lunar. Su rostro era una mezcla grotesca entre humano y bestia, con colmillos afilados y ojos rojos que brillaban con un odio intenso. En su pecho, un símbolo oscuro parecía arder como un fuego negro, un sello que lo ataba a los dominios de Hades y le confería una fuerza sin igual.
Nalia apretó los dientes y desenfundó su espada. La hoja era oscura y afilada, forjada en el inframundo con un metal que parecía absorber la luz. En su empuñadura, grabados antiguos brillaban con la misma intensidad violácea que sus marcas, conectándose a su poder.
La criatura lanzó un gruñido, mostrando sus colmillos manchados de sangre seca, y se abalanzó hacia ella. Nalia reaccionó al instante y se movió con una velocidad y precisión sobrehumanas, como si ya conociera cada movimiento que la bestia haría. Dio un salto hacia un lado, esquivando el golpe de la criatura, y aprovechó su posición para girar y lanzarse con un corte limpio a lo largo de su costado. Su espada cortó la carne de la bestia con facilidad, y un líquido oscuro comenzó a manar de la herida, desprendiendo un hedor repulsivo.
Pero la criatura no se detuvo. Con una agilidad inesperada, giró y lanzó su garra hacia la chica, quien apenas logró retroceder a tiempo. Sintió el aire desplazado por la velocidad del ataque y supo que, de haber sido alcanzada, esa garra habría rasgado su piel y sus huesos sin piedad.
Retrocedió un par de pasos, evaluando la situación. La bestia era rápida y fuerte, y su resistencia parecía ilimitada, como si la energía de Hades la estuviera alimentando. Sin embargo, ella no era una cazadora común. Levantó una mano y, de entre las sombras, convocó una esfera oscura que giraba y palpitaba en su palma. Las sombras que la rodeaban se concentraron en su mano para acumularse en una esfera compacta de pura energía oscura. La arrojó hacia la bestia, y la esfera se dispersó en una niebla negra que envolvió a su enemigo, debilitándolo al instante.
La criatura soltó un alarido de dolor mientras se sacudía para librarse de la niebla, pero la joven aprovechó su distracción para lanzarse de nuevo al ataque. Esta vez, no dudó. La espada se hundió en el cuello de la bestia, cortando profundamente hasta que el cuerpo cayó pesadamente al suelo, inmóvil. El alarido del monstruo se apagó, y el silencio regresó al bosque.
Nalia retiró la espada y la limpió, observando con frialdad el cadáver de la criatura. Había sido una batalla corta, pero la energía oscura en el aire le recordaba que no era una simple victoria. Cada vez que usaba su poder, cada vez que obedecía a Hades, una parte de ella se perdía, consumida por la oscuridad. Sabía que esta misma energía la reclamaría.
Suspirando, giró y comenzó a caminar de regreso. Mientras avanzaba, el paisaje del bosque cambiaba lentamente, como si el mismo lugar estuviera reaccionando a su presencia. Los árboles parecían inclinarse hacia ella, y las sombras se volvían más densas, como si la noche quisiera atraparla en su abrazo eterno.
Caminó hasta encontrar un claro iluminado tenuemente por la luna, un lugar que contrastaba con la opresiva oscuridad del bosque. El aire aquí era fresco, y los aromas del musgo y de la hierba húmeda eran más intensos. El suelo estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus botas, y en el centro, un pequeño manantial emanaba agua cristalina que fluía con calma, como si fuera el último vestigio de pureza en un mundo corrompido.
Nalia se arrodilló junto al manantial y sumergió las manos en el agua fría para limpiar la sangre oscura que había quedado en sus dedos tras el combate. Observó cómo el agua se oscurecía al contacto con la mancha, y se preguntó si alguna vez lograría deshacerse de la marca de Hades que llevaba en su alma. El claro era su refugio, un lugar en el que encontraba una paz momentánea, una pausa en su interminable ciclo de cacerías.
Pero el momento fue interrumpido cuando sintió una presencia a su espalda. Sus sentidos se activaron, y su mano se movió hacia la empuñadura de la espada. Sin embargo, al girarse, no encontró una amenaza, sino una figura espectral, un espíritu atrapado entre la vida y la muerte. Parecía un alma perdida, sin forma definida, mas sus ojos espectrales brillaban con una tristeza profunda.