Sombras del inframundo

Capítulo 11

Nalia y Egan avanzaban por el desolado y temido territorio conocido como los Valles Perdidos, una región en los límites del Inframundo que incluso las almas errantes evitaban.

Los Valles eran un lugar donde el eco de lamentos flotaba en el aire, y el terreno parecía un reflejo de las pesadillas de quienes osaban cruzar. Las sombras se mezclaban con la niebla y las formas distorsionadas de antiguas criaturas talladas en piedra, cuyos ojos vacíos parecían seguir cada movimiento.

Los dos viajaban en silencio, cada uno atento a cualquier señal de peligro y cuidando de no bajar la guardia, conscientes de que el menor descuido en este lugar podría ser fatal. El suelo era fangoso y traicionero, y un hedor a carne podrida y azufre los rodeaba, haciendo casi imposible respirar sin entrecerrar los ojos. De vez en cuando, una ráfaga de viento traía el lejano susurro de lamentos perdidos, una advertencia de que algo estaba siempre al acecho.

La densa niebla cubría el suelo, formando figuras grotescas que serpenteaban alrededor de sus pies. Por momentos, la niebla parecía formar rostros fugaces de almas atrapadas, atrapadas entre la vida y la muerte, buscando la paz que nunca encontrarían.

Ambos avanzaban, tensos, cuando una vibración poderosa sacudió el suelo bajo ellos, obligándolos a detenerse de inmediato. Nalia apretó la empuñadura de su espada, mientras Egan extendía sus manos, preparado para invocar sus sombras.

El suelo comenzó a abrirse y agrietarse, y un rugido bajo y profundo, como un trueno en el corazón de la tierra, resonó desde las profundidades de las grietas.

—¿Qué es eso? —preguntó ella en voz baja, tratando de mantener la calma.

Él escaneó los alrededores, con su rostro rígido.

—Algo más que una sombra —respondió—. Una criatura del Inframundo, y parece que sabe que estamos aquí.

Del centro de las grietas emergió una figura colosal, cubierta de un manto de sombras que se dispersaba en la niebla. Era una bestia de múltiples cabezas y con garras tan afiladas que parecían capaz de cortar el aire mismo. Sus ojos, rojos y centelleantes, se fijaron en ellos, reflejando hambre y maldad pura.

La criatura, conocida como un Drakaith, era una de las bestias que servían como guardianes en las zonas prohibidas del Inframundo, una presencia letal creada para devorar cualquier cosa que intentara escapar o entrar en territorios prohibidos.

El monstruo avanzó hacia ellos, con sus garras rasgando el suelo y dejando marcas profundas en el suelo lodoso. La chica, sin dudarlo, levantó su mano y conjuró las llamas azules del Fuego Espectral, una cadena de fuego que giraba a su alrededor, ardiendo con un calor gélido. Las llamas no solo emitían luz; también absorbían el miedo de quien las contemplaba, dándole a la muchacha un aura que imponía respeto y peligro.

El chico, por su parte, se sumergió en sus sombras, dejando que se arremolinaran a su alrededor en una forma compacta, como una niebla densa que lo hacía casi invisible. Desde esa posición, lanzó un ataque, invocando un conjunto de látigos oscuros que azotaron al Drakaith, haciéndolo retroceder unos pasos. Sin embargo, la criatura no se dejó intimidar y lanzó un rugido ensordecedor que resonó en el valle y sacudió el suelo bajo sus pies.

Nalia aprovechó la distracción de la criatura y corrió hacia un costado, lanzando su fuego contra uno de los flancos del monstruo. Las llamas azules impactaron en la piel del Drakaith, y la criatura gritó de dolor, aunque no pareció herida de forma grave. Era como si su piel de sombras absorbiera parte del fuego, reduciendo el impacto del ataque.

—¡Necesitamos atacar al mismo tiempo! —gritó ella, girando para enfrentar al joven mientras mantenía la guardia.

Egan asintió y posicionó sus sombras en torno a la bestia para envolver uno de sus brazos monstruosos en la oscuridad. El Drakaith luchó, tratando de liberarse, pero él se concentró para mantener el dominio con todas sus fuerzas. Mientras tanto, la muchacha lanzó una esfera concentrada de su fuego directo al pecho de la criatura.

El ataque combinado surtió efecto: la esfera de fuego, amplificada por las sombras de Egan, penetró la defensa del Drakaith, quemando su piel y produciendo un estruendo que hizo temblar el suelo. La criatura gritó, y su cuerpo comenzó a tambalearse, debilitado por el impacto directo.

El chico lanzó una sombra como un dardo que atravesó una de las piernas del monstruo, obligándolo a caer sobre una rodilla. La chica, con su fuego aún girando en torno a su cuerpo, saltó hacia adelante y clavó su espada en el centro del pecho del Drakaith mientras conjuraba un torrente de fuego que descendió sobre la criatura para consumirla lentamente desde adentro.

El monstruo, sin embargo, lanzó un último y brutal golpe con su garra, golpeando a Egan y lanzándolo contra una pared de piedra. Ella intentó correr hacia él, mas el Drakaith, a pesar de estar al borde de la muerte, bloqueaba su paso. En un último intento, la chica reunió todas sus fuerzas y lanzó una explosión de fuego, que consumió a la bestia mientras la reducía a cenizas.

Al ver a la criatura caer, la joven corrió hacia su compañero, quien luchaba por ponerse de pie, visiblemente herido.

Nalia extendió una mano para ayudarle, y él, sorprendido, aceptó el gesto. Era la primera vez que alguien mostraba compasión hacia él en siglos, y el toque de ella, cargado de un calor reconfortante, lo desconcertó por un instante.




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