Sombras del inframundo

Capítulo 13

La noche había caído sobre el templo, envolviéndolo en un manto de penumbra. La oscuridad exterior se mezclaba con la que impregnaba las piedras del lugar, dándole una sensación de soledad inquebrantable. En uno de los salones menos dañados del templo, Nalia y Egan se refugiaron, encendiendo una pequeña fogata con los restos de madera que habían encontrado en el camino. Las llamas, aunque pequeñas, proyectaban sombras danzantes en las paredes de piedra, creando la ilusión de que las mismas estatuas y glifos los observaban desde las sombras.

El aire dentro del templo era frío y seco, impregnado de un olor terroso y antiguo. Las grietas en las paredes permitían que el viento nocturno se colara, trayendo consigo un leve silbido que resonaba como un lamento perdido. Nalia se sentó cerca del fuego, con su capa cubriendo sus hombros, mientras Egan permanecía al otro lado, apoyado contra una columna rota. Sus ojos seguían el movimiento hipnótico de las llamas, ambos sumidos en un silencio incómodo.

La tensión que había marcado sus interacciones desde el principio parecía haberse suavizado tras los desafíos recientes. La sincronía que habían mostrado al enfrentar las criaturas del inframundo les había dado un atisbo de confianza mutua, aunque aún pesaba sobre ellos la sombra de sus propias heridas.

El salón donde se encontraban era amplio pero destartalado. Columnas rotas se alzaban hacia un techo parcialmente colapsado, y las paredes estaban decoradas con relieves que mostraban escenas de batallas entre humanos y criaturas del inframundo. En el centro del salón, el fuego crepitaba con suavidad, arrojando luz sobre los rostros de ambos viajeros. La sensación de aislamiento, combinada con la lejana presencia de la reliquia, parecía crear una burbuja de tiempo, como si el mundo exterior dejara de existir.

Nalia observó a Egan en silencio durante un momento. Su figura, envuelta en sombras, parecía parte del paisaje del templo, mas sus ojos delataban una humanidad rota, un anhelo oculto detrás de su fachada endurecida.

—No te ves como alguien que actúe por pura ambición —dijo ella en un tono bajo pero firme—. ¿Por qué estás aquí realmente?

Él levantó la mirada hacia ella, con sus ojos oscuros reflejando el fuego como dos brasas apagadas.

—Podría decir lo mismo de ti —respondió, esquivando la pregunta al principio, pero luego suspiró, como si el peso de sus recuerdos exigiera ser liberado—. Mi historia no es heroica, si es lo que esperabas. Desvió la mirada hacia las llamas y comenzó a hablar, con su voz cargada de amargura y pesar—: Hace años, mi aldea fue arrasada por un ejército de criaturas que Hades había soltado sobre nosotros. Perdimos todo: nuestras casas, nuestras familias... nuestra esperanza. Yo era un simple soldado, un hombre común que solo quería proteger a los suyos. Pero no fui suficiente —hizo una pausa, con su mandíbula tensa antes de continuar—. Cuando me enfrenté a lo inevitable, cuando vi que todo estaba perdido, tomé una decisión que lo cambiaría todo.

Nalia lo observaba con atención, sintiendo el dolor detrás de sus palabras.

—Hice un pacto con Hades —prosiguió él con pesar—. Le ofrecí mi alma a cambio del poder para salvar a los pocos que quedaban. Y él, en su infinita crueldad, cumplió. Me convirtió en lo que ves ahora: una sombra con forma humana, atada a su voluntad. Salvé a algunos... pero al precio de perderme a mí mismo. Desde entonces, he vagado entre las sombras, buscando una manera de romper las cadenas que me atan a él.

La voz de Egan se quebró al final, aunque sus ojos permanecieron fijos en el fuego. La chica sintió una punzada de empatía. Aunque sus caminos eran distintos, sus luchas compartían un origen común: el cruel dominio de Hades.

—Lo lamento —dijo ella con suavidad al saber que las palabras no podrían aliviar su dolor, pero queriendo que él supiera que no estaba solo.

Él levantó la mirada hacia ella para estudiarla por un momento antes de hablar:

—¿Y tú? No pareces una seguidora devota de Hades, a pesar de que sirves como su cazadora.

La muchacha apartó la mirada con una expresión endurecida antes de suavizarse. Respiró hondo y respondió:

—No es devoción lo que me ata a él. Es un legado. Mi familia lleva generaciones sirviendo a Hades, víctimas de una maldición que ninguno de nosotros pudo romper —sus ojos brillaron con una mezcla de ira y tristeza—. Mi madre fue su cazadora antes que yo, y su madre antes que ella. Cuando Hades reclamó mi vida, yo apenas era una niña. Vi cómo la maldición se llevó a mi madre, obligándola a cumplir misiones imposibles hasta que su cuerpo no pudo más. Y cuando ella cayó, fui la siguiente —hizo una pausa, con su voz temblando—. He pasado toda mi vida intentando cumplir con sus órdenes, esperando que algún día me libere. Pero sé que no lo hará. Solo cuando consiga algo que le haga perder el control sobre mí... solo entonces seré libre.

El chico asintió lentamente al comprender la profundidad de su lucha. Aunque sus circunstancias eran diferentes, ambos eran piezas en el juego cruel de un dios que parecía deleitarse en la desgracia ajena.

La conversación dejó una calma tensa en el aire, mas también una conexión palpable entre ambos. Por primera vez, dejaron de verse como enemigos potenciales o meros aliados de conveniencia. Había algo más profundo que los unía: una resistencia silenciosa contra el mismo opresor.

—Curioso cómo Hades encuentra placer en destruir lo que no puede controlar —comentó él, con una pequeña chispa de ironía en su voz.




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