Sombras del inframundo

Capítulo 7

Nalia comenzó su viaje con el Corazón de Erebos escondido dentro de un amuleto de hierro colgado en su cuello, una protección improvisada que apenas podía contener la fuerza primigenia de la gema. A cada paso que daba, sentía el peso del objeto sobre su pecho, como si una carga invisible tratara de retenerla. El mapa le había mostrado el camino inicial, mas sabía que la verdadera prueba comenzaría ahora, en un territorio plagado de desafíos y misterios, un laberinto del Inframundo donde muy pocos habían sobrevivido.

El terreno a su alrededor era inhóspito, un paisaje de tierra gris, resquebrajada, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La superficie era dura, casi cristalina, reflejando ocasionales destellos rojos provenientes de las profundidades bajo sus pies, como si la tierra misma ocultara llamas que querían brotar a la superficie. La chica miraba de vez en cuando esos reflejos con cautela; sabía que era peligroso bajar la guardia en aquel lugar, pues en cualquier momento el terreno podía traicionarla.

El primer obstáculo era el Desierto de Cenizas, un vasto mar de polvo y roca que absorbía la luz y parecía opacar el entorno. Los vientos allí eran helados, levantando una neblina de cenizas que limitaba la visibilidad a unos pocos metros. Las partículas suspendidas en el aire se adherían a su piel para cubrirla de una capa de gris apagado que le daba una apariencia fantasmagórica. El aire era seco, difícil de respirar, y cada paso que daba la acercaba más al borde de sus fuerzas.

El desierto parecía interminable, y la monotonía de sus pasos solo era interrumpida por sombras en la distancia, figuras que se movían y desaparecían en un abrir y cerrar de ojos. No podía ver con claridad, pero había oído historias sobre las almas errantes atrapadas allí. Decían que aquellos que habían sido condenados a vagar sin descanso se convertían en sombras, simples fragmentos de lo que alguna vez fueron.

Mientras avanzaba, Nalia comenzó a sentir una extraña sensación de pesadez en su pecho. La gema en su amuleto vibraba levemente, como si reaccionara a algo en el ambiente. Sin previo aviso, una figura oscura emergió de la neblina de cenizas para desplazarse sin sonido hacia ella. La joven reaccionó al instante, desenvainando su daga y en alerta. La figura, sin embargo, no era sólida; era una sombra, una mera ilusión que se desvaneció en cuanto trató de atacar.

Respirando profundamente para calmar su corazón acelerado, comprendió que el desierto no solo ponía a prueba la resistencia física, sino también la mental. Era un lugar que jugaba con los temores y las dudas de quienes se aventuraban en él, un desafío que no podía enfrentarse solo con fuerza, sino con firmeza de espíritu.

Tras lo que le parecieron horas de marcha agotadora, Nalia dejó atrás el desierto y llegó a un terreno aún más desconcertante: el Valle de las Lágrimas. Aquí, el suelo estaba cubierto de piedras lisas y húmedas, como si alguien hubiese rociado cada rincón con lágrimas cristalizadas. A lo lejos, el sonido de un río resonaba con suavidad, pero cuando llegó hasta él, descubrió que no era un río común. Las aguas eran oscuras y brillaban bajo una luz antinatural, una corriente lenta y espesa que llevaba consigo destellos de rostros atrapados en su superficie.

Nalia sabía que ese no era un río normal, sino el río Acheron, el río del dolor, por donde fluían los lamentos de las almas en pena. Su reflejo distorsionado en las aguas parecía observarla con atención, como si los mismos rostros quisieran advertirla de algo. Se apartó rápidamente de la orilla, consciente de que aquellos espíritus podían atraerla hacia su destino final si bajaba la guardia.

El valle parecía vivo, como si la atmósfera en sí estuviera impregnada de una pena insondable. Cada paso se sentía como un eco en la eternidad, y la desesperación y soledad de los espíritus se filtraban en sus pensamientos, como un veneno lento y persistente. Era un lugar de agonía silenciosa, donde incluso ella, con su corazón endurecido, podía sentir el peso de la tristeza.

La siguiente parada en su camino la llevó hacia una estructura antigua y medio derruida: el Templo de los Susurros. A simple vista, era un edificio modesto, hecho de piedra oscura y rodeado de estatuas caídas y columnas desgastadas. Sin embargo, a medida que se acercaba, Nalia sintió cómo una energía misteriosa emanaba de sus muros, como si el templo en sí albergara secretos antiguos.

Al cruzar el umbral, un eco de voces la envolvió. No eran gritos ni lamentos, sino susurros tenues, palabras que no podía entender completamente, pero que parecían invocar sus propios recuerdos y pensamientos. La estructura interna del templo estaba diseñada en círculos concéntricos, y cada paso que daba hacia el centro hacía que los susurros se intensificaran.

Las paredes estaban cubiertas de inscripciones en una lengua antigua que la chica apenas reconocía, símbolos y patrones que parecían retorcerse y moverse bajo su mirada. Era una lengua muerta, la misma en la que había leído antiguamente sobre el Corazón de Erebos y los poderes que este podía despertar. Comprendió entonces que el templo servía como un recordatorio de los peligros del poder oscuro, una advertencia para aquellos que, como ella, buscaban cambiar su destino sin medir las consecuencias.

En el centro del templo, un pedestal sostenía una esfera de cristal oscuro que reflejaba su imagen distorsionada. Al acercarse, sintió un frío que se extendía desde la esfera hasta sus huesos, como si algo en su interior quisiera detenerla. La esfera comenzó a emitir una tenue luz púrpura, y los susurros se intensificaron, casi para hacerse un grito en su mente.




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