Sombras del inframundo

Capítulo 4

La noche era profunda en el inframundo, una oscuridad que parecía tener peso propio, una espesura que aplastaba a cualquiera que la habitara, recordando a los vivos y a los muertos que no había escape de aquel reino de sombras. En medio de este vacío, Egan caminaba en silencio. No era un humano corriente ni un espectro atrapado; era algo más, algo diferente, algo oscuro que había sido creado y condenado en igual medida.

Egan era un guerrero de ojos oscuros y profundos, pero en esos ojos había algo inusual, un destello de humanidad que Hades no había podido arrebatarle del todo. Era alto, de complexión robusta y con una presencia que imponía respeto y temor a la vez. Llevaba armadura, aunque no de metal, sino de una sustancia que parecía sombra y acero entrelazados, una combinación creada por la voluntad del dios y la esencia de los condenados. Esa armadura era una extensión de su cuerpo, siempre fría al tacto, como si cada una de sus placas estuviera sellada con el hielo de la muerte misma.

El chico se encontraba en el Valle de las Sombras Eternas, un lugar apartado en los límites del inframundo, donde incluso los espectros temían adentrarse. Este era un territorio vasto y yermo, sin árboles ni vegetación, solo rocas negras y formaciones que parecían manos esqueléticas surgiendo del suelo, como si las sombras mismas se alzaran para intentar atrapar a quien se acercara demasiado. El aire era denso, pesado, cargado de un olor a tierra húmeda y metal oxidado, y el silencio era tan profundo que cada paso parecía resonar con fuerza.

En el horizonte, una bruma espesa se extendía, cubriendo la lejana y difusa silueta de las montañas sombrías, picos irregulares que se alzaban hacia el cielo en un gesto de desafío, como si quisieran rasgar el velo de la oscuridad que dominaba el mundo de los muertos. En el Valle, solo los que habían sido bendecidos, o maldecidos, con la oscuridad de Hades podían caminar sin miedo. Allí, donde el día nunca llegaba, el tiempo perdía sentido, y los ecos de las almas atormentadas parecían fundirse con la tierra misma.

Egan avanzaba entre las rocas, recordando la vida que había dejado atrás, la libertad que había sacrificado. Su pacto con el dios le había salvado la vida en su juventud, pero lo había atrapado en una servidumbre eterna, un contrato sellado con sangre y sombras, del cual ni siquiera la muerte lo libraría. Con cada paso, sentía el peso de su condena, como si una cadena invisible lo arrastrara de regreso cada vez que pensaba en el mundo de los vivos.

Años atrás, el muchacho había sido un joven guerrero, fuerte y valeroso. Su vida había sido dura y sin lujos, pero le había dado una razón para luchar, un propósito. Y en un momento de desesperación, había hecho el pacto con Hades. Lo había sellado en la base de un antiguo altar, oculto en una caverna donde el eco de su propia voz parecía resonar eternamente. La promesa del dios era clara: le otorgaría poder para vencer a sus enemigos y mantener a su pueblo a salvo, mas el precio sería su alma y su libertad. Egan, cegado por la necesidad y la responsabilidad, aceptó.

Desde entonces, había sido un instrumento en manos del dios. En lugar de encontrar la paz o el honor de la muerte que esperaba como guerrero, se había convertido en una criatura atrapada en la eternidad, enviada a cumplir las misiones más oscuras y peligrosas del inframundo. Y Hades no mostraba piedad; Egan no era más que un recurso, una herramienta, alguien sin derecho a elección o descanso.

Egan caminó hasta la Ciudadela de Sombras, una fortaleza que Hades había construido como punto de vigilancia sobre el Valle. La Ciudadela era inmensa y majestuosa en su forma, hecha de piedras oscuras que absorbían la luz, dándole la apariencia de una grieta en el paisaje, un abismo en medio del terreno desolado. Las torres se alzaban hacia el cielo, retorcidas en formas imposibles, como si fueran las mismas sombras quienes las moldearan. El edificio parecía moverse ligeramente, una ilusión creada por la energía caótica que emanaba de su interior.

Al entrar en la Ciudadela, el silencio del exterior fue reemplazado por murmullos. Eran los ecos de las almas atrapadas en las paredes, almas que habían intentado desafiar al dios y que ahora formaban parte de la estructura misma, atrapadas para siempre en el concreto oscuro. Estas almas susurraban en un lenguaje incomprensible, fragmentos de sus vidas, sus sueños, sus recuerdos, formando un coro inquietante que acompañaba a todos los que caminaban por los pasillos.

Egan avanzó hacia la gran sala central, un salón amplio y frío, con muros cubiertos de runas antiguas que brillaban débilmente en tonos azul y púrpura, como fuego fatuo. En el centro de la sala había una figura tallada en mármol negro, una estatua de Hades que se alzaba con su mirada fija en el vacío, con sus ojos de piedra reflejando el dominio sobre los muertos. El chico sabía que la estatua era más que un adorno; era un vigilante silencioso, una extensión de la voluntad de Hades en la Ciudadela.

Al detenerse frente a la estatua, el joven sintió cómo una energía antigua y poderosa envolvía la sala. Desde las sombras surgió una figura que parecía una proyección oscura de él mismo. Era una sombra de ojos sin vida y piel etérea, una versión oscura de sí mismo que representaba sus pecados, sus dudas y su condena. La figura lo miraba con una expresión que reflejaba tanto desprecio como comprensión, como si fuera la encarnación de su propio destino.

—Egan, hijo de la tierra, hijo de la sombra —dijo la figura, con su voz resonando en un tono bajo y firme—. ¿Qué has aprendido en tus años de servicio?




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