Sombras del inframundo

Capítulo 10

El eco del último enfrentamiento aún resonaba en la memoria de Nalia y Egan mientras el tiempo parecía detenerse en las ruinas del Templo de los Desterrados. Ambos sabían que se necesitaban el uno al otro para recuperar la reliquia y hacer frente a Hades, pero la desconfianza latía como una presencia palpable entre ellos. Ambos mantenían la guardia alta mientras se estudiaban mutuamente y buscaban alguna señal de traición o debilidad.

Después de su combate, habían encontrado refugio en una antigua cueva cercana al templo. El lugar era oscuro, apenas iluminado por las llamas azules de las antorchas encendidas a lo largo de las paredes, y sus sombras danzaban en un juego de luces que hacía que el lugar pareciera vivo. El techo era alto, y las estalactitas colgaban de él como afilados colmillos, goteando agua que emitía un eco rítmico, dándoles la sensación de estar bajo el pulso de un gigante dormido.

El suelo era rocoso e irregular, con charcos de agua que reflejaban los destellos de las antorchas, y el aire, húmedo y denso, estaba impregnado de un aroma a tierra y sal. En el centro de la cueva, una losa de piedra antigua servía como asiento improvisado donde ambos se miraban en silencio, cada uno preguntándose si podía confiar en el otro.

Después de lo que pareció una eternidad, la chica rompió el silencio, pero su voz estaba cargada de cautela.

—No sé qué esperas conseguir con esta alianza. Tú no eres más que una sombra en la corte de Hades —sus palabras eran cortantes, pero su tono no era del todo hostil. Parecía, más bien, una advertencia.

Egan, sentado en el borde de la losa, la observó con una mezcla de escepticismo y un leve destello de furia. Sabía que ella no era alguien fácil de convencer, mas, al igual que él, estaba atada al dios, aunque con diferentes cadenas. Se reclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y la miró fijamente.

—Ambos estamos atrapados por él, ¿no es así? —su voz, grave y controlada, resonaba suavemente en la cueva—. No eres la única que quiere librarse de su control. Y la reliquia... podría ser nuestra única salida.

Los ojos de la joven brillaron con una mezcla de interés y desconfianza. Sabía que las promesas en el Inframundo eran tan frágiles como una chispa en la oscuridad, y él era, después de todo, una criatura moldeada por la traición y la condena. Sin embargo, la posibilidad de una salida, una verdadera escapatoria, era algo que la tentaba, aunque no quería admitirlo.

—Muy bien —respondió Nalia después de una pausa y entrecerrando los ojos—, si realmente deseas esta alianza, tendrás que demostrarlo. No confío en sombras sin rostro, y hasta ahora solo he visto oscuridad en ti.

El chico sonrió, un gesto que parecía más de desafío que de alegría. Levantó una mano, y de entre sus dedos comenzó a formarse una esfera de sombras densas para girar y retorcerse como una pequeña tormenta oscura que consumía la luz a su alrededor. Ella sintió la energía maligna que emanaba de esa esfera, algo que iba más allá de la simple manipulación de sombras. Era como si él fuera capaz de canalizar el odio mismo que Hades le había infligido para transformarlo en un arma.

—Este es mi poder —dijo Egan, con su tono cargado de amargura—. Hades lo creó para recordarme mi condena. Soy su sombra, una extensión de su ira, y esta energía... —la esfera de sombras creció para adquirir una forma retorcida y amenazante antes de disiparse en el aire— es el castigo y el arma que me dio. Con ella puedo desgarrar el alma de cualquier mortal, incluso la de aquellos que ya están muertos.

La muchacha observó con atención, y, aunque no lo admitió en voz alta, comprendió que la habilidad del joven no era algo que pudiera subestimarse. A su vez, sintió que era su turno de revelar algo sobre sí misma. Respiró hondo y se concentró en la energía que corría por sus venas, aquella que el dios había implantado en su ser. Con un leve movimiento de sus manos, invocó una serie de pequeñas flamas de un color azulado, llameantes pero gélidas al tacto, que comenzaron a rodearla, como si fueran un escudo.

—El poder de las sombras no me intimida —dijo, con un leve tono desafiante en su voz—. Yo controlo el Fuego Espectral. Este fuego es una extensión de mi propia alma, de mis emociones y recuerdos, y puedo usarlo para desvanecer cualquier sombra o espíritu que se atreva a acercarse demasiado.

Egan observó las llamas, fascinado por su color y la intensidad de la energía que desprendían. Sabía que aquel fuego no era una simple manifestación, sino una forma de vida que brotaba del alma misma de ella. Su respeto aumentó un poco más, aunque aún mantenía la precaución de no acercarse demasiado.

Ambos extinguieron sus poderes, quedando nuevamente bajo la suave luz de las antorchas. El eco de sus respiraciones llenaba la cueva, y la tensión entre ellos aún era palpable.

—Entonces, ¿por qué sigues sirviendo a Hades? —preguntó él, con su voz cargada de resentimiento—. Podrías huir, desaparecer en algún rincón del Inframundo y dejar que se olvide de ti.

Nalia lo miró con una mezcla de amargura y resignación.

—Hades no olvida, y tú lo sabes bien —respondió con un tono más apagado de lo habitual—. Huí una vez, y lo único que conseguí fue una vida aún más atada a él. No, escapar no es una opción. La única salida es destruir el vínculo que nos ata a él.

El muchacho asintió al comprender que compartían la misma desesperanza, la misma ira que los impulsaba. La idea de liberarse del dios, aunque aún incierta, comenzaba a tomar forma en su mente.




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