Sombras del inframundo

Capítulo 6

Nalia se encontraba en la sala de audiencias de Hades, una estancia que rara vez pisaba y que imponía su propia ley de silencio. Las paredes eran de un negro mate que absorbía la luz de las antorchas y mantenía un constante crepitar de llamas azuladas, como si el fuego mismo supiera que no podía brillar completamente en presencia del dios de la muerte. La sala era fría, a pesar de las brasas encendidas, y el aire estaba cargado de un aroma metálico y húmedo, que recordaba a una tormenta lejana sobre un campo de batalla.

En el fondo de la sala, sentado en un trono esculpido en piedra volcánica, estaba Hades. Su figura era solemne, casi inmóvil, y su presencia llenaba cada rincón de la estancia. Sus ojos oscuros parecían ver más allá de los muros de su reino, mientras que su voz, profunda y serena, cortaba el silencio como una hoja de obsidiana.

—Nalia —dijo finalmente, sin apartar su mirada de algún punto distante en el aire—, tengo una misión para ti. Algo que, si tienes éxito, podría cambiar el curso de tu destino.

La chica se arrodilló, con la respiración contenida mientras aguardaba la orden que el dios estaba a punto de darle. La idea de cambiar su destino, de poder escapar de su eterna servidumbre, resonaba en su interior con una mezcla de esperanza y temor. Era raro que él mencionara algo sobre su futuro, y la mera posibilidad de escapar de su condena la llenaba de una inquietud que luchaba por mantener bajo control.

—Hay una reliquia que debes encontrar —continuó—. Se llama el "Corazón de Erebos". Esta reliquia es una gema antigua, formada a partir de la oscuridad más pura de los abismos, un fragmento de las sombras primigenias. Contiene un poder capaz de alterar el equilibrio entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

La joven asintió con lentitud, procesando las palabras de Hades. El "Corazón de Erebos" no era una simple gema; era una fuente de poder prohibida, algo que incluso los dioses consideraban peligroso. Sin embargo, la misión le daba un propósito claro y la promesa de cambiar su destino la empujaba a aceptar sin cuestionar.

—¿Dónde debo buscarla, mi señor? —preguntó con voz firme, aunque su mente ya se llenaba de preguntas.

El dios alzó una mano, y un mapa antiguo apareció flotando frente a ella, hecho de un pergamino negro y cubierto con tinta dorada que resplandecía como estrellas en una noche oscura. El mapa mostraba varios lugares del inframundo, lugares que ella había visitado en sus siglos de servicio, pero también incluía un punto desconocido, un territorio apartado en el que la oscuridad se volvía tan densa que ni siquiera las almas perdidas se aventuraban a cruzarlo.

—En las Cuevas de Letum —indicó Hades, señalando un punto en el mapa—. Están en los límites más profundos del Inframundo, donde las sombras son tan densas que cualquier ser vivo perecería. Tendrás que cruzar esas cavernas y llegar al corazón de la montaña para encontrar la reliquia.

Las Cuevas de Letum. Nalia había oído historias de aquel lugar: un laberinto de pasadizos que llevaban a un vacío eterno, donde las sombras parecían cobrar vida propia y las almas eran absorbidas por un frío tan intenso que hasta los espectros temblaban. Era un lugar de leyendas, una prisión natural para aquellos que habían caído en las profundidades del Inframundo y nunca regresaron.

—Haré lo que me pides, mi señor —prometió, inclinando la cabeza.

Hades hizo un leve gesto de asentimiento y la despidió con un movimiento de su mano. La muchacha se levantó y salió de la sala con el mapa entre sus manos y sus pensamientos arremolinados mientras recorría los pasillos de la Ciudadela de Sombras. Su mente oscilaba entre la esperanza y el miedo, entre el deseo de encontrar la reliquia y la aprehensión que le provocaba la idea de adentrarse en las Cuevas de Letum.

A las pocas horas, Nalia se encontraba en el umbral del Inframundo. Las vastas llanuras que lo rodeaban estaban desoladas, cubiertas de polvo gris que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Era un paisaje árido, lleno de montículos rocosos que se asemejaban a tumbas antiguas y árboles marchitos que parecían estirarse hacia el cielo en un intento desesperado de atrapar la luz que nunca llegaba. El aire era frío, incluso para alguien como ella, y un viento suave levantaba partículas de ceniza que giraban en remolinos, creando sombras fugaces que parecían danzar al borde de su visión.

Con paso firme, comenzó su viaje hacia las Cuevas de Letum. El mapa la guiaba hacia el este, cruzando el Río del Olvido, un afluente del Estigia que solo los muertos más antiguos conocían. Su curso era lento y denso, con aguas oscuras que parecían arrastrar consigo los recuerdos de todos aquellos que alguna vez habían querido olvidar. Cruzó el río sobre un puente de piedra, con su estructura antigua cubierta de musgo negro y enredaderas secas. A cada paso, podía sentir cómo el río intentaba atraerla, llamándola con murmullos susurrantes, ofreciendo una paz ilusoria que sabía bien que no podía aceptar.

Al otro lado del río, el terreno comenzó a inclinarse hacia arriba para convertirse en un paisaje montañoso. Las sombras se volvieron más espesas, proyectando figuras extrañas y fantasmales que parecían moverse y cambiar de forma a medida que ella avanzaba. Sabía que no eran reales, sino un eco de los lamentos y penas que impregnaban el Inframundo. Sin embargo, la sensación de estar vigilada era tan fuerte que instintivamente llevó una mano a su daga, preparada para cualquier amenaza.




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