Sombras del inframundo

Capítulo 12

La mañana había llegado, aunque en los Valles Perdidos no parecía haber un verdadero amanecer. Las sombras alargadas y la niebla persistente oscurecían el paisaje, permitiendo solo retazos de una luz grisácea que se filtraba desde lo alto.

Nalia y Egan continuaron su avance por el terreno hostil hasta llegar al borde de un desfiladero, donde la visión de un templo medio derruido se alzaba entre las rocas. Parecía abandonado, y, sin embargo, su estructura sólida había resistido el paso de los siglos, como un guardián antiguo que se mantenía en pie para proteger sus secretos.

El templo era un edificio amplio de piedra oscura, con columnas enormes, cubiertas de enredaderas y musgo que absorbían la humedad del ambiente. A sus pies, el suelo de piedra estaba agrietado, como si hubiese soportado el peso de innumerables batallas o rituales arcanos. Las inscripciones en las paredes, aunque desgastadas, parecían cobrar vida bajo la tenue luz, conteniendo historias de aquellos que alguna vez adoraron a dioses oscuros y de quienes buscaron poder en las sombras.

Los alrededores estaban repletos de estatuas desmoronadas, algunas representando figuras de guerreros con gestos de dolor y lucha, mientras otras mostraban deidades desconocidas, con rostros ocultos y manos extendidas en posturas ceremoniales. La entrada principal, flanqueada por dos esculturas de dragones alados, estaba abierta, como si invitara a ambos a entrar, mas la sensación era más una advertencia de que, una vez dentro, no habría vuelta atrás.

Al cruzar el umbral, la temperatura bajó drásticamente. Una oscuridad densa se adueñaba del lugar, y solo los reflejos de las antorchas que encendieron les permitían ver un poco más allá de unos metros. Las paredes del pasillo de entrada estaban cubiertas con glifos que parecían absorber la luz, símbolos de protección y advertencia, aunque también de muerte y poder. En ese instante, Egan, quien tenía un amplio conocimiento de maldiciones, reconoció algunos de los símbolos.

—Este lugar fue construido no solo para proteger la reliquia —dijo en voz baja—, sino para impedir que cualquiera la encuentre. Hay advertencias sobre maldiciones, sobre la pérdida del alma misma.

La chica asintió al sentir una mezcla de temor y desafío. No podían retroceder ahora; la promesa de la reliquia era demasiado poderosa, tanto para cambiar su destino como para desafiar la autoridad de Hades.

La pareja se adentró en el templo, con sus pasos resonando en el eco de las paredes, mientras una sombra invisible parecía seguirles de cerca. Pasaron por corredores angostos, donde el aire olía a tierra húmeda y a antiguos rituales. Los sonidos de sus respiraciones se entrelazaron con los ecos lejanos, como si alguien más estuviera allí, observando en silencio.

Tras una caminata cautelosa, llegaron a un gran salón dominado por estatuas inmensas. Las figuras de piedra parecían soldados de un ejército perdido, en posturas de batalla, con los ojos tallados en cristal oscuro que parecían seguir cada movimiento. La joven examinó las estatuas, notando que sus expresiones eran demasiado realistas, como si en lugar de simples esculturas fueran seres petrificados en medio de un grito eterno.

—Algo en este lugar no está bien —murmuró al sentir un escalofrío.

De repente, uno de los soldados de piedra giró la cabeza, con los ojos de cristal reflejando una chispa de vida. La estatua alzó su brazo derecho, empuñando una lanza que comenzó a moverse. La pareja dio un paso atrás al ver cómo las demás cobraban vida al levantarse de sus pedestales y prepararse para atacar.

—Estas estatuas fueron imbuidas de vida para proteger este lugar —dijo Egan, preparado para usar sus sombras—. Si queremos avanzar, tendremos que pasar a través de ellas.

La muchacha invocó sus llamas azules, creando una barrera de fuego frente a ellos. Las estatuas avanzaron, mas la barrera las detuvo momentáneamente, iluminando el salón con un resplandor sobrenatural. El chico aprovechó la distracción y lanzó sus sombras hacia las estatuas, buscando puntos débiles. Lograron esquivar las primeras oleadas de ataque, y, poco a poco, las estatuas parecían debilitarse bajo la presión de sus ataques combinados.

—¡Vamos, ahora! —gritó Nalia, mientras una de las estatuas caía en pedazos.

Corrieron juntos hacia el otro lado del salón, dejando atrás las estatuas, que finalmente se quedaron inmóviles, como si su deber hubiese terminado. Pasaron con rapidez por un arco que los llevó a una cámara más pequeña, donde el ambiente se sentía más opresivo.

Esta nueva habitación estaba repleta de murales y textos antiguos en un idioma desconocido. Las paredes estaban cubiertas con una tinta oscura y viscosa que parecía moverse bajo la luz de las antorchas, como si intentara contar una historia de sufrimiento y ambición. En el centro de la cámara había un pedestal vacío que emanaba una energía inquietante.

Egan examinó uno de los murales, que mostraba a un hombre sosteniendo una reliquia en forma de esfera e irradiaba un resplandor oscuro. A su alrededor, figuras de sombras se arrodillaban, y el hombre parecía dominar el mundo desde el centro de todo.

—Este debe ser el objeto que estamos buscando —dijo él, trazando las figuras con sus dedos.

Ella miró el pedestal vacío y sintió que un eco oscuro resonaba en su mente, como si una voz distante le susurrara advertencias.




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