Nalia no recordaba haberse quedado dormida. La noche era un manto eterno sobre sus hombros, y el cansancio físico que pesaba sobre ella nunca solía llevarla al sueño. Pero esta vez, el agotamiento tras el combate y el peso de sus pensamientos la habían arrastrado a un sueño profundo, más allá de su control.
Todo comenzó con un susurro, uno que resonaba en la vasta oscuridad, al principio distante, como el eco de algo perdido, pero que fue creciendo hasta rodearla por completo. La chica sentía que su cuerpo se deslizaba hacia abajo, como si estuviera siendo absorbida por un abismo sin fondo. La oscuridad era fría y densa, y no podía ver nada más allá de un par de metros. A cada lado, figuras fantasmales se movían en el límite de su visión, como sombras que se deslizaban entre las sombras, vigilantes y expectantes.
De repente, el paisaje cambió.
Nalia estaba en el corazón del inframundo. Frente a ella se extendía una llanura infinita de terreno estéril, desprovisto de vida. Un cielo ceniciento se alzaba sobre su cabeza, cubierto de nubes negras que giraban en espirales lentas, como si algo las estuviera absorbiendo hacia el centro de una tormenta que nunca terminaba de desatarse. En el aire flotaba un olor metálico y acre, como a sangre oxidada y a cenizas, para recordarle que el inframundo no conocía la frescura ni la vida.
Caminó unos pasos y notó el suelo bajo sus pies: era rocoso, agrietado, y de cada grieta surgía un humo negro que serpenteaba hacia el cielo. Las piedras emitían un calor enfermizo, y sus pies parecían hundirse en cada paso, como si el terreno intentara aferrarse a ella, exigiendo que formara parte de su oscura tierra. No era solo una visión: era una llamada que penetraba en lo más profundo de su ser.
En la distancia, la joven vio algo moverse. Era una enorme figura, apenas visible en medio de la penumbra, pero que irradiaba una energía sofocante, una mezcla de poder y desesperación. Hades. Aunque no podía distinguir su rostro, sabía que era él, la fuente de su condena y su amo. Mas esta vez, el dios no se presentaba como alguien lejano. Su figura parecía encorvada, casi vulnerable, mientras murmuraba palabras incomprensibles a un remolino de sombras.
La energía en el aire aumentó de golpe. Nalia sintió una presión en el pecho, como si el inframundo entero estuviera presionando contra ella, y una voz surgió, no desde Hades, sino desde las profundidades mismas del suelo: "Tu tiempo se agota, Nalia."
El tono de la voz era sereno, aunque implacable, y resonaba dentro de ella como si fuera parte de su propio pensamiento. La muchacha quiso responder, pero no encontró palabras. Se limitó a seguir avanzando hacia Hades, con cada paso más lento y pesado que el anterior, como si el aire se volviera sólido y resistiera su avance.
Antes de llegar a donde estaba el dios, un río oscuro y denso apareció frente a ella. Era el Estigio, el río que separaba a los vivos de los muertos, cuyas aguas llevaban las almas de los condenados. La corriente era tan lenta que apenas parecía moverse, mas el agua no era agua, sino una sustancia oscura y viscosa que atrapaba y arrastraba todo a su paso. Rostros distorsionados surgían de la superficie, con sus bocas abiertas en gritos mudos de desesperación, alargando sus manos espectrales hacia ella, como si quisieran arrastrarla hacia las profundidades.
Una barca apareció, surgiendo de la neblina del río. A bordo, un ser cubierto con una capucha gris guiaba el pequeño bote con un largo remo de hueso. Nalia lo reconoció al instante: Caronte, el barquero. Sin palabras, el espectro la miró con sus ojos sin vida, y ella entendió que debía subir. Caminó con cautela, sintiendo que sus pies no tocaban tierra, sino que parecían flotar hacia el barquero, atraída por una fuerza invisible que no podía resistir.
La barca avanzó por el río con lentitud, y la chica miró a su alrededor. El paisaje estaba envuelto en sombras grises, y en las orillas se levantaban figuras de aspecto triste y errante, almas que nunca hallarían descanso. Algunas lloraban en silencio, otras parecían mirar fijamente al vacío, y unas pocas más intentaban acercarse al agua, pero al tocarla, sus cuerpos se desvanecían en una nube de ceniza que se disipaba en el aire. Era un recordatorio brutal de lo que le esperaba si continuaba sirviendo a Hades.
—No hay paz en este lugar, Nalia —habló Caronte en voz baja, sin siquiera girarse hacia ella. Sus palabras fueron un susurro helado que se perdió en el viento sombrío, pero resonaron en su mente como un eco persistente.
Nalia sintió una punzada de inquietud. Por un momento, deseó no continuar, mas la barca seguía su curso, avanzando sin detenerse.
Finalmente, la barca se detuvo en la otra orilla. Frente a ella se alzaba la Ciudad de los Olvidados, una vasta extensión de ruinas que una vez había sido un lugar de grandeza, pero que ahora estaba en decadencia. Edificios desgastados, cubiertos de una pátina de polvo y ceniza, se alzaban de manera irregular. Sus muros estaban cuarteados, y las estatuas que adornaban sus calles eran solo sombras de lo que alguna vez habían sido, desgastadas por la eternidad y el olvido.
Nalia comenzó a caminar mientras se sentía pequeña y frágil en medio de aquella grandeza oscura. Era un lugar construido para recordar que la gloria era efímera y que, al final, todos caían ante el tiempo y el poder del inframundo. A medida que avanzaba, rostros sin nombre y sin forma aparecían en cada rincón, mirándola con una mezcla de tristeza y resentimiento. Eran las almas de los olvidados, aquellos que ni siquiera los dioses recordaban ya.