Egan avanzaba con una resolución que había tardado años en cristalizar. La posibilidad de encontrar la reliquia y utilizarla para rebelarse contra Hades lo llenaba de un fuego que hacía tiempo no sentía. El Corazón de Erebos no solo era una leyenda, sino una promesa de poder absoluto. Si lograba apoderarse de la reliquia, podría hacer lo impensable: desafiar al dios que había condenado su existencia y finalmente vengarse.
La búsqueda lo llevó a un lugar remoto en las profundidades del Inframundo: las Ruinas de Obsidiana. Era un sitio casi olvidado, donde solo las almas más antiguas y malditas recordaban que alguna vez existió una civilización poderosa. Las ruinas eran desoladoras, construidas con altos pilares de obsidiana negra que reflejaban la penumbra del inframundo en sus superficies brillantes, como espejos oscuros que contenían el peso de siglos de tragedias y guerras.
A su alrededor, el suelo estaba cubierto de fragmentos de cristal y huesos desgastados, una mezcla de restos humanos y materiales que parecían haberse fundido en una tormenta de fuego. La atmósfera era tan opresiva que parecía congelar el aire. Cada paso era un eco hueco que se deslizaba entre las ruinas, siendo absorbido por las sombras, y no dejaba rastro. Él conocía ese silencio, ese vacío donde el tiempo se desvanecía, pero la urgencia en su corazón le recordaba que esta vez tenía un propósito distinto.
Concentrado, comenzó a inspeccionar los restos de las construcciones. Sabía que el Corazón de Erebos era un artefacto de inmenso poder, y si alguna señal lo conducía hacia él, debía hallarla aquí. Entre las ruinas había símbolos grabados, arcos caídos y pilares marcados con inscripciones en lenguas olvidadas. Egan pasaba sus dedos sobre estas marcas, buscando algo, alguna pista que pudiera guiarlo.
A medida que avanzaba por las ruinas, una presencia comenzó a inquietarlo. Las sombras se movían, deslizándose por las paredes de obsidiana y creando figuras amorfas que parecían observar cada uno de sus movimientos. Sabía que aquellos no eran simples reflejos, sino las sombras de antiguos guardianes, espíritus que habían sido atados eternamente a las ruinas para proteger los secretos de aquellos que los habían creado.
Mientras continuaba, se adentró en un estrecho pasaje entre dos muros colapsados. El lugar era angosto, obligándolo a moverse con cautela. El silencio aquí era total, roto solo por un murmullo bajo y lejano, como el sonido de un río subterráneo. El murmullo, sin embargo, no era agua, sino las voces de las almas en pena que aún vagaban entre las ruinas, susurrando en lenguas ininteligibles.
El corredor se volvía más oscuro con cada paso, y el chico percibía una energía extraña, casi como si el aire vibrara con una frecuencia desconocida. Sabía que los susurros no eran amenazas físicas, mas estaban diseñados para influir en la mente, para despertar los miedos y las dudas más profundas. Sin embargo, él estaba decidido; aquellos lamentos no lograrían desviarlo.
El pasaje lo condujo a una cámara subterránea donde las voces parecían alcanzar su clímax, y al mismo tiempo se desvanecían en un silencio sepulcral. La habitación estaba adornada con antiguas estatuas de criaturas híbridas, una mezcla de humanos y bestias, con rostros grotescos que parecían retorcerse en una expresión de sufrimiento eterno. Era un lugar diseñado para infundir miedo, para intimidar a quienes osaran buscar los secretos que allí yacían.
En el centro de la cámara había un altar cubierto de polvo y sombras. Sobre él descansaba una figura esculpida en piedra negra, en la cual reconoció una representación del propio Hades. La expresión en la estatua era fría e impasible, mas sus ojos parecían seguirlo, vigilando con un desdén silencioso. Sabía que el dios de los muertos no tomaba amablemente la intromisión de nadie en sus dominios, pero él no retrocedería.
Mientras estudiaba el altar, notó un pequeño relieve tallado en la base de la estatua. Era el símbolo del Corazón de Erebos, un diseño intrincado de líneas que se unían en un círculo, rodeado por lo que parecían ser llamas y sombras entrelazadas. Al acercarse, sintió un destello de energía que lo sacudió, una advertencia. El símbolo resonaba con un poder tan profundo que podía percibirlo sin tocarlo.
La pista en el altar lo llevó a continuar su búsqueda hasta el Lago Estigio, una masa de agua inmóvil y oscura como el carbón, ubicada al otro lado de las ruinas. Este lago, uno de los más temidos del Inframundo, era un lugar de castigo, donde las almas condenadas eran arrastradas a sus profundidades sin esperanza de escape. Sabía que nadie entraba al lago y regresaba ileso, y que la orilla misma era peligrosa.
Egan observó la superficie, esperando ver algún indicio de lo que buscaba. El agua no reflejaba el entorno; en lugar de eso, mostraba imágenes de un pasado distante, fragmentos de las almas que una vez estuvieron vivas y que ahora solo eran sombras en aquel vacío eterno. Aquí, los reflejos actuaban como espejos hacia los recuerdos de los condenados, atrapando sus penas y sus miedos en las profundidades.
Decidido a no ceder a los horrores del lago, cerró los ojos y se concentró. Sabía que el Corazón de Erebos estaba cerca, y que el poder que lo rodeaba podía resonar con el lago. Extendió una mano hacia la superficie, permitiendo que su propia esencia de sombra se mezclara con el agua, tratando de llamar a la reliquia desde el fondo de aquel abismo.
Para su sorpresa, una figura emergió de las profundidades, oscura y sin forma, una manifestación que parecía extenderse hacia él como un tentáculo hecho de pura sombra. La entidad lo observó, vacía y sin alma, pero llena de un hambre feroz. Era un guardián del lago, una criatura sin nombre ni propósito más allá de proteger los secretos de las aguas estigias.